'Enfrentarme al racismo ha sido difícil y gratificante'

'Enfrentarme al racismo ha sido difícil y gratificante'

Dinaw Mengestu, autor de origen etíope, llega al Hay Festival que se inicia mañana.

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22 de enero 2013 , 09:00 p.m.

El escritor Dinaw Mengestu (Adís Abeba, 1978) siempre ha sido un extranjero. Incluso en su tierra natal. Su padre, un ejecutivo de Aerolíneas Etíopes, huyó del país cuando él tenía 2 años, después de que un coronel marxista con un nombre trágicamente parecido al suyo -Mengistu- derrocó al emperador e inició una sangrienta campaña de 'limpieza social'. Hasta 1991, Etiopía vivió una sucesión de conflictos armados; él regresaría, solo, 23 años después.

Criado en las afueras de Chicago, Megestu es conocido por los reportajes que ha escrito desde África para revistas como Rolling Stone y Harper's. Con ellos, ha traído al debate público estadounidense las guerras civiles de su continente. Y sus novelas, sobre los exiliados, refugiados y emigrantes de la diáspora africana, se han ganado un lugar preponderante dentro de la literatura en inglés. La primera, Children of the Revolution (Hijos de la revolución) recibió el premio a la mejor 'ópera prima' del diario inglés The Guardian; después de publicar la segunda, traducida al español como El lugar del aire, fue nombrado uno de los mejores escritores estadounidenses menores de 40 años por la revista The New Yorker.

Ha dicho que cuando niño usted sentía que los suburbios de Chicago eran su hogar, pero que luego cambió de opinión. ¿Por qué?

Creo que nuestra idea de hogar surge de una relación sentimental, ideal, pasional con nuestras raíces y con nuestro lugar de origen. En mi caso, la leyenda ha sido magnificada por ser un inmigrante de la diáspora. El hecho de haber crecido en Estados Unidos y de que nunca me hubiera sentido realmente en casa acá (especialmente cuando era más joven), hizo que empezara a crearme una idea de que Etiopía era mi otro hogar, mi verdadero hogar, un lugar en el que no había racismo, en el que todo era perfecto, que no tenía problemas, y al que siempre podía regresar. Era un hogar en un sentido utópico. No tenía de qué preocuparme; era una fantasía.

¿Cómo fue crecer en una sociedad que estigmatiza a las personas de raza negra y a los inmigrantes?

Formativo. Crecí en un suburbio muy diverso. Mis mejores amigos eran vietnamitas, colombianos, afroamericanos -éramos como una gran colección de niños de todo el mundo-, y, claro, también había conflictos. Había racismo, pero al mismo tiempo me sentía distante de la comunidad afroamericana por mi historia familiar.

Entonces entendí que no había una sola forma de ser afroamericano y me di cuenta de que la manera como uno se imagina muchas veces no coincide con la manera en que otros lo hacen. En Estados Unidos, cuando ven a una persona de piel negra esperan que hable y que actúe como un negro. Yo no encajaba en esa categoría y el resultado fue inventarme un lugar propio. Fue difícil, pero también muy gratificante, pues me ayudó a forjar una identidad propia: una de las cosas que uno necesita hacer como escritor es indagar en uno mismo, en la forma como uno se imagina a uno mismo.

La primera vez que visitó su pueblo natal usted tenía 25 años. ¿Qué encontró?

Después de graduarme de la universidad y escribir mi primera novela -que en parte estaba ambientada en Etiopía y que hablaba mucho sobre ese país- era el momento perfecto. En un principio me iba a quedar un mes y me terminé quedando tres. Y, claro, fue una experiencia maravillosa. Me encontré con que de hecho sí me sentía en casa, pero también entendí que aunque hubiera nacido allí, yo era un producto de la cultura americana y que mi vida americana era tan importante como las ideas de Etiopía que me había formado. La realidad es muy distinta a la que uno se imagina y esta, por supuesto, es mucho más compleja.

Jonas, el personaje principal de su última novela, es "un gato perdido en Nueva York", en cierto sentido un eterno extranjero...

Creo que he intentado encontrar una forma de fundir esa dislocación que viene de ser el hijo de mis padres, ser yo mismo y ser escritor. Como novelista uno termina aislándose hasta cierto punto del mundo real y empieza a pasar mucho tiempo observándolo y tratando de entenderlo. Jonas sí se entiende a sí mismo americano -y lo es, de hecho, de muchas maneras-, pero la idea lo atormenta un poco. Y en vez de reivindicar su identidad, de encontrar su lugar, se interesa en observar de manera solitaria el mundo que lo rodea.

Usted publicó su primera novela relativamente joven, a los 29 años. ¿Cuándo se dio cuenta de que volver a sus raíces era material
literario?

Me tomó mucho tiempo. Fue algo gradual que se empezó a materializar cuando tenía unos veinte años. Empecé a escribir una novela a los 18 o 19, pero esta no tenía personajes o, por lo menos, no unos que tuvieran una identidad definida; no eran blancos ni negros, no eran chinos ni mexicanos. Ahora me doy cuenta de que tenía miedo. En el fondo, lo que más tiempo me tomó fue darme cuenta de que quería escribir para llenar los espacios vacíos en mi narrativa personal y en la narrativa cultural de mi país, y que la forma de hacerlo era con personajes que se parecieran a mí, que tuvieran una experiencia similar a la mía, dentro de un contexto americano. Luego me tomó mucho tiempo encontrar el valor para escribir.

Jonas es un escritor, de cierta manera: transcribe las historias de los refugiados y las 'embellece'. Pero para él escribir no es más que un asunto burocrático, un ejercicio literario a lo sumo...

Jonas tiene un lado cínico al principio de la novela. Y su actitud tiene que ver con la idea de que hay una narrativa del inmigrante. El término en sí es muy problemático. 'La narrativa del inmigrante' funciona como un rótulo, pero no hay tal. No existe una narrativa fuera del hecho de que alguien dejó su hogar. Las razones por las que decidió dejarlo y las peripecias que lo llevan a su destino final son muy distintas en cada caso.

Si hubiera una narrativa del inmigrante, yo no podría ser uno: soy un profesor americano y soy un escritor americano, pero se cree que los inmigrantes siempre vienen de países en vías de desarrollo. Es muy molesto para mí. Muchos creen que los inmigrantes que están tratando de entrar a Estados Unidos vienen de lugares que están en una peor situación que la nuestra. Eso no es necesariamente cierto.

En sus novelas la memoria juega un papel muy importante. Incluso, dice que construimos nuestro presente a partir del pasado, bien sea reescribiéndolo o ignorándolo...

Todos mis personajes están profundamente apegados a su pasado. Su pasado es casi siempre lo que define su presente. Eso es incluso evidente en la estructura de mis novelas. Nunca escribo historias lineales, la narrativa siempre va y vuelve en el tiempo y entre los capítulos. Es que estoy obsesionado con el rol de la memoria y cómo irrumpe en nuestra vida presente. Y la única forma de lidiar con eso es entendiendo el tiempo de una manera circular; entendiendo que este siempre se recicla, reinterpretando el pasado; y que este tiene diálogo dinámico con el presente. La memoria para mí es algo fluido, una herramienta que no falla, aunque al mismo tiempo siempre está al acecho. Lo único que podemos hacer es reconocer su presencia.

Usted escribió varios reportajes desde África en los que hablaba de las guerras civiles y refugiados, los mismos temas de sus novelas. ¿Cuál es la ventaja de escribir ficción?

Buena pregunta, yo mismo me la hago todo el tiempo... Parte de lo que quiero hacer con mis novelas es encontrar una forma de matizar las ideas generalizadas que tenemos de África. Se sabe, a grandes rasgos, que hay dictadores, revoluciones, tomas de poder, pero no se conocen los nombres propios. En mi primera novela hablo de varios líderes golpistas e intento mostrar quiénes eran. Si se conocen los nombres, si se entiende quiénes son entonces es posible entender que no se trata simplemente del producto histórico de una violencia tribal, que no se trata de un odio milenario entre generaciones, sino que es el producto de la política y de las políticas de la etnicidad. Pero en mis piezas periodísticas, especialmente la que publicó Rolling Stone (De regreso a la tragedia de Darfur), en la que habló del líder del ejército de liberación de Sudán, también lo hizo.

En ese ir y venir a sus raíces e historia familiar, usted ha hablado mucho sobre la cultura americana y su política. En su opinión, ¿qué añade un escritor de ficción al discurso político?

Los escritores tanto de ficción como de no-ficción complican o intentan complicar las cosas. Nuestras narrativas políticas y culturales tienden a ser bastante reduccionistas, mientras los escritores siempre buscan la complejidad y las historias largas tras las sencillas. El periodismo, los políticos y el público general dicen: "Esto es cierto", "esto no"; los escritores se oponen a un sentido completo de verdad. Y si hay una manera de hacerlo es por medio del lenguaje, y tratando de salvarlo del abuso por el que pasa todos los días.

'Una novela bien pensada'

La obra de mengestu se ha traducido a 17 lenguas

La segunda novela de Dinaw Mengestu, traducida al español como 'El lugar del aire', narra la historia de Jonas, un joven neoyorquino de origen africano que emprende un viaje en busca de su pasado familiar; un viaje hacia lo imposible, en el que aparece la historia de sus padres, dos inmigrantes que siempre fueron extraños para él.

"Es una novela muy bien pensada, deliberada en su arte y bellamente escrita", dijo el crítico del diario 'The New York Times' Miguel Syjuco. Su primera novela 'Children of the Revolution' ('Hijos de la revolución'), publicada en el 2007, ha sido traducida a 17 lenguas.

Mengestu, en el Hay

Viernes, 7:30 p.m.: diálogo con escritores, en el Hotel Santa Clara.
Sábado: 3:30 p.m.: en Unibac Bellas Artes.

María Alejandra Pautassi
Redacción Domingo

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