Democracia cerrada

Democracia cerrada

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05 de febrero 2013 , 05:20 p.m.

Sin proponérselo, los politólogos le han hecho el juego a la peor politiquería, condenando los "caudillismos" e idealizando los partidos fuertes: los políticos profesionales cierran cada vez más los espacios en la democracia colombiana a todo el que esté por fuera de los grandes partidos que ellos controlan. Pronto un par de decenas de caciques que controlarán dos o tres partidos decidirán desde quién puede aspirar a edil de una localidad hasta quién puede ser presidente. Sin que nadie pueda hacer nada al respecto.
Hasta los años 80, los caciques de la política controlaban todo en un país rural, ganadero, clasista, excluyente y muy aislado del mundo. Los senadores más votados de su departamento paseaban orondos por los pueblos, donde les rendían pleitesía. Nombraban gobernador y alcaldes; y así, secretarios y miles de funcionarios en decenas de municipios.

No había tarjetón, sino una papeleta en la que estaban las listas a Concejo, Asamblea, Cámara y Senado. Entonces, un candidato al Concejo con 20 votos les ponía sus 20 votos a las listas de Asamblea, Cámara y Senado. La maquinaria funcionaba a la perfección. Además, sin tarjetón, aun el más popular de los ciudadanos del país no podía hacerse elegir sin una organización que repartiera los votos el día de elecciones. La maquinaria controlaba todo.

Con la elección de alcaldes y gobernadores, los políticos profesionales del Congreso perdieron casi todo su poder. El tarjetón debilitó aún más sus maquinarias: para cualquier candidato al Concejo es suficientemente difícil conseguir votos para sí mismo; mucho más, lograr que sus votantes apoyen a candidatos para Asamblea o Congreso; además, porque dejaron de coincidir las fechas de la elección.

En ese nuevo ambiente de caciques debilitados surgieron políticos nuevos. Inscritos con firmas, se eligieron decenas de alcaldes y gobernadores independientes, como Antanas Mockus, Fajardo, o yo, y hasta un presidente, Uribe. El poder de los caciques se desvanecía. Pero ellos, por supuesto, no eran mancos. Podían chantajear al Ejecutivo. Paciente y diligentemente, volvieron a urdir un régimen político que les diera el monopolio del poder. Así, redujeron o eliminaron la financiación gubernamental de candidatos independientes; los excluyeron del acceso a los medios; incrementaron a niveles muy difíciles de conseguir las firmas requeridas para su inscripción; establecieron umbrales para todas las corporaciones, de modo que alguien independiente, aun con más votos que el más votado de los candidatos en la lista de un partido, al no pasar el umbral, no podía ser elegido. Incluso, un joven universitario que aspire a ser elegido edil solo puede serlo en la lista de un partido con el visto bueno de un cacique.

En el mundo entero los congresistas pueden cambiar de partido de un día para otro. Para impedir que algunos rebeldes crearan otro partido o de cualquier forma se salieran del redil, los caciques exigieron que un congresista que quisiera aspirar a un cargo por elección, como independiente o en otro partido, tenía que renunciar a su cargo un año antes de la inscripción de candidatos. No les bastó restringir la libertad de los elegidos: les establecieron la misma restricción a los directivos de los partidos, así no tuvieran ningún cargo por elección.

Cuando dos o tres partidos controlan toda la política de un país, sin el riesgo de que un líder independiente con carisma los pueda derrotar, los poquísimos políticos profesionales que controlan los partidos escogen sus candidatos preocupándose menos del atractivo popular de sus candidatos que de la repartija que estos puedan prometerles. Por supuesto que el sistema lleva a la prepotencia, la corrupción y la ineficiencia. Y la impotencia de quienes deben enfrentar este sistema cerrado lleva a la apatía o la violencia. Ese es el sistema que se está consolidando en Colombia.

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