Visita a la Nueva EPS, el camino que lleva al infierno

Visita a la Nueva EPS, el camino que lleva al infierno

Juan Gossaín denuncia cómo los afiliados son sometidos a la tortura de mendigar una salud que pagan.

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24 de enero 2013 , 09:17 p.m.

Son las dos en punto de la tarde. Miércoles 2 de enero. Se nota que acaban de pasar las festividades porque todavía queda algún borracho extraviado en un sardinel. No hace mucho calor en la avenida Pedro de Heredia. Las brisas del verano recién estrenado soplan con fuerza en las calles de Cartagena. Una mujer que viene hacia mí necesita cuatro manos para controlar el vuelo de su falda.

La fugaz racha de viento deja ver un vaivén de muslos entre la claridad del día.

-Sopla, brisa, que es tu tiempo -grita con lujuria el hombre que la mira mientras empuja una carretilla.

A la izquierda, más allá de un almacén de repuestos, quedan las instalaciones de lo que antes se llamaba Seguro Social y ahora se llama Nueva EPS, dedicada a prestar servicios de salud. Adentro, al contrario de lo que pasa en la calle, el aire hierve, y no tanto por el clima sino a causa del mal ambiente. No hay recepcionistas en los mostradores. El gentío está furioso. Mejor dicho: se está formando un tumulto. Algunos hacen fila bajo el sol desde las 7 de la mañana y no hay quien los atienda. Los médicos no han llegado.

Hay un hombre que no puede caminar. Hace nueve meses le diagnosticaron una hernia en la columna vertebral. Desde entonces viene todas las semanas en busca de una orden para ir al ortopedista. Me dice que ya no le quedan ánimos ni para protestar.

En un escaño de madera, recostada en la pared del fondo, boquea una anciana negra. Puede que esté adormitada, pero a mí me parece -y el diablo se haga el sordo- que está agonizando, porque ya ni siquiera se toma el trabajo de espantar las moscas que la acosan. Una mujer, con dos bebés en brazos, solloza en un rincón. Se nota a leguas que son gemelos.

De repente, un hombre fornido, con una gorra de beisbolista, pega un manotazo en el mesón de la entrada.

-Malparidos -grita el hombre. Hace una contracción de dolor, ladeando la cabeza, agarra su muleta y se marcha escaleras abajo.

Ironía malvada: junto a la escalera cuelga un gallardete festivo, rojo y blanco, que sobrevivió a la reciente Navidad. Le desea a la gente felices pascuas, un próspero año nuevo y una sonrisa de paz.


La corte de los milagros


Una costurera de edad mediana, que habla con dificultades, se lanza hacia mí agitando en las manos un montón de papeles. En una media lengua que apenas alcanzo a entenderle, me dice que desde hace siete meses hace el mismo recorrido. Llega al amanecer, se para en la hilera hasta las cinco de la tarde y luego deshace el camino de vuelta a casa sin que le hayan autorizado la cita que le prometieron con el neurólogo.

Crece el alboroto. La sofocación también. Hay gritos y lágrimas. Protestan, pero nadie les hace caso. Una señora, que lleva los anteojos remendados con cinta pegante, se desmaya en la puerta, en medio del tropel. Su nieta, la jovencita que la acompaña, me mira directamente a los ojos. No sé si lo que veo en ellos es dolor o rabia. A lo mejor ambas cosas.

-Es el hambre -me dice-. Estamos aquí desde las siete de la mañana, mire la hora que es y la doctora no ha llegado.

Confieso que me asusta el rugido de aquella muchedumbre de enfermos y dolientes. Aquí puede pasar algo. Es entonces cuando aparece una muchacha vestida de enfermera con uniforme blanco.

Tiene, ella sola, el coraje de poner la cara. Le pregunto por el gerente de esa oficina o por alguien que responda. Me dice que la administración queda en otro barrio.

-Lo que pasa es que el vigilante no le activó su cita -le dice la enfermera a un señor con cataratas que está a punto de quedarse ciego.

Lo acompaño, tomándolo del brazo, para ir en busca del vigilante, un buen hombre que trata de mantener el orden sin perder la calma.

-¿Y yo qué tengo que ver con eso, si soy un simple celador? -me contesta, con una lógica tan aplastante que me hace sentir avergonzado.


¿Derechos o limosnas?


Sudan a chorros entre aquellos paredones herméticos. La agonía de los enfermos es desgarradora. Nunca me imaginé que se pudiera albergar tanto sufrimiento en un solo sitio.

La enfermera del uniforme blanco se acerca a mí y me susurra al oído: "La culpa es del Hospital de San Juan de Dios de Cartagena, que hoy nos devolvió los enfermos". Yo sé la verdad: el hospital cerró la mitad de sus servicios porque la Nueva EPS no le paga desde hace varios años, así como tampoco les pagan otras empresas de salud.

Llamo por teléfono a la administración y allí me dicen lo contrario, que la culpa no es del hospital "sino de una empresa de Barranquilla que nos compró el servicio de citas, pero hasta ahora no ha podido organizarlo".

Lo cierto es que la legión de usuarios sigue creciendo en la puerta, las escaleras, los pasillos sórdidos, incluso en los baños. Los enfermos vomitan en cualquier parte. Nadie les presta atención.

Por un solo y terrible motivo: porque han cometido el doble delito de ser pobres y ser honrados al mismo tiempo. Pagan cumplidamente sus aportes mensuales.

Esto parece la corte de los milagros, tal como la describía mi madre en sus oraciones. El dolor es tan evidente que puede tocarse con la mano. Lo peor es que no están pidiendo favores ni implorando una limosna. Están en su derecho. Y los derechos no se mendigan; los derechos se reclaman. Para lo que sirven los derechos en Colombia...

Cuando regreso a la calle, el viento se ha vuelto tibio en la avenida Pedro de Heredia. Siento ganas de escribir en la pared de aquel edificio cuadrado la misma advertencia que Dante puso en la puerta del infierno: "Los que entráis aquí, perded toda esperanza".

 

La otra cara de esa misma moneda


A pocas cuadras de allí, en la calle del Arsenal, junto a las discotecas donde los muchachos se divierten por la noche, frente al mar y en diagonal al Centro de Convenciones, funciona otra sucursal de la Nueva EPS. Entro a ella y me quedo con la boca abierta: limpia, ordenada, eficiente. Blanca y reluciente. Hay una silletería cómoda para los que esperan. El aire acondicionado es acogedor. Parece un lugar a medio camino entre un hospital y un hotel. En la esquina se oye la música de un violinista callejero.

Los empleados también son muy distintos. Estos parecen más educados y mejor entrenados que aquellos. Un anciano diabético, que sonríe y lleva la camisa abotonada hasta el cuello, le regala una barra de chocolate suizo a la recepcionista. Ella se levanta, le da las gracias y le estampa un beso en la mejilla. En la pared hay un cartel que dice: 'Nueva EPS. Somos afortunados por acompañar tus sueños'. Los de la avenida, en cambio, no tienen sueños, sino pesadillas.

¿A qué se debe la diferencia? A que los de allá provienen de los estratos populares y los de acá son gente de clase media hacia arriba. No estoy atizando la lucha de clases. Por el contrario, lo que pido es que traten a los de allá con tanta consideración como tratan a los de aquí. Si todos pagan sus cuotas, y todos son seres humanos, todos merecen igualdad y respeto. Ojalá abundaran los pacientes que les regalan un caramelo a las empleadas en vez de sentir ganas de estrangularlas. Que no haya unos enfermos para el frío y otros para el calor.


Clínicas que parecen tiendas


La verdad escueta es que después de tantos años de crisis, el sistema de salud de Cartagena se reventó en pedazos. Como en el resto de Colombia, ni más ni menos. Las unidades de cuidados intensivos se están cerrando. Las secciones de urgencia anochecen pero no amanecen. Un turista se cayó en diciembre de lo alto de las murallas y no hubo forma de atenderlo. Es la misma situación que se vive en Cali y Bogotá, en Medellín y Barranquilla, en Bucaramanga o el Chocó, en el centro y el sur del país, en todas partes.

El doctor Gustavo Oyola, reputado anestesiólogo, me cuenta que para hacer un cateterismo hay que trasladar al paciente a tres clínicas distintas. "Es como en las tiendas de barrio -explica el médico-: si en esta no hay leche, vaya a buscarla en la próxima. Y en la otra consigue el pan".

Se ha descubierto el caso de algunas clínicas que sacan entero el hilo de sutura usado en una herida para poder emplearlo en la siguiente, con los riesgos que eso implica. El Ministro de Salud, por su parte, ha estado varias veces en Cartagena y sale retratado en el periódico. Declara, sonriente, que el problema ya se está resolviendo.

A los médicos no les pagan en los hospitales porque a los hospitales no les pagan las empresas de salud. Esa es la espiral del diablo. Conozco el caso de una clínica mediana a la que una sola de esas empresas, llamada Coomeva, le debe 17 mil millones de pesos desde hace un año largo.

-Tengo 400 empleados -se lamenta el gerente de la clínica-.
¿Cómo hago para pagarles?

Sin embargo, desde el preciso momento en que un hospital manda sus facturas de cobro a las EPS, de inmediato tiene que cancelar los impuestos respectivos a la Dian. Pero al hospital no le pagan. Como dicen los campesinos del Huila: "Tras de cotudos, con paperas".

Si les parece que eso era lo último que podía pasar, apareció la tapa que le faltaba al frasco: esa misma clínica recibió una carta de Coomeva, fechada el 28 de diciembre pasado, día de los Santos Inocentes, en la que le dicen que solo le pueden cancelar semejante deuda con acciones de Coomeva.

-¿Y yo con qué pago la próxima quincena a mis empleados? -vuelve a preguntarme el pobre gerente, cabizbajo-. ¿Con acciones? Las acciones no se comen.


Epílogo con broma cruel


Aquí es donde uno se pregunta: ¿qué será de la vida del Presidente de la República, de su Ministro de Salud, de su Ministro de Trabajo? ¿Qué se habrán hecho el Procurador, la Contraloría, los fiscales? ¿Dónde andará el Defensor del Pueblo?

Mientras el gerente de la clínica se levanta para marcharse, con la mirada sombría y las manos en los bolsillos, por las calles coloniales comienza a circular una broma cruel.

-Si te sientes mal de salud -le aconseja un amigo al otro-, no olvides que la mejor clínica de Cartagena es el aeropuerto...

Juan Gossaín
Especial para EL TIEMPO
Cartagena 

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