La visita al pesebre

La visita al pesebre

Relato del autor bogotano Celso Román, que describe un curioso milagro en Nochebuena.

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19 de diciembre 2012 , 06:40 p. m.

Una estrella brillaba en el cielo anunciando la Navidad.

Los animales silvestres que vivían en los páramos, los bosques de niebla, los manglares y las orillas del mar, la selva y las sabanas, recibieron su luz y decidieron ir hasta el pesebre, a visitar el niño que traía la promesa del amor y la paz.

-Tenemos que ir a saludarlo y llevarle las ofrendas de flores y de frutos de nuestra tierra -dijo el manatí habitante del gran río que llegaba al mar.

-Pero ¿cómo podremos ir al pesebre si en todas partes hay cazadores, leñadores y tramperos? -preguntaron los jaguares, los monos y los tapires de la selva.

-Tendremos que disfrazarnos de personas para poder pasar desapercibidos -dijo el zorro, experto en sobrevivir con astucia, aun en los lugares llenos de gente.

-El único problema es que los perros nos pueden descubrir con su poderoso olfato -señaló el venado de la sabana, que ganaba las carreras a las jaurías de los cazadores.

-Creo que no queda más remedio que correr el riesgo -exclamó el oso de anteojos, tratando de disfrazar el miedo tiritando en el frío paramuno.

Así conversaban los animalitos, muy preocupados, bajo la luz de la Navidad, que iluminaba costas, montañas y valles.

La estrella los escuchó y decidió ayudarles, concediéndoles un deseo:

-Por esta noche podrán verse como la gente y visitar el Pesebre.
Un tenue y titilante resplandor los envolvió y todos se transformaron, para poder iniciar su viaje hacia el humilde establo donde había nacido el Niño Dios.

Desde el páramo descendieron el oso de anteojos con su señora y su hijo, y eran una familia de tierra fría, los tres más bien gordos, todos con gafas, bufanda blanca y ruana gruesa. Caminaron despacio y llegaron hasta el pueblo donde tomaron un bus campesino, que se llenó con el aroma de las flores y la miel que llevaban como regalo para el recién nacido.

Los pasajeros veían esos compadres que inspiraban ternura y se llenaban de emoción sin saber por qué, y pensaban "debe ser el espíritu de la Navidad lo que sentimos" y sonreían casi con lágrimas en los ojos.

Desde la selva llegaron en una canoa el jaguar, que ahora era un fuerte guerrero, de mirada firme, con la piel tatuada por la tinta de la jagua, el fruto con el cual decoran su cuerpo los indígenas. Lo acompañaban unos inquietos muchachitos maromeros: eran los micos, que hacían reír a quienes los veían; quien remaba con más fuerza era un hombre moreno, macizo y con el pelo erizado como una crin, de gran nariz, a quien sus amigos llamaban "Danta".

Descendieron de la canoa y cargaron con facilidad varios canastos llenos de frutos de la selva. En el muelle del caserío la gente los miraba con curiosidad -pocas veces se ven personajes así, que llamen tanto la atención- y los perros se asustaban ante su presencia, y se escabullían gimiendo con el rabo entre las piernas, pero ellos apenas los miraban con una sonrisa, señal de que iban en paz.

Desde los manglares de la costa llegaron dos personas, más bien obesas pero que sonreían siempre, parecían enamorados, como novios que se encuentran por fin en el milagro del amor. Eran los manatíes, y aunque caminaban con cierta dificultad, disfrutaban de la música bailable que sonaba en el puerto, donde tomarían el barco que iba decorado con guirnaldas de Navidad rumbo al pesebre. Llevaban como presentes hermosos caracoles marinos, que al ponerlos en el oído dejaban escuchar la canción del oleaje, y los dos siempre iban abrazados, tomados de la mano, se daban besos, y parecía no importarles lo que la gente pensara de ellos, pues a su paso los ciudadanos sonreían y decían "deben ser cosas de la Navidad, que hace encontrar el amor".

Desde las sabanas orientales llegó el venado, convertido en un hombre alto y delgado, que caminaba descalzo, con la elegancia de quienes están hechos para desafiar el viento en los pastizales.
Lo acompañaban un grupo de niños y niñas, muchachos y muchachas, jóvenes inquietos, todos de dientes grandes y sonrisa permanente; eran los chigüiros, los guatines y las guatinajas, de manera que la gente los confundía con un profesor y sus estudiantes que iban de paseo decembrino desparramando felicidad por todas partes. Con ellos viajaban los perfumes del mastranto, y portaban ramos de flores amarillas como el oro, rojas como los labios de la mujer enamorada, y azules como el cielo al alcance de la mano, de todos los árboles que bordean los ríos de las llanuras.

Lo único que los inquietaba era el ladrar de los perros que les mostraban los colmillos, pero el aroma de las yerbas de la sabana amansaba los mastines, haciéndolos acurrucar y batir la cola como si fueran amigos de toda la vida, como si por fin se reconciliaran después de una guerra.

Y así, gracias al milagro de la Navidad, de todas partes llegaron los visitantes al pesebre, mezclados con los pastores, los campesinos, y los que buscaban la paz y el amor en esta noche del milagro.

Allí estaban María y José, y en la noche fría un recién nacido era entibiado por el aliento cálido de un buey y un burrito.

Cuando dejaron sus ofrendas de flores y frutos de montañas, valles y playas, cesó el milagro de la estrella de Navidad, y los peregrinos tomaron su verdadera forma.

El pesebre se vio rodeado de animales de monte, y pastores y campesinos se asustaron:

-¡El tigre! -dijeron.

-¡El oso! -exclamaron.

-¡El zorro! -gritaron, y tomaron palos y garrotes para defender de las fieras sus ovejas, sus terneros y sus gallinas.

-¡El venado!, ¡los chigüiros! -señalaron relamiéndose imaginándose la carne asada, como habían hecho los cazadores toda la vida.

Parecía que ya iban a agredir a los visitantes venidos de tan lejos, pero el Niño recién nacido levantó su mano, y escucharon la sinfonía de las estrellas y el coro de los ángeles cantándole a la paz.

Era la voz de la Navidad, y los niños, los poetas y los enamorados comprendieron que llegaba la armonía a reinar entre los seres humanos y los animales silvestres.

No había lugar para el miedo ni para la agresión, era el momento de la fraternidad entre todos los hijos de la Madre Tierra.

Esa noche hubo una fiesta para compartir flores y frutos, y al amanecer todos los peregrinos volvieron a las regiones de donde habían venido, y llevaban en sus corazones la promesa de ser respetados, cuidados y amados, para vivir en paz en los páramos, las costas, las sabanas y las selvas, custodiados y protegidos por la gente.

Ese era el verdadero milagro de la Navidad.

Sobre el autor

Celso Román es autor, entre otros libros, de 'Los amigos del hombre', 'El imperio de las cinco lunas' y 'Entre amigos', por los que ha sido premiado. Hoy es subdirector de la Fundación Taller de la Tierra.

Celso Román
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