A mi pequeño hincha / Voy y vuelvo

A mi pequeño hincha / Voy y vuelvo

Pase lo que pase, seguiremos apoyando a un equipo que hoy saca la cara por Bogotá.

15 de diciembre 2012 , 09:56 p. m.

Chiqui, hoy puede llegar a ser uno de esos días imborrables para quienes padecemos esa extraña enfermedad que se manifiesta con el síntoma del amor por un equipo de fútbol. Dicen que se llama pasión. Confieso que empezabas a caminar cuando decidí contagiártela. Pasábamos las tardes devorando maíz, pegados a la pantalla, tú en silencio, absorto; yo comentándote cada jugada, cada detalle, cada pase que pudiera demostrarte que el azul era mucho mejor que el rojo. Luego vino la visita al estadio, hace tres o cuatro años. Otro partido. Justo contra el Medellín. Pasaron los 90 minutos y el gol no aparecía. “¿Cuándo es que mete Millos gol?”, me preguntabas una y otra vez. Yo, inútilmente, intentaba convencerte de que en la siguiente jugada llegaría. Al minuto 90, y cuando ya muchos abandonaban las gradas, no sé de dónde salió un centro, portería sur, rasante. Tal vez fue Conde quien la metió. Te abracé, me abrazaste, nos abrazamos con los vecinos de silla y entonces vi la imagen con la que tanto había soñado: tus ojos enormes, la boca abierta, la fila de dientes blancos, sorpresa total; no dabas crédito a lo que se apreciaba en el estadio: la fiesta, las serpentinas, las cintas de papel, el temblor del piso, las banderas azules y blancas agitándose, como los corazones de miles de fanáticos como tú y como yo; el ruido ensordecedor de las barras, los gritos... Siempre he pensado que si ese día, en tu primera visita al Campín, no hubiéramos ganado, habría perdido para siempre la oportunidad de que tuvieras el ADN de Millonarios. Por fortuna no fue así y hoy seguimos pegados al equipo de nuestros amores, revisando resultados, repasando jugadas, haciendo cálculos, inventándonos frases para responderles a los pequeños hinchas rojos de tu colegio –pocos, por fortuna–, sufriendo las derrotas que, con el pasar de los años, se nos han vuelto como cicatrices a las que terminamos acostumbrándonos. Aún me duelen ese 3-0 contra el Junior y los trinos de Pacho Miranda y el desgastado “Junior tu papá”.

Hijo, yo acumulo más de dos décadas esperando volver a celebrar una estrella de Millonarios. Tú ya acumulas una. Ni siquiera recuerdo con exactitud la celebración de la última, por allá en el año 88. Pero tú tendrás hoy la oportunidad de ver, probar y entender a qué sabe el triunfo. Te garantizo que jamás lo olvidarás. Los hinchas de Millonarios estamos hoy como esos volcanes que llevan años y años amenazando con hacer erupción, exhibiendo una fumarola con la que no pasa nada. Hoy todo podría ser distinto, hoy podría llegar el estallido de tanta felicidad contenida. Será nuestro mejor regalo de Navidad. Hoy amaremos más que nunca esa camiseta que solemos ponernos en cada partido como si se tratara de la piel misma. Amaremos más esta ciudad, a pesar de sus desdichas, sus rencillas perennes y sus noticias buenas que suelen ser opacadas por las malas.

Por último, hijo querido, es muy importante que sepas que la derrota también suele rondar momentos como este. Y si por desgracia ella nos llega vestida de rojo y azul, igual te abrazaré, lloraré, me refugiaré en los sentimientos de miles de hinchas que estarán sintiendo lo mismo que nosotros. Caminaremos a casa con la cabeza gacha, achantados –por fortuna no te verás con Silva, Rodríguez, Torres o Cajiao–, pero siempre orgullosos de apoyar un gran equipo. Ese vicio es mucho mejor que cualquiera de los que te puedan tentar en la vida, recuérdalo siempre. Si perdemos, mañana veremos la celebración del otro, nos la restregarán los noticieros, la radio, las redes y este periódico. Y si por casualidad nos cruzamos con hinchas del equipo rival embriagados de felicidad, alza la cara, extiende la mano y diles: felicitaciones.

Yo sé que me has visto gritar y decir palabras que espero tú no repitas. También sé que insulto al señor de negro a sabiendas de que es la ley. Y que soy mal hincha porque de cuando en cuando abandono el partido solo porque nos meten el primer gol. No te prometo que cambiaré, pero si hoy ganamos, como estoy seguro ocurrirá, trataré de seguir siendo un mejor hincha y, en todo caso, el mejor papá.

Ahora, Simón, agarra tu camiseta que nos vamos para el estadio, mi pequeño cómplice.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
@ernestocortes28 
erncor@eltiempo.com

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