Tarantino sin miramientos

Tarantino sin miramientos

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06 de febrero 2013 , 06:14 p.m.

  Siendo la parodia una imitación burlesca de cosas serias, o de un género específico de películas, Quentin Tarantino nos tiene acostumbrados a tales divertimentos con una seguridad asombrosa siempre acompañada de humor negro, giros inesperados y artificios sanguinarios. Primero fueron los gánsteres y matones de oficio, para enseguida pasar por ninjas y traficantes de la peor calaña. Tres años después de habernos brindado la recreación perversa de un comando judío-americano, que cazaba oficiales nazis en la París ocupada (Bastardos sin gloria), abordó el spaghetti-western de orígenes italianos -años sesenta y setenta-, en el brutal contexto histórico de Texas antes del abolicionismo.

Django, asesino profesional y esclavo negro liberado, deshacedor de agravios contra su raza y socio de un cazador alemán de recompensas que lo arrastrará tras su esposa cautiva. El doctor Schultz ejerce la ley, posee licencia para matar y cobra por "un puñado de dólares" aquellos volantes que rezan 'se busca vivo o muerto'. Evidentes las invocaciones a dos famosos Sergios (Leone y Corbucci) cuyas piezas fílmicas trasplantaron los vaqueros a Europa con nombres gringos y resultados demoledores para Hollywood al mofarse del sacrosanto western americano. Esta vez, un charlatán oportunista compra la libertad de quien se convierte en leal escudero autojusticiero y vengativo.

Son certeras esas caricaturas que enaltecen la ficción al servicio de no sé cuántos disparates escénicos. Sin importar la rectitud de ciertos procedimientos justicieros, el autor de Reservoir Dogs y Pulp Fiction se aparta del hecho histórico para montar secuencias delirantes que transpiran creatividad e ingenio; con múltiples guiños a la cinefilia y variaciones temáticas derivadas de su talante. Si hace poco los pobres diablos eran judíos, ahora en la imaginación tarantinesca semejante epíteto le cayó a quien insólitamente se pasea como un arrogante jinete de color. Porque aquí todo lo maneja don Dinero y la codicia se sitúa por encima de principios y tradiciones arraigadas.

Inconfundible estilo personal, así como el de Almodóvar y Tim Burton, capaz de fusionar escenas delirantemente violentas con un sentido humorístico bastante irreverente -por no decir insidioso-. Diálogos contundentes, con el galopante ritmo de sus acciones y una rica selección de melodías alusivas que evocan a compositores de la talla de Morricone, Herrmann y Bacalov -entre otros-. Mención especial merecen la sarcástica o aguda interpretación del vienés Christoph Waltz y la no menos servicial actitud de un criado asumido por Samuel L. Jackson. ¡Bravo, Tarantino!

laurens@etb.net.co

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