Vino a los suyos, pero no lo recibieron

Vino a los suyos, pero no lo recibieron

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23 de diciembre 2012 , 06:11 p. m.

En una ocasión en la que llegaba de un cansado viaje, resulta que al salir del aeropuerto nadie me estaba esperando. Miro para un lado, miro para el otro, y nada. En ese momento existencial me comencé a cuestionar: ¿Qué hago yo aquí? ¿Para qué vine? ¿Realmente le hago falta a alguien? Permanecí allí hierático, impertérrito, mientras que el resto de los pasajeros iban desapareciendo. En ese momento comprendí, como nunca antes, las palabras del Evangelio: “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron” (Jn. 1,11).

La noche de Navidad es para contemplar, para dejar que el misterio de todo un Dios omnipotente hecho niño nos hable y nos sorprenda. No podemos perder la capacidad de asombro ante el misterio de Belén. Como uno más de los pastores, nos acercamos a la cueva. Ellos van alegres porque han recibido del cielo el anuncio de un ángel que les comunicó una buena noticia, que será motivo de alegría para todo el mundo: “Hoy les ha nacido, en la ciudad de Belén, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto os servirá de señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc. 2,10). En san José, la Virgen y el Niño, creo que podemos encontrar representadas las tres virtudes teologales de la fe, la esperanza y el amor.

LA VIRGEN MARÍA representa la fe. ¡Feliz la que ha creído, porque se cumplirán las promesas por parte del Señor! María nos enseña a creer en el poder salvador de Dios, que quiso redimirnos a través de su Encarnación, muerte y Resurrección. Dios pudo haber elegido otros modos, pero su amor por los hombres llegó al extremo de abajarse hasta tomar un cuerpo como el nuestro para redimirnos y elevarnos al cielo.

SAN JOSÉ representa la confianza en Dios. Es el varón justo que asume su vocación histórica de ser el custodio de la Sagrada Familia. De él aprendemos a confiar en todos los momentos de la vida. Sería una ingenuidad esperar que la historia se vuelva perfecta, pues también ella está herida por el pecado. En medio de las dificultades y problemas, cuánto nos ayuda contemplar a san José, que, atento a la voluntad de Dios, supo cumplir su misión con altura y gallardía.

EL NIÑO DIOS es la expresión del amor de Dios a los hombres. ¿Qué más podemos pedirle a Dios? Él nos habla a través de la Encarnación y el nacimiento de su Hijo. Se hace niño para atraernos a todos hacia sí. Belén nos revela el corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esta noche acerquémonos a adorar al Niño Jesús, que yace envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Démosle un beso cargado de gratitud, adoración y deseos de ser santos. ¡Feliz Navidad!

@jmotaolaurruchi

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