La Navidad a la colombiana es el tesoro mejor guardado de Colombia

La Navidad a la colombiana es el tesoro mejor guardado de Colombia

La celebración de esta festividad conserva un fuerte componente católico.

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23 de diciembre 2012 , 06:21 p. m.

Celebrar la Navidad a la colombiana es una inmensa fortuna. De las navidades que conozco, en todo caso, es la que yo prefiero. Para justificar mi opinión voy a citar algunos de los artículos que El Tiempo publicó en su sitio Internet a lo largo de este mes.

En otros países, en Francia por ejemplo, la cena de Nochebuena va acompañada de platos suculentos y vinos famosos en el mundo entero. Las conversaciones también son alegres y animadas. Pero los colombianos no sólo comemos y hablamos, como los franceses, sino que también cantamos, bailamos y rezamos. Y yo no sé ustedes, pero yo prefiero cuando uno también puede cantar, bailar y rezar con los seres queridos.

En Colombia se hace además algo rarísimo en diciembre: los niños, los ancianos y los adultos cantan al unísono. ¿Conocen ustedes otros pueblos que sigan cantando en familia de manera tan masiva? Yo no. Hay lugares donde la tradición de cantar en familia ha desaparecido por completo. Inclusive en las veladas de karaoke, son otros los que cantan. En las novenas, en cambio, todos cantamos al mismo tiempo la misma canción y los mismos gozos en medio de un “alegre desafine”, como escribe el pianista Ricardo Araujo.

La navidad a la colombiana conserva un fuerte componente católico. La versión más popular fue escrita por un cura franciscano quiteño, Fray Fernando de Jesús Larrea, y publicado por primera vez en 1784. Un siglo después fue ampliado por la religiosa bogotana María Ignacia. Para los católicos, leer ese texto es una manera de transmitir y afianzar creencias profundas. Y si algunos padres y abuelos se esfuerzan por organizar novenas, a pesar de que los hijos y los nietos se hayan ido alejando poco a poco de la religión, es porque confían en que es una manera de abonar el terreno para un posible regreso a la fe de unos y otros.

Pero no olvidemos, por supuesto, a todos aquellos que están en contra de celebrar la novena en razón de su origen católico. Es una posición legítima pero que pasa por alto una evidencia: la novena ha traspasado el catolicismo. Se ha secularizado como tantas otras costumbres. Ricardo Abdahllah ilustra muy bien este proceso en su texto “Mi querida novena atea”.

“No puedo saber cuál es la confesión de cada una de las personas que han estado en las novenas que he organizado o a las que he ido desde que vivo en Francia; no es una cosa que uno pregunte a la entrada al tipo que llega con los buñuelos o a la desconocida que se aparece con una botella de aguardiente, pero puedo decir que entre mis amigos cercanos con los que he noveneado hay católicos practicantes e impracticantes, cristianos evangélicos, ortodoxos, interesados por el Islam, comunistas, uribistas y ateos recalcitrantes”.

¿Cómo así? ¿Ateos, musulmanes y evangélicos rezando la novena? ¿Acaso no es esto una contradicción? Quizá para un francés pero no para un colombiano. A este respecto, Ricardo Abdahllah agrega lo siguiente: “No recuerdo haber ido nunca a una novena en Colombia. O no en serio. No para ‘rezarla’. Vengo de una familia más bien apática a la religión y cuando entré a las novenas del salón comunal del barrio donde vivía era para poner totes y sabotearlas. Viviendo lejos de casa desde hace ya un buen tiempo sin embargo vine a entender que, ya que para los que estamos fuera los amigos son la familia, la novena es una manera que nos inventamos para estar en familia. Una de las mejores”.

Por eso Andrés Blanco, contando sus navidades en Estados Unidos, se sorprende por lo que le dijo un compatriota afincado en Estados Unidos desde hace muchos años cuando le preguntó si los caleños en Miami también organizaban novenas. La respuesta fue lapidaria: “Aquí no hay tiempo para eso”. Eso. Las novenas, para numerosos colombianos, nunca serán “eso”. Porque junto con la armada del pesebre y el día de las velitas, representan la Navidad a la colombiana.

Al evocar su Navidad en 1967, el periodista Eduardo Arias Villa, autor con Karl Troller de varios libros de humor, confiesa lo siguiente: “En aquel entonces la Navidad era la razón de ser de mi vida. Aunque yo aún no conocía el concepto del suicidio, en muchos momentos de amargura y tristeza que tuve en mi niñez me consolaba con la idea de que en algún momento volvería la Navidad”.

El diciembre colombiano es una pausa. Es una tregua repentina al agite del mundo. Es un escampado. “Los que usualmente son malgeniados se detienen y sonríen; los acelerados hacen una pausa y toman asiento”, escribe Clemencia Mora.

De ahí la pregunta que nos plantea a todos María Camila Morales en su texto sobre la Navidad en Popayán: “La Novena de mi nostalgia tiene olor a musgo, ovejas de algodón, el ritmo de maraca de ‘A la Nanita Nana’, chirimías, pólvora, zapatos recién lustrados, regalos, los llantos a la Popayán que fue, sabor a brevas y familia. Y si al escribir estos recuerdos lejos de Colombia vuelvo a sonreír sacando la Novena de un cajón, me pregunto cuáles serán las tradiciones que le heredaremos a mi sobrina Laura de tres años”.

Cada familia responderá la pregunta a su manera. Pero lo cierto es la Navidad a la colombiana no permite regateos con el tiempo. Sin tiempo no hay Navidad a la colombiana. Por eso, son muy afortunados los colombianos que pueden decir lo mismo que Andrés Blanco:

“Éramos unos niños felices con padres que tenían tiempo para rezar la novena con nosotros, que tenían tiempo para compartir y hacernos sentir la felicidad de estar en esa época del año. Padres que tenían tiempo de educarnos y darnos buen ejemplo. Padres que lograron transmitirnos esa tradición y construyeron en nuestro imaginario la necesidad de celebrar de esa forma la novena de Navidad y el nacimiento de Jesús”.

Feliz navidad.

Asbel López
Especial para EL TIEMPO
París (Francia)

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