Guillermo Hoyos: el filósofo más importante de los últimos 50 años

Guillermo Hoyos: el filósofo más importante de los últimos 50 años

Un hombre que 'Nos enseñó a escuchar, a ser tolerantes y a respetar al otro'.

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11 de enero 2013 , 09:52 p.m.

La formación

Murió el sábado 5 de enero el profesor Guillermo Hoyos, sin ninguna duda el filósofo más importante de Colombia en los últimos cincuenta años, y uno sino el más reconocido pensador colombiano a nivel de América Latina y Europa, en las últimas décadas.

Guillermo Hoyos nace en 1935 en el seno de una tradicional familia antioqueña y, siguiendo la vocación de sus hermanos mayores sacerdotes, ingresa en su juventud a la Compañía de Jesús que más tarde lo envía, en 1963, a Europa a consolidar su formación teológica y filosófica. Es allí donde se doctora en Filosofía en la Universidad de Colonia, siendo así uno de los primeros doctorados colombianos, y recibe además la grandiosa influencia social y política tanto del Concilio Vaticano II, la teología política, como de esa revolución cultural que fue mayo del 68 en todos los países europeos y que signaría en su espíritu el talante que siempre lo habría de acompañar.

El pensamiento crítico

Conocí a Guillermo Hoyos en la Universidad Nacional cuando, a mediados de los setenta, ingresé a estudiar Filosofía. La Nacional era, como siempre lo ha sido, un hervidero de ideas donde prevalecían posturas muy dogmáticas y polarizadas, tanto de izquierda como de derecha. De repente, en medio de esa polarización, Guillermo Hoyos, con otros profesores de ciencias humanas, comenzó a introducir a la Escuela de Fráncfort, el marxismo heterodoxo, Horkheimer, Adorno y, en su caso especifico, Jürgen Habermas, que en medio de las descalificaciones y las purgas estalinistas de siempre enseñaba a propender por un pensamiento a la vez crítico y democrático, alejado de las estigmatizaciones y los señalamientos. Con Hoyos una generación aprendió a no caer en el maniqueísmo de "derecha o izquierda", ni tampoco de "centro", sino a pensar la realidad como "Dios manda": con objetividad, sensibilidad social y abierto al diálogo.

Aunque el doctorado de Hoyos había sido sobre fenomenología husserliana, es paradójicamente la teoría comunicativa de Habermas por la que sería reconocido, consolidándose como su multiplicador e interlocutor más significativo en Colombia y América Latina. En cuanto congreso había de filosofía y ciencias sociales, Hoyos enarboló la ética comunicativa, la posibilidad de lograr consensos antes que imponer por la fuerza del poder o de las armas los propios argumentos, transmitiendo así un ideal alternativo que fue calando en la formación de no pocos colombianos y latinoamericanos.

Si Gregorio Peces Barba fue llamado en España el padre intelectual de la Constitución, permítanme exagerar si digo que en buena parte el espíritu conciliador de la Constitución del 91 provino -por esa intricada serie de causas borgianas- de esa semilla que Hoyos comenzó a sembrar 20 años antes: pensamiento crítico, sensibilidad social, democracia deliberativa.

El diálogo con el pensamiento liberal

Su última etapa estuvo marcada, además de su reencuentro con la fenomenología y su encuentro con el pensamiento posmoderno, sustancialmente por el diálogo que se establece entre el filósofo estadounidense John Rawls y Jürgen Habermas y que se ha conocido como el Debate sobre el Liberalismo Político (1995).

Hoyos descubrió el vigor de la academia angloamericana pero, además, en la obra de Rawls, un pensamiento profundamente pluralista, social y democrático muy cercano a la socialdemocracia habermasiana y europea y lejos, por supuesto, de nuestro liberalismo que ojalá hubiera sabido abrevar en esa obra.

Ello lo lleva, de la mano de Habermas, a poner el acento no solo en la comunicación, sino en el estado democrático de derecho, la democracia deliberativa y la fuerza de la opinión pública. Hoyos se inscribe en lo que algunos, después de la caída del Muro de Berlín, llamaron el "pensamiento postsocialista", inspirado en que la cuestión democrática no era ajena al pensamiento crítico y que el binomio democracia-sensibilidad social tenía que hacerse no por cauces autoritarios ni populistas sino enmarcado en el absoluto respeto a la Constitución y el estado de derecho. De ahí que fuera, además de inspirador avant la lettre, un defensor de la Constitución del 91 frente a la del 86, que representaba el proyecto conservador y clerical en Colombia. La del 91 era el proyecto de modernidad y democracia al que tantos en Colombia habían aspirado desde el siglo XIX.

El ejemplo vital

Pero un maestro como Hoyos no lo fue solo por ser un gran académico. Hoy hay muchos de lo segundo y muy pocos de lo primero. Además de su don de gentes, de su calidez, de su bonhomía, Hoyos enseñó a ser congruente. Sin duda por su formación jesuita aprendió y así lo transmitió que, como alguien alguna vez dijera refiriéndose a Salvador Allende, hay que "decir lo que se piensa y hacer lo que se dice". No solo era el profesor de Kant o de Habermas o de Husserl: ahí también lo tenían en las marchas en defensa ya de la educación pública, ya de la tolerancia política por la UP, ya del respeto a los procesos de paz, ya de la vivienda para sectores marginados. No era un intelectual de buhardilla, acomodado en su felicidad doméstica, sino un militante de las causas sociales y democráticas sin las rigideces de la militancia partidista.

A estas alturas, ya Hoyos había colgado los hábitos, se había casado con Patricia Santamaría, su fiel compañera hasta el último instante de su vida, y en esa línea de conducta vital no solo había transitado por la decanatura de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional, sino había igualmente fungido como asesor de Colciencias, del Icfes, de la Comisión Nacional de Acreditación, de la Academia Diplomática de San Carlos, y un largo etcétera, todas designaciones que sencillamente reconocían un protagonismo intelectual que muy pocos han logrado representar en Colombia.

Compromiso vital con sus convicciones que lo habían llevado a la Comisión de Paz del gobierno Betancur, así como inmediatamente antes a ser un censor acérrimo del Estatuto de Seguridad del gobierno Turbay, como sería más tarde un fervoroso defensor de la Constitución del 91, que para el encarnaba -guardadas proporciones por supuesto- la democracia comunicativa habermasiana, y finalmente un crítico frentero y sin conciliaciones del autoritarismo del gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Aún recuerdo un congreso internacional de filosofía que abrió Hoyos con una lección inaugural en la Universidad de Antioquia, en Medellín, en plena euforia uribista, y ante un inicial silencio sepulcral, en muchos temeroso en otros cómplice, que después se transformaría en cerrado aplauso, recordarle al poder que el cambio de las reglas de juego no conduce a la democracia sino al autoritarismo y la corrupción, lo que resultaría casi profético.

El adiós

La muerte del profesor Hoyos me sorprendió con mi familia en un parque natural en el sur de California, el Joshua Tree National Park. El árbol de Joshua es, al menos visualmente, un híbrido entre un cactus, una ceiba y una palmera pequeña. En medio de la aridez del desierto surge con sus ramas multifurcadas (como la ceiba) sus retoños con espinas (como el cactus), y su sombra bienhechora (como la palma). En esa tristeza insondable por su partida que en ese instante compartía, a miles de kilómetros, con cientos de sus alumnos, discípulos y amigos, pensé que Guillermo Hoyos había sido en Colombia como ese árbol.

En un país que todavía no logra entrar a la modernidad, aunque ya lo atropella la modernización, donde la intolerancia se yergue a diario desde todas las posturas, en ese desierto de premodernidad excluyente y posmodernidad indiferente en que todos los días nos balanceamos dramáticamente, Hoyos nos enseñó a ser modernos, en el mejor sentido del término: a ser tolerantes, a escuchar, a respetar y a reconocer al otro, a dialogar para no imponer las razones por la fuerza o por las balas.

En este desierto de modernidad que, pese a sus leves avances, sigue siendo Colombia, Hoyos -se me antojaba en ese momento- fue como ese árbol: germinó en medio de este desierto conservadurista con sus espinas críticas para multifurcarse en todos los que han sabido y sabrán aprender de su ejemplo y para dar sombra a los que hayan de venir en pos de su sueño. Saludos por siempre al maestro Guillermo Hoyos.

Acerca de Óscar Mejía Quintana

Profesor titular de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la U. Nacional. Fue profesor asociado de la Facultad de Derecho de la U. de los Andes. Filósofo (U. Nacional), máster en Filosofía Moral y doctorado (Ph. D.) en Filosofía Política (PWU, EE. UU.). Adelantó un segundo doctorado en Filosofía del Derecho, en la Nacional, bajo la dirección del profesor Hoyos.

Óscar Mejía Quintana*
Especial para EL TIEMPO

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