J. Stiglitz, Nobel de Economía, analiza porqué fracasan los mercados

J. Stiglitz, Nobel de Economía, analiza porqué fracasan los mercados

En 'El precio de la desigualdad' habla del orden económico actual que es cada vez menos estable.

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04 de febrero 2013 , 07:34 p. m.

Está claro que los mercados no han estado funcionando de la forma como proclaman sus apologistas. Se supone que los mercados son estables, pero la crisis financiera mundial demostró que podían ser muy inestables, con catastróficas consecuencias.

Los banqueros habían hecho unas apuestas que, sin ayuda de los gobiernos, los habrían arruinado a ellos y a la economía en su conjunto. Un análisis más detallado del sistema reveló que no se trataba de un accidente; los banqueros tenían incentivos para actuar así.

Tenemos un mundo en el que existen gigantescas necesidades no satisfechas (inversiones para sacar a los pobres de la miseria, para promover el desarrollo en los países menos desarrollados de África y de otros continentes, o para adaptar la economía mundial con el fin de afrontar los desafíos del calentamiento global).

Al mismo tiempo, tenemos ingentes cantidades de recursos infrautilizados (trabajadores y maquinaria que están parados o que no están produciendo todo su potencial). El desempleo -la incapacidad del mercado para crear puestos de trabajo para tantos ciudadanos- es el peor fallo del mercado, la principal fuente de ineficiencia y una importante causa de la desigualdad.

Pero incluso antes de la crisis, la economía estadounidense no estaba cumpliendo con lo que prometía: aunque había un crecimiento del PIB, la mayoría de los ciudadanos veía cómo empeoraba su nivel de vida. Estados Unidos había creado una maravillosa maquinaria económica que solo funcionaba para los de arriba.

Hay muchísimo en juego

Este libro trata de por qué nuestro sistema económico no está funcionando para la mayoría de estadounidenses, por qué la desigualdad está aumentado en la medida que lo está haciendo y cuáles son las consecuencias.

La tesis subyacente es que estamos pagando un precio muy alto por nuestra desigualdad -el sistema económico es menos estable y menos eficiente, hay menos crecimiento y se está poniendo en peligro nuestra democracia-. Pero hay mucho más en juego: a medida que queda claro que nuestro sistema económico no funciona para la mayoría de ciudadanos, y que nuestro sistema político ha caído en manos de los intereses económicos, la confianza en nuestra democracia y en nuestra economía de mercado, así como nuestra influencia en el mundo, se van deteriorando.

A medida que se impone la realidad de que ya no somos un país de oportunidades, y de que incluso el imperio de la ley y el sistema de justicia de los que tanto hemos alardeado se han puesto en riesgo, puede que hasta nuestro sentido de identidad nacional esté en peligro.

En algunos países, el movimiento Occupy Wall Street se ha aliado estrechamente con el movimiento antiglobalización. Es cierto que tienen algunas cosas en común: la convicción de que no solo algo va mal, sino también de que es posible un cambio. Sin embargo, el problema no es que la globalización sea mala o injusta, sino que los gobiernos la están gestionando de una manera muy deficiente -mayoritariamente en beneficio de intereses especiales-. La interconexión de los pueblos, de los países y de las economías a lo largo y ancho del mundo es una nueva circunstancia que puede utilizarse igual de eficazmente tanto para promover la prosperidad como para difundir la codicia y la miseria.

Lo mismo puede decirse de la economía de mercado: el poder de los mercados es enorme, pero no poseen un carácter moral intrínseco. Tenemos que decidir cómo hay que gestionarlos. En el mejor de los casos, los mercados han desempeñado un papel crucial en los asombrosos incrementos de la productividad y del nivel de vida de los últimos 200 años, que exceden sobradamente los de los dos milenios anteriores. Pero el gobierno también ha desempeñado un importante papel en esos avances, un hecho que habitualmente los defensores del libre mercado se niegan a reconocer.

Por otra parte, los mercados también pueden concentrar la riqueza, trasladar a la sociedad los costes medioambientales y abusar de los trabajadores y de los consumidores. Por todas estas razones, resulta evidente que es necesario domesticar y moderar los mercados, para garantizar que funcionen en beneficio de la mayoría de los ciudadanos. Y es preciso hacerlo reiteradamente, para asegurarnos de que siguen haciéndolo.

Eso fue lo que ocurrió en Estados Unidos durante la era progresista, cuando se aprobaron por primera vez las leyes sobre la competencia. Ocurrió durante el New Deal, cuando se promulgó la legislación sobre Seguridad Social, empleo y salario mínimo.

Mensajes de las protestas

El mensaje de Occupy Wall Street -y el de muchos otros movimientos de protesta de todo el mundo- es que una vez más es preciso domesticar y moderar los mercados. Las consecuencias de no hacerlo son graves: en el seno de una democracia coherente, donde se escucha la voz de los ciudadanos corrientes, no podemos mantener un sistema de mercado abierto y globalizado, por lo menos no en la forma en que lo conocemos, si ese sistema da lugar a que esos ciudadanos sean más pobres cada año. Una de las dos cosas tendrá que ceder: o bien nuestra política, o bien nuestra economía.

Desigualdad e injusticia

Los mercados, por sí solos, incluso cuando son eficientes y estables, a menudo dan lugar a altos niveles de desigualdad, unos resultados que generalmente se consideran injustos. Las últimas investigaciones en materia de teoría económica y de psicología han revelado la importancia que los individuos conceden a la equidad.

Lo que ha motivado las protestas en todo el mundo, más que ninguna otra causa, es la sensación de que los sistemas económico y político eran injustos. En Túnez, en Egipto y en otros países de Oriente Próximo, el problema no solo era que resultaba difícil encontrar trabajo, sino que los empleos que había disponibles iban a parar a las personas con contactos.

En Estados Unidos y en Europa, las cosas parecían más justas, pero solo en la superficie. Quienes se licenciaban en las mejores universidades con las mejores notas tenían más posibilidades de conseguir los mejores empleos. Pero el sistema estaba amañado, porque los padres adinerados enviaban a sus hijos a las mejores guarderías, a los mejores centros de enseñanza primaria y a los mejores institutos, y esos estudiantes tenían muchas más posibilidades de acceder a la élite de las universidades.

Los estadounidenses comprendieron que los manifestantes de Occupy Wall Street estaban apelando a sus valores, y por esa razón, aunque puede que el número de los que participaban en las protestas fuera relativamente pequeño, dos tercios de los estadounidenses decían que apoyaban a los manifestantes.

Por si había alguna duda acerca del apoyo con el que contaban, el hecho de que los manifestantes fueran capaces de reunir, casi de un día para otro, 300.000 firmas a fin de mantener viva su protesta, cuando Michael Bloomberg, el alcalde de Nueva York, sugirió por primera vez que iba a clausurar el campamento del parque Zuccotti, junto a Wall Street, dejó las cosas claras.

Y el apoyo provenía no solo de entre los pobres y los desafectos. Aunque puede que la policía actuara con demasiada dureza contra los manifestantes de Oakland -y al parecer eso mismo pensaban las 30.000 personas que se sumaron a las protestas al día siguiente de que se desalojara violentamente el campamento del centro de la ciudad-, cabe destacar que incluso algunos de los policías expresaron su apoyo a los manifestantes.

La crisis financiera desencadenó una nueva conciencia de que nuestro sistema económico no solo era ineficiente e inestable, sino también básicamente injusto. En efecto, tras las repercusiones de la crisis (y de la respuesta de las administraciones de Bush y de Obama), eso era lo que opinaba casi la mitad de la población, según una encuesta reciente.

Se percibía, con toda razón, que era escandalosamente injusto que muchos responsables del sector financiero (a los que, para abreviar, me referiré a menudo como "los banqueros") se marcharan a sus casas con bonificaciones descomunales, mientras que quienes padecían la crisis provocada por esos banqueros se quedaban sin trabajo; o que el gobierno rescatara a los bancos, pero que fuera reacio siquiera a prorrogar el seguro de desempleo a aquellos que, sin tener culpa de nada, no podían encontrar trabajo después de buscarlo durante meses y meses; o que el gobierno no consiguiera aportar más que una ayuda simbólica a los millones de personas que estaban perdiendo sus hogares. Lo que ocurrió durante la crisis dejó claro que lo que determinaba la retribución relativa no era la contribución de cada cual a la sociedad, sino otra cosa: los banqueros recibieron enormes recompensas, aunque su aportación a la sociedad ¿e incluso a sus empresas¿ hubiera sido negativa. La riqueza que recibían las élites y los banqueros parecía surgir de su capacidad y su voluntad de aprovecharse de los demás.

Un aspecto de la equidad que está profundamente arraigado en los valores de EE. UU. es la igualdad de oportunidades. Estados Unidos siempre se ha considerado a sí mismo un país donde hay igualdad de oportunidades. Las historias sobre individuos que desde abajo conseguían llegar a lo más alto forman parte del folclor estadounidense.

Pero, poco a poco el sueño americano que consideraba este país como tierra de oportunidades empezó a ser simplemente eso: un sueño, un mito reafirmado por anécdotas e historias, pero no respaldado por los datos. La probabilidad de que un ciudadano estadounidense consiga llegar a lo más alto partiendo desde abajo es menor que la que tienen los ciudadanos de otros países industrializados avanzados.

Asimismo, existe un mito equivalente ¿de los harapos a la riqueza en tres generaciones¿ que sugiere que quienes están en lo más alto tienen que trabajar mucho para mantenerse allí; de lo contrario, bajarán rápidamente en la escala social (ellos mismos o sus descendientes). Pero, eso también es en gran medida un mito, ya que los hijos de los que están arriba seguirán, muy probablemente, en lo más alto.

Joseph Stiglitz
Especial para EL TIEMPO*
* Extracto del prólogo del libro, cedido por el sello Taurus.

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