Cambios, a pesar de todo

Cambios, a pesar de todo

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06 de febrero 2013 , 06:25 p.m.

Algunas de nuestras figuras públicas se han mostrado incapaces de relacionar las palabras con los hechos sociales. La sociedad cambia pero, para muchos, el lenguaje que usan se ha quedado en el lodazal de los prejuicios. En boca del Procurador General de la Nación, por ejemplo, la libertad no es una conquista de ciudadanos reales sino una práctica que, por el contrario, debe ser controlada y restringida.

No tengo nada personal contra este hombre poderoso, temido al parecer por personajes poderosos de nuestra vida política. Eso es lo que medio país percibió al presenciar el simulacro democrático de su reelección. Lo que me irrita de él es su arrogante paternalismo.

Aunque sé que las sociedades se mueven y transforman de espaldas a estos "moralistas", me sigue pareciendo absurdo el papel protagónico que le ha dado y refrendado la clase política. Absurdo y en cierto modo comprensible: el Procurador es el funcionario que los vigila y sanciona y, al mismo tiempo, el que da cobijo burocrático a una inmensa clientela política.

Hombres como el Procurador hablan como si el progreso moral no fuera aquello que los seres humanos conquistan con el difícil ejercicio de su libertad, sino aquello que debe ser controlado desde arriba. Como si se tratara de un menor de edad, la sociedad debe ser vigilada para que no pierda su rumbo ni se extravíe.

Consuela saber que las sociedades se mueven y cambian a pesar de estos moralistas, a pesar, incluso, de las leyes que pretenden detener los cambios sociales y de costumbres. Los sistemas de censura y prohibición no bastan para frenar las corrientes impetuosas de las sociedades. Consiguen, a lo sumo, que esas corrientes sigan siendo por un tiempo subterráneas, aunque, más temprano que tarde, reventarán sus diques.

Si las instituciones del Estado no se adaptan a estos cambios, si no los legitiman e incluyen en su proyecto democrático, vamos a vivir la experiencia de una sociedad esquizofrénica, dividida entre aquellos que cambian y crean sus propios códigos de vida y unos pocos altos funcionarios que se oponen a ellos.

Uno desearía que las instituciones del Estado estuvieran a la altura de libertades y derechos ganados paulatinamente por los ciudadanos y no de espaldas a estos; que quienes encabezan esas instituciones velaran por los principios de una sociedad más tolerante e incluyente. Y no es así. Al lado del magistrado que consagra y defiende derechos y libertades se encuentra el que los reprime y ataca.

No creo que las corrientes moralmente regresivas que lideran personajes como Alejandro Ordóñez impidan a mediano plazo el curso de los cambios que se están dando en nuestra vida cotidiana. Enmarañan las cosas, es cierto, pero el poder que ostentan no tiene sino efectos relativos en las decisiones más íntimas de los ciudadanos.

La mujer que debe abortar seguirá abortando empujada por la fuerza de las circunstancias y su íntima convicción moral; las parejas homosexuales no verán frustrado su vínculo porque lo repudie un funcionario; muchas de las prácticas sociales repudiadas que se han abierto camino en las relaciones de los individuos no van a interrumpir su curso. A lo sumo, van a ser repudiadas por una institucionalidad inferior a la fuerza de las libertades.

Hay algo patético en el paisaje que representa a un país político inferior a la libertad que asumen sus ciudadanos, así sean minorías. Cada día serán menos minoría. En este punto soy optimista: si los cambios en nuestras costumbres morales no son legitimados por la institucionalidad, se harán inexorablemente a pesar de ella.

collazos_oscar@yahoo.es

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