El tango mal bailado que valió una corona en el reino holandés

El tango mal bailado que valió una corona en el reino holandés

Guillermo, el príncipe, y Máxima Zorreguieta serán desde el 30 de abril los nuevos reyes.

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31 de enero 2013 , 08:24 p.m.

Tal vez sólo sea una leyenda, pero de esa materia prima se escribieron siempre los cuentos de princesas.

Feria de Abril de Sevilla, España, 1999. En una de las casetas donde se reunían los vástagos de las mejores familias y sus invitados, un joven de 32 años conoce a una joven de 27. Él, Guillermo, es algo tímido y muy buen amigo de la cerveza. Ella, Máxima, más joven pero mucho más madura, ya trabaja en el sector financiero en Nueva York.

Una amiga común los presentó aquella noche. Ella rompió el hielo y le preguntó: "¿A qué te dedicas?". Él, sin dar más rodeos, dijo con naturalidad: "Soy el príncipe heredero de Holanda". La joven soltó una sonrisa y creyó entonces que aquel tipo rubio, blancucho y algo torpe, que intentaba sin éxito mostrarle sus dotes artísticas como bailarín de tangos, se reía de ella. Pero bailaron y surgió el flechazo.

Aquellos jóvenes eran el príncipe holandés Guillermo-Alejandro y la argentina Máxima Zorreguieta. Durante las semanas y meses siguientes se vieron con cierta frecuencia gracias al puente aéreo entre Nueva York y Ámsterdam. Y Guillermo anunció el noviazgo a su madre.

Un año más tarde, con la relación amorosa ya consolidada, Máxima se trasladó a Europa. Pero, como aquel noviazgo no era aún oficial y se imponía la discreción, la joven no fue a vivir a Holanda, sino a Bruselas, en la vecina Bélgica, donde siguió trabajando para Deutsche Bank y ya pudo pasar mucho más tiempo con su príncipe Guillermo.

Dos años después de conocerse, mientras patinaban por los jardines de un palacio holandés en La Haya, él le pidió matrimonio.
En inglés, no en neerlandés -que ella había aprendido a marchas forzadas-. Ella, automáticamente, respondió: "¡Yes!".

El 30 de marzo de 2001, la Casa Real holandesa anunciaba de boca de la reina Beatriz que Guillermo -o Álex, como ella lo llama en la intimidad- y Máxima se casarían el 2 de febrero de 2002 en Ámsterdam.

Guillermo Alejandro Nicolás Jorge Fernando de Orange-Nassau y Amsgber -que así se llama nuestro príncipe-, nació el 27 de abril de 1967 en Utrecht, al sur de Holanda. En 1985 terminó el bachillerato en el Atlantic College de Llantwit Major, en Gales (Reino Unido).

Desde entonces su trabajo ha sido prepararse para, el próximo 30 de abril, suceder a su madre Beatriz en el trono holandés.

Guillermo es, desde su mayoría de edad, miembro del Consejo de Estado -órgano que asesora a los gobiernos-. Finalizó en 1987 su servicio militar en la Marina Real y obtuvo un diploma de piloto militar.

Su gran pasión son los aviones. En 1989 participó como piloto voluntario para la African Medical Research and Education Foundation en Kenia y dos años después fue piloto en el Kenya Wildlife Service.

En 1993 se licenció en Historia en la prestigiosa Universidad de Leyden. Además, preside la Junta Asesora de Aguas y Servicios de Naciones Unidas y desde 1998 es miembro del Comité Olímpico Internacional. Pero, sobre todo, lleva años acompañando a su madre, viuda, en actos y viajes oficiales.

Guillermo pertenece a la que seguramente sea la primera generación de príncipes herederos que ya no pueden dar por supuesta la corona y que tienen que ganarse cada día el respeto y la simpatía de unos ciudadanos que hace mucho dejaron de ser súbditos.

Máxima Zorreguieta Cerruti no nació para ser reina. Primogénita de una familia de clase alta de la Argentina de los años 70, Máxima, aquella niña rubia de la calle Uriburu de Buenos Aires, estudió en el elitista y laico Colegio Northlands.

Desde joven, con apenas 21 años, en 1992 empezó a trabajar en el departamento de ventas de Seguros Boston, en la capital argentina. Tras licenciarse en Economía en la cara Universidad Católica Argentina, se trasladó a Nueva York.

Allí trabajó desde julio de 1996 -con 25 años- hasta marzo de 1998 para HSBC James Capel Inc., donde fue vicepresidenta de Ventas Institucionales para América Latina. En marzo de 1998 se incorporó a la división de Mercados Emergentes del Dresdner Kleinworth Benson. Y en agosto de 1999, pocos meses después de aquel flechazo de Sevilla, pasó al Deutsche Bank.

Desde hace años trabaja para Naciones Unidas como asesora para asuntos financieros de países en desarrollo, centrándose en fomentar el acceso a servicios financieros de las capas pobres de la población. También participa en varias fundaciones en Holanda y se ha interesado por la emancipación de las mujeres inmigrantes.

Políglota -habla español, inglés, italiano y holandés-, simpática, guapa y cercana, Máxima cayó desde el principio con buen pie entre los holandeses. La pareja estaba enamorada y convencida, pero aunque en los cuentos de princesas eso debería ser suficiente, en un matrimonio real también se necesita la conveniencia y Máxima tenía un punto negro en su biografía.

Volvamos a la Argentina de los años 70. En 1978, en plena dictadura militar y cuando los militares torturaban y hacían desaparecer a sus opositores, Argentina organizó el Mundial de Fútbol.

Aquel Mundial lo ganaron los argentinos impulsados por los goles de Mario Kempes a la 'naranja mecánica', la estética selección holandesa. Los jugadores holandeses, advertidos de la represión, se solidarizaron con las madres de Plaza de Mayo. Aquella noche, los holandeses no recogieron sus medallas de subcampeones para no tener que dar la mano a los gerifaltes de la dictadura argentina.

Un ministro de aquella dictadura se llamaba Jorge Zorreguieta. Nuestra princesa Máxima, que por entonces sólo tenía 7 años, es hija de aquel ministro.

El pasado poco democrático de su padre generó un problema político en Holanda. Muchos diputados y parte de la población no querían casar a su príncipe con la hija de un miembro destacado de una dictadura.

Al final la polémica se resolvió contra Máxima después de que el príncipe Guillermo amenazó incluso con renunciar a sus derechos al trono en favor de su hermano menor y de que un sondeo mostraba que el 89 por ciento de los holandeses aceptaban el matrimonio.

Protestantes radicales también criticaron que el príncipe se casara con una joven católica, pero esas reclamaciones nunca fueron tomadas en serio.

El Parlamento holandés le concedió la nacionalidad el 17 de mayo de 2001 y aceptó el matrimonio el 3 de julio de ese mismo año, pero vetó la presencia del padre de Máxima en la ceremonia de matrimonio.

Un informe pedido por el Gobierno holandés al historiador Michel Baud sentenció que "era poco probable" que el padre de Máxima no conociera la represión de Videla, que generó 30.000 desaparecidos y gravísimas violaciones de derechos humanos.

Así, el día de su boda, el 2 de febrero de 2002, la joven argentina -espléndida bajo un vestido color marfil y de mangas largas cerrado hasta el cuello- entró sola a la Nieuwe Kerk de Amsterdam.

Minutos después de comenzada la ceremonia religiosa, tomó la mano de Guillermo y empezó a llorar. Había renunciado a la compañía de sus padres y a su nacionalidad para casarse con quien, según ella misma declaró después, era el amor de su vida.

Aquellas lágrimas de Máxima, difundidas en vivo al planeta por las televisiones de medio mundo, terminaron de congraciarla con los holandeses. En la Nieuwe Kerk se oyeron las notas del tango Adiós, Nonino, de Ástor Piazzolla, una canción dedicada a una pérdida, una triste melodía que terminó de emocionar a los asistentes.

Tras la boda, en el balcón del Palacio Real de Ámsterdam, los recién casados, como es tradición, atendieron los pedidos del
público y se besaron... cinco veces. Y Máxima comenzó a sonreír.

La pareja ha tenido en los últimos años varias polémicas por tomar decisiones financieros poco adecuadas. Primero tuvieron que renunciar a un proyecto inmobiliario en Mozambique, criticados porque en un país con graves carencias ellos se dedicaban a hacer dinero. Tras el fracaso de aquel proyecto, compraron una mansión de vacaciones en Grecia -en plena crisis de la deuda griega-, que, pese a las críticas, aún mantienen.

Aquellos jóvenes enamorados de Sevilla ya tienen más de 40 años y tres hijas. La primogénita Amalia -que algún día heredará la corona de su padre- nació en 2003, Alexia en 2005 y Ariane en 2007.

Máxima, convertida en una de las princesas más elegantes de Europa, una señora que ya pasó los 40 pero todavía de muy buen ver -sobre todo al lado de las escuálidas figuras de muchas de las otras princesas europeas-, se viste con cierta naturalidad pero también usa diseños de la belga Fabianne Devine y del argentino Benito Fernández.

Todo eso no impidió que hace unos meses, en un acto benéfico en Ámsterdam, se vistiera de neopreno y se tirara al agua en uno de los canales a nadar junto con miles de personas. Al salir del agua lucía la misma sonrisa.

Esa joven, destinada a otra vida y que terminó en un trono, la primera mujer latinoamericana que se convertirá en reina de un país europeo, deberá ayudar a su marido a partir del 30 de abril, cuando las campanas de la Nieuwe Kerk toquen a la celebración de la nueva pareja real. Nunca un tango mal bailado por un joven holandés blancucho y un poco torpe para bailar llevó a tanto.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
BRUSELAS.

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