Julio Flórez, el último poeta maldito

Julio Flórez, el último poeta maldito

El escritor colombiano fue coronado hace 90 años poeta nacional. A los 24 días falleció de cáncer.

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15 de enero 2013 , 08:08 p.m.

Todo el país de 1923 sabía que Julio Flórez estaba a punto de morir. Que ya no quedaban meses sino días si la cuestión era hacerle saber, en vida, que él era de lejos el poeta más popular de Colombia: que los versos lacerados que consiguió escribir desde los 7 años hasta los 50, "cierro los ojos y entre mí te veo", "algo se muere en mí todos los días", "todo nos llega tarde, ¡hasta la muerte!", no solo le habían evitado quedarse sin excusas para seguir viviendo, sino que habían sido leídos por miles y miles de lectores en una nación profundamente conservadora en la que no era posible hallar un oficio más atractivo ni más importante que el oficio del escritor. Flórez tenía que ser coronado como "el gran poeta de la patria" -y no es una metáfora: la idea, de comienzos del siglo XX, era en verdad ponerle una corona- antes de que terminara de perder el pulso con una enfermedad maligna que ni siquiera los brujos sabían curar.

Y, como el malestar le hacía imposible emprender el viaje a Bogotá o a Barranquilla, no quedaba alternativa aparte de llevarle la gloria a la pequeña esquina de la costa en la que se refugiaba desde hacía quince años: el municipio sanador de Usiacurí.

Así fue. Hacia las nueve de la mañana del domingo 14 de enero de 1923, a tan solo unos pasos de su casa en Usiacurí ("una casa pajiza de campo, asentada en una roca y rodeada de primorosos jardines", según escribió Eduardo Carranza), el taciturno Julio Flórez fue coronado por el gobierno conservador de Pedro Nel Ospina como el gran poeta nacional. Por cuenta de los peores padecimientos de su vejez, por culpa, por ejemplo, de un mal que hoy sería llamado "cáncer de parótida", Flórez no solo tenía desfigurada la cara sino que además no conseguía ya pronunciar en paz ninguna frase. Sabía bien que a su lado, en el auditorio, tenía a sus cinco hijos. Se daba cuenta de que su esposa, Petrona Moreno, estaba junto a él mientras se sucedían las declamaciones en su honor. Pero también tenía claro que ni siquiera iba a ser capaz de decirles a sus seguidores la palabra "gracias". Y que de alguna manera tendría que comunicarse.

La gigantesca celebración fue, en verdad, el recibimiento de un héroe. Desde las seis de la mañana se reunieron en El Prado, en Barranquilla, los eufóricos delegados del gobierno nacional que asistieron al acto de coronación. El general Eparquio González, gobernador del Atlántico, comandó una larga caravana hacia Usiacurí que el corresponsal de EL TIEMPO describió como "un negro cordón" de 150 vehículos imponentes. Durante la procesión, que bajó por la carretera occidental como una pequeña marcha fúnebre, pero llegó como un victorioso desfile militar, los funcionarios fueron encontrándose con un pueblo que había estado esperando aquella oportunidad para aclamar a su poeta. En la vía de Galapa a Baranoa, que se esperaba desierta, una multitud delirante vestida de blanco y a la sombra de los sombreros de iraca lanzaba flores y agitaba la bandera de Colombia.

Y en las calles estrechas de Usiacurí, que antes de la ceremonia no era más ni era menos que el remoto lugar al que iban los viajeros enfermos en busca de los pozos curativos de aguas sulfídicas, la población en pleno coreaba el himno nacional sobre la sentida interpretación de la banda municipal.

Vino un silencio pendiente de la escena. El gobernador González apareció en la tribuna como un actor consciente de que tenía que crear cierto suspenso. Descendió. Y apenas puso la corona en la cabeza inclinada de Flórez, que no perdía de vista a su familia, llegó un estallido hecho de "gloria inmarcesible" y "júbilo inmortal". Siguió, en el orden del día, que las delegaciones subieran al escenario a presentarle al poeta sus propias coronas de laureles, que tres escritores ilustres de la región declamaran sus homenajes y que doña Toña Vengoechea le entregara al hombre festejado un crucifijo mientras los usiacureños de todas las clases sociales hacían fila para firmar el álbum en el que sería guardado el recuerdo.

Flórez -dice EL TIEMPO- "agradeció en elocuente silencio la manifestación de que era objeto". Y lo cierto es que el poeta coronado era un viejo mudo y feliz con la cara vuelta una mueca. Y que el destino, que tiende a la ironía, le había concedido un rarísimo clímax -ser un escritor romántico y liberal encumbrado en plena hegemonía conservadora- que parecía corresponder al drama de otra vida. Pero quería dar las gracias.

Julio Flórez nació en Chiquinquirá el miércoles 22 de mayo de 1867. Su madre, Dolores Roa, era una activista conservadora. Su padre, el médico liberal Policarpo María Flórez, fue presidente del Estado Soberano de Boyacá, rector del rigurosamente católico Colegio Oficial de Vélez y representante a la Cámara por su departamento, mientras él se iba convirtiendo en un muchacho que no tenía el temperamento para terminar sus estudios de literatura en el Colegio del Rosario en Bogotá, pero que en cambio llevaba adentro la necesidad de escribir versos que le dieran la paz que no le daba la vida. A los 7 años, impaciente, empezó a escribir. Y desde los 15 fue metiéndose en los lugares sombríos en los que se pasaban la vida los poetas románticos.

Fue el 22 de junio de 1883 cuando puso a la venta su primer libro de poemas: Horas. Y fue por ese entonces también cuando fue silbado desde gallinero -por "¡los miserables!", dijo el poeta Caro- porque recitó una oda a Víctor Hugo con su entonación suave y su manoteo delicado. Al año siguiente, cuando a los 17 declamó en el entierro del poeta suicida Candelario Obeso, a la pequeña Bogotá de ese entonces le quedó claro que había aparecido en sus calles amedrentadas un hombre del pueblo que iba a cantar por todo lo que todos estaban sintiendo. Ciertos intelectuales de la época, precursores de los críticos que a mediados del siglo XX se reirían de sus sentidos e improvisados versos a la patria y a la madre y a la muerte, consideraban su obra un adefesio. Pero los bogotanos siempre sintieron que la de él era su voz.

El lunes 25 de mayo de 1896, cuando despidió a su amigo José Asunción Silva, a punta de sonetos, en el cementerio de los suicidas, el pálido Flórez era ya reconocido en todo el país como un poeta liberal que no había callado su voz del pueblo a cambio de uno de los puestos que los conservadores le habían ofrecido. Los hombres, que iban a sus recitales a asentir, lo saludaban en la calle como si solo él comprendiera su dolor. Las mujeres, que se morían de la emoción cuando lo veían interpretando el tiple y el violín, se sonrojaban en su presencia porque no existía ningún otro escritor en Colombia que consiguiera rimar sus amores de semejante manera. Todo el mundo lo señalaba. Ahí iba la celebridad que en 1900 reuniría a los poetas en aquella tertulia de la resistencia: la Gruta Simbólica.

Todo en él era negro: el sombrero flojo, el gabán, el pelo ondulado, los bigotes levantados y los ojos. Tenía vida de poeta maldito. Cantaba sus orgías, recitaba sus vicios y llevaba a cabo ceremonias de medianoche en los camposantos. Fue por todo eso por lo que -tal como dice su biógrafa Gloria Serpa-Flórez- "fue señalado como sacrílego, blasfemo y apóstata". Y en 1905 tuvo que emprender un exilio de cuatro años que lo llevó de Caracas a Barcelona, lo convirtió por el camino en una estrella de fama iberoamericana, lo obligó a aceptar un cargo en la embajada de España durante el gobierno conservador del general Reyes, y, a fuerza de mezquindades en su contra, lo llevó a sacar la peor de las conclusiones: una honda decepción que poco a poco fue menoscabando su cuerpo.

Volvió a Colombia en 1909 porque no tenía a dónde más volver. Dio un par de apoteósicos recitales en Bogotá, que pudieron ser la cumbre de su vida. Pero luego se retiró a ese extraño balneario de la costa, a Usiacurí, en donde se enamoró perdidamente de una Petrona de solo 14 años a la que siempre le fue fiel, tuvo cinco hijos a los que adoró y se dedicó a explotar una finquita que sus colegas miraron de reojo "por burguesa". De vez en cuando escribió. De vez en cuando rompió su silencio tan feliz. De resto fue irreconocible: un hombre de familia, conservador y vestido de blanco, más parecido a su madre que a su padre, que contrajo matrimonio por lo católico para que sus hijos bautizados pudieran ser sus herederos legítimos.

Ese hombre viejo y enfermo fue coronado el domingo 14 de enero de 1923, en Usiacurí, como el gran poeta nacional. En apenas 24 días, moriría con la esperanza de que su funeral se redujera a quince minutos de silencio. En apenas unas décadas, sería olvidado a propósito por los antologistas. Pero ese domingo un pueblo entero repetía sus versos más famosos y agitaba la bandera de Colombia y volvía a cantar el himno para que él alcanzara a morir reivindicado. Él no podía hablar: desde hacía mucho tiempo que lo suyo era callarse. Y sin embargo, cuando por fin le llegó su turno en aquella ceremonia de homenaje, tocó el violín en vez de dar las gracias.

Ricardo Silva Romero
Especial para EL TIEMPO 

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