Postre de notas / Corran, que se acaban

Postre de notas / Corran, que se acaban

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06 de febrero 2013 , 09:39 p.m.

Lo vengo advirtiendo desde hace años, y nadie me pone bolas: la cuenta de esperma desciende cada día de manera dramática, y se acerca el momento en que los varones del siglo XXI seremos incapaces de engendrar hijos.

Hace algo más de cien años la cuenta de esperma no era otra cosa que la factura mensual por el consumo de velas en casas y oficinas. Desde que la luz eléctrica pasó a ser parte de la vida diaria, la cuenta de esperma se refiere al número de espermatozoides que nadan en un mililitro de varonil semilla. Hay que tener muy buen ojo para verlos y velocidad para contarlos, pero las estadísticas indican, por ejemplo, que hace 24 años culebreaban 73,6 millones de espermatozoides en la dosis que he señalado. Era un número alto, que producía apretujones dignos de Transmilenio o concierto de rock, pero garantizaba la concepción, pues resultaba difícil pensar que ninguno de esos simpáticos cabezones lograría alcanzar el tibio edén donde espera el óvulo con los brazos abiertos.

Es bueno advertir que, en otros tiempos más sanos  y recios, el contenido de futuros seres humanos en una sola gota de semen era mucho mayor. En 1938, según datos fiables, un hombre promedio producía 113 millones de unidades con colita, y la densidad era todavía más apretada al comenzar la era cristiana. Se calcula que un gladiador romano atesoraba al menos MDMLVIXCMXXDVIII bichitos en un mililitro de licor germinal.

Hoy, en cambio, los cálculos científicos afirman que el varón promedio no llega a los 50 millones por mililitro. Mañana, o incluso esta noche, podría andar ya por los 45 millones. La cosa es grave, pues la Organización Mundial de la Salud fijó en 55 millones la cifra mínima para una reproducción sin problemas.

La medición está hecha y es confiable: cada año disminuye un dos por ciento la población de espermatozoides en el aporte masculino a la preservación de la especie. Esto es como si usted tuviera un billete de mil pesos que cada Navidad pierde 20 pesos. Hasta yo, que fui el peor alumno en la clase de matemáticas de don Arturo Camargo, me doy cuenta de que bastará medio siglo para que el billete desaparezca.

Si tal cosa ocurre, la situación tiene remedio, porque uno sale y consigue en un banco otro billete. Pero, ¿cómo reemplazará lo que se pierde en vigor reproductivo, si los bancos de semen están más quebrados que los de inversión?

Lo peor es que no se sabe qué causas han generado la crisis de la esperma y, por ende, qué soluciones caben. Se dice que es culpa de la ropa interior apretada, ante lo cual los varones tendríamos que volver a las túnicas de los romanos o al amplio y dentado calzoncillo de tigre del hombre de las cavernas. También se ha sugerido que el cigarrillo, las grasas y el trago hacen daño al ejército que nos proporcionará los descendientes. En lo que todos los sabios están de acuerdo es en la existencia de factores ambientales y nutricionales aún desconocidos que afectan el dinamismo de los motores testiculares. Eso me aterra, porque me lleva a pensar si el edulcorante con el que endulzo el café conspira contra mis futuros bisnietos o si el tubo de escape de las busetas ahoga y rinde a los encantadores renacuajitos humanos que corren en pos de su complemento femenino.

Sea como fuere, estamos en crisis y es urgente declarar el estado de alarma en el pequeño mundo de los espermitas, a lo que deben seguir medidas drásticas. De otro modo, se necesitará el acopio de tres o cuatro amigos para conseguir un embarazo, y el de ocho o diez para lograr una graciosa pareja de mellizos.

DANIEL SAMPER PIZANO

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