La república del vino

La república del vino

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11 de enero 2013 , 06:44 p.m.

Al azar escogí 'La república del vino', del último Nobel de Literatura, el escritor chino Mo Yan. Había oído que su obra se acercaba a cierto realismo crítico de su país y de su admiración por el realismo mágico de García Márquez. En esta novela, la temática es nacida de una imaginación desbordante: el protagonista, narrado en tercera persona, es un investigador criminal, Ding Gou'er, que investiga un caso de canibalismo en la Tierra de los Vinos y los Licores, donde al parecer algunos dirigentes del Partido realizan extravagantes banquetes y comen niños. Tras la terrorífica anécdota, el autor nos sumerge en un viaje donde las relaciones entre alcohol y literatura forman una mezcla fascinante, bordeando la alucinación y el desparpajo verbal. A la habitual torpeza del detective se suma su traumática relación con el alcohol, que le provoca el desdoblamiento en una mariposa y ver en estado de levitación la miseria de su vida y la de sus semejantes.

En la travesía, Ding Gou'er se relaciona con personajes como Yu Yuchi, un enano jorobado, que tenía el pene negro "como la tinta de un calamar" y que se había acostado con las mujeres más bellas de la región. O una camionera, de variable personalidad, de la cual se enamora y termina matando al encontrarla en las piernas de su amante. O un viejo y nostálgico revolucionario, que ejerce funciones de cancerbero en un cementerio municipal.

Mo Yan experimenta con la estructura formal, añadiendo al narrador ficticio una relación epistolar entre el escritor real Mo Yan y un fan, un doctor en destilación de licores, y entrelaza así con enrevesadas suspicacias la trama. La picardía de Mo Yan atraviesa el texto, revelando la esencia de este thriller a veces excesivo, y es un humor incandescente, en el cual la vida y la literatura son un juego, una "broma colosal", en palabras del cubano Virgilio Piñera, que en la novela se define como un género de "realismo diabólico". El licor Maotai, que bebía Mao, afilaba su mente como una cuchilla y creaba novedosas estrategias políticas.

Para resaltar, el lenguaje escabroso en esta odisea etílica: "Siempre he tenido la boca muy sucia, como el agujero del culo de muchas personas". Las novelas son para inventar historias y los dirigentes del Partido devoraban las carnes de los niños en vinagre, estofados, en rodajas frías, y su valor nutricional se enriquecía al sacrificarlos anestesiados. Un escéptico dirá que era para reducir la población demográfica. Otros, que son cosas de la gastronomía china, o la de un amante del poder liberador de la ficción.

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