El arte perdido de las cartas escritas a mano

El arte perdido de las cartas escritas a mano

Teclado dejó en el olvido la escritura de puño y letra a la hora de comunicarse a través del papel.

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04 de febrero 2013 , 12:26 a.m.

¿Hace cuánto tiempo que el cartero no toca a su puerta para entregar un sobre, que no sea precisamente una cuenta que pagar, sino más bien uno que lleve en su interior la carta de un viejo amigo de quien hace mucho no tenía noticias? O, ¿por qué no?, de algún antiguo amor. Peor aún, ¿desde cuándo que no toma papel y lápiz y redacta usted una carta?

Hasta avanzados los 90 la gente aún conservaba la costumbre de enviarse cartas, postales y tarjetas desde remotos lugares o como simple muestra de afecto. Pero con el cambio de milenio, el auge de Internet trajo de la mano la masificación del correo electrónico y, luego de la mensajería instantánea, plataformas que redujeron esas grandes historias escritas a mano y pequeños detalles a piezas de colección. Aun así, todavía persisten quienes burlan los designios de la era digital y siguen aferrándose a las sutilezas de la caligrafía.

Es el caso de Graciela García (85 años), secretaria jubilada de una empresa pesquera chilena, quien mantiene correspondencia con Andrea Schreiber, su sobrina, quien vive en Alemania desde 1996. "Siempre, siempre he mantenido correspondencia con ella, y es un poco curioso que a pesar de la distancia física no haya menguado la cercanía que tenemos", dice Graciela, quien reafirma con sus palabras que, a pesar de lo que puede llegar a demorar una desde Alemania -entre cinco a siete días-, la carta, como medio de comunicación, persiste.

En 2012, el diario ‘El País’ de Uruguay planteó en su artículo ‘Escribir a mano’, la importancia, sobre todo en los niños, de escribir a mano: "Cada parte del cuerpo da órdenes al cerebro. Si cada vez se usa menos la escritura manual, hay riesgo de que el cerebro funcione distinto. La escritura permite la organización de estructuras a nivel cerebral que hacen memorizar las palabras, la sintaxis; una cantidad de datos que luego van a ser elaborados para estructurar el pensamiento".

Para el crítico literario de ‘El Mercurio’ de Chile Camilo Marks, el problema no tendría otro responsable que la propia tecnología, la que sería especialmente nociva con un grupo etario específico de nuestra sociedad: los jóvenes. Aclara, eso sí, que se trata de una adicción que nada tiene que ver con las adicciones al tabaco, el alcohol o la televisión. "La adicción a la tecnología es mucho más grave; te tiene absolutamente todo el día conectado. Conectado con un mundo que no conoces, con un mundo fantasma, con un mundo en el cual no hay absolutamente ninguna comunicación", argumenta.

Y pone como ejemplo el aparato tecnológico del cual la gran mayoría de las personas, hoy por hoy, es totalmente dependiente: el celular. "Tú puedes ver a la gente en la calle, siempre conectada, enviándose mensajes. Eso va deteriorando el lenguaje: la forma de comunicación más desarrollada y perfecta que conocemos. Entonces, en la carta no pasa eso; no puedes escribir en abreviatura", señala.

Con este aspecto también concuerda Germán Ramírez (48 años), diseñador gráfico, quien en 1988 tomó sus maletas y se fue a Austria por tres años a estudiar Historia del Arte en la Universidad de Viena. Durante sus años en ese país, se hizo de muy buenas amistades, entre ellas Ludmilla Geiblinger, con la que hasta el día de hoy intercambia cartas escritas en alemán.

A tanto llega su amor por las cartas que incluso, al momento de escribirlas, tiene un ritual especial: primero se preocupa de buscar el papel adecuado, uno que ojalá, dice, sea compatible con la tinta, porque escribe con tinta; luego el sobre, cuyo reverso lleva impreso un sello que tiene las iniciales de su nombre. Señala que al momento de enviar la carta no acepta los timbres postales, sino solamente estampillas. "En general a la gente que me escribe le pido que me envíe estampillas. Además, hay estampillas preciosas, y para alguien que ha vivido fuera, no hay nada más bonito que recibir una carta con una estampilla de Condorito, por ejemplo", dice.

Esto es algo que también valora la escritora y poetisa Teresa Calderón, quien comparte esa visión romántica: "Eran cartas con borrones, con manchas de supuestas lágrimas, letra temblorosa y quebrada. Nada era instantáneo. Una carta escrita a máquina se consideraba falta de educación. Y existía toda una infraestructura especial: el papel de carta, intercambiable por hojas de colores, el lápiz, el tipo de sobre con figuras semejantes al papel, la hermosa estampilla, el abrecartas, el correo, el buzón, el envío simple o certificado...".

Para Camilo Marks, las personas que se escriben son personas más reflexivas, que tienen que pensar y meditar mucho antes de comenzar a escribir el texto, pues, según dice, las cartas no se pueden corregir. "Son personas que no revisan el texto; por lo tanto, es un texto que se tiene que escribir bien de una sola vez y, por lo general, no siempre son personas muy cultas a las que les gusta comunicarse con los demás de una forma más personal. Diría que hay más intensidad en la correspondencia epistolar que la que hay en los ‘mails’".

Y mientras para el crítico literario la tecnología es el principal responsable de que hoy la gente ya no se escriba cartas, para Graciela García este arte "se ha perdido en aras de la rapidez, de la velocidad", y para Germán Ramírez, el gran responsable es el tiempo: "La gente cada vez tiene menos tiempo; entonces, en vez de escribir una carta, la que te tomará un rato escribir, todos prefieren enviar un ‘mail’ porque no tienen tiempo".

Los matices de la tecnología

Para la bibliotecóloga y exdirectora de la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, Soledad Ferreiro, la palabra escrita tiene la capacidad de visibilizar lo propio de cada ser humano. "El trazo de cada uno es único y revela características intransferibles, y en eso se acerca a lo que sería nuestra huella digital. Los grafólogos han intentado descifrar la personalidad desde esa premisa y hasta el momento veo difícil que puedan conseguirlo a partir de un correo electrónico", postula.

Agrega que la carta escrita desde un computador se compone de caracteres predeterminados por un software, en el que la posibilidad de expresar emociones a partir de ellos es limitada. "Responden a una matriz, por lo que, a lo sumo, puedes cambiar de Arial a tipos de letra menos formales, para aportar algunos matices, pero en general la huella personal que revela el manuscrito desaparece. La personalidad del individuo queda encubierta, enmascarada detrás de la letra matrizada del computador".

Pero Ferreiro, quien además es una de las pioneras en la investigación del uso de Internet en Chile, plantea que el salto a un nuevo soporte como el correo electrónico no anula del todo la riqueza de la comunicación a través de la palabra. "Sin el elemento emocional del manuscrito, la palabra en sí, el contenido, es lo que provoca la acción o la inacción. Y el contenido es en definitiva lo fundamental, lo que se quiere decir. Además, el ‘e-mail’ tiene la ventaja de que permite interactuar con múltiples personas al mismo tiempo y generar acciones en segundos", sostiene.

"Este tiempo de ‘cibercartas’ o mensajes rápidos no alcanzan a crear la atmósfera de entonces, pero la ventaja es enorme: saber inmediatamente lo que ocurre", agrega la escritora Teresa Calderón. Pero hay quienes sostienen que hacer distinciones entre lo que se gana o se pierde con la evolución de lo manuscrito a lo digital es, a la larga, irrelevante.

Así lo cree Raissa Kordic, filóloga de la Universidad de Chile. Para la experta en el estudio de los textos escritos, las diferencias entre uno y otro modelo son relativas. "El soporte no afecta de una manera determinante. Hablamos del mismo sujeto cultural; si una persona no sabe escribir una buena carta manuscrita, por sus determinaciones culturales, tampoco lo va a hacer en un correo electrónico. Se mantiene así en una forma bastante equivalente la manifestación del individuo en sus posibilidades", afirma.

Kordic acota que el correo electrónico tampoco implica desprolijidad o menor dedicación. "Sí permite lo que permitía la carta convencional. Uno se toma el tiempo de reflexión, corregir cuando hay un error, desarrollar estructuras gramaticales complejas. No hay necesariamente una inmediatez. Uno se da el tiempo de hacer un escrito que es absolutamente comparable a una epístola tradicional. No hay que demonizar la tecnología", enfatiza.

Donde Kordic sí enciende las luces de alerta es ante el fenómeno de la mensajería instantánea. Varios estudios desde fines de los 90 habían advertido sobre la deformación del lenguaje escrito a partir de la masificación de las salas de ‘chat’ en Internet, en las que la urgencia del intercambio de textos a tiempo real progresivamente iría minando las estructuras lingüísticas. Y, en efecto, así sucedió: siglas que representaban una palabra o hasta una oración entera; ni una sola tilde en un párrafo completo; o la trascripción literal del lenguaje coloquial con todas sus imprecisiones. Pero para entonces, y hasta avanzada la década pasada, esa amenaza estaba circunscrita al tiempo en que se estaba sentado frente a un computador.

Hoy el escenario es otro. Las aplicaciones de mensajería que se descargan desde ‘celulares inteligentes’ amplificaron el temido efecto del ‘chat’. "Manifiesta por escrito lo oral, lo espontáneo, lo inmediato y no se alcanza a elaborar tanto lo que se quiere decir. Es un balbuceo lingüístico, una comunicación con recursos mínimos. Tiene muchas características que son similares a la palabra hablada, pero la contradicción es que elimina la gestualidad, los matices de la voz, lo humano en definitiva. Esto es algo que no se pierde en el correo electrónico o la vieja epístola, porque en ellos sí existe el tiempo de meditar, de elaborar un pensamiento más complejo que transmita humanidad", sostiene Kordic.

Pero Calderón apuesta por zanjar esa pugna entre lo manuscrito y lo digital, entre lo romántico y lo moderno, entre lo clásico y lo tecnológico. "¿Todo tiempo pasado fue mejor? Para nada. Sin embargo, los que tuvimos la experiencia de intercambiar esas cartas que llegaban con estampillas desde otros países o ciudades -y que además coleccionábamos- ganamos algo que ahora no es posible: una comunicación con personas queridas en letra viva y directa, con emociones que solo la palabra escrita en papel es capaz de transmitir", reflexiona.

El intercambio de cartas

A partir de 1990 se produce un declive en el intercambio epistolar. Mientras que en países como Chile se registra el envío de 19 cartas anuales por habitante, según la Unión Postal Universal, en Estados Unidos y Canadá se registran 330 cartas anuales por habitante. El promedio a nivel mundial es de 55 cartas por habitante.

CARLOS AGUILERA Y JAVIER CONTRERAS
EL MERCURIO (CHILE)/ GDA

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