Un pesebre en Nueva York

Un pesebre en Nueva York

14 de diciembre 2012 , 11:15 p. m.

De las pocas cosas que guardé de mi infancia y que llegaron con mi equipaje a Nueva York fue una iglesia de cartón que se podía doblar como un origami. Era parte del pesebre de mi casa en Armenia y que fue desapareciendo a pedazos a medida que fuimos creciendo. Por alguna razón, la aparté de una vasta colección de animales de todos los tamaños, muñecos de plástico, casitas de cartón y figuras para armar el pueblo donde supuestamente había nacido Jesucristo hace 2012 años.

Tenía una tía política que ponía mucho empeño y dedicación en arreglar el tradicional pesebre. En aquella época, íbamos recogiendo musgo por las quebradas en la finca para montar el paraíso perdido en miniatura. Cada año, ella sacaba la parafernalia navideña de unas cajitas como si fuera un tesoro y todo volvía a tomar vida. Era como poner en escena a personajes de distintas épocas a dialogar, pero el problema era que no había ni secuencia ni conexión en la trama. Veíamos que un pastor o pastora llevaba un rebaño de ovejas blancas, rosadas o rojas a algún lugar desconocido. Siempre había un lago para patos y cisnes pintorescos, los reyes magos no se podían montar en los camellos porque eran gigantes al lado de los famélicos. Había un puente de piedra que cruzaba un río hecho con algodón y, como era muy difícil retener el agua en un recipiente, entonces se ponía un espejo porque, de lo contrario, los patos terminaban patas arriba.
Después de que se prohibió utilizar el musgo, se usaba un papel verde corrugado, porque el pesebre tenía que ser de ese color. Por supuesto que Belén no estaba en la mitad de tierras desérticas, sino en medio de un jardín eterno.

La escena principal era la pesebrera donde nacía el Salvador. Allí estaban la Virgen, san José, la mula, la vaca, el buey, las gallinas y los otros invitados de piedra. La cuna, en el centro, esperando para acoger al recién nacido. Era todo un juego de ilusión, que representaba una bella historia, que se creaba a partir de un acontecimiento extraordinario: un ser que venía de otro mundo a salvarnos.

Del teatro español religioso representado en las cortes solo quedaron unos vestigios escénicos en las colonias del Nuevo Mundo. Cinco siglos después, la iconografía del nacimiento de Jesús está más emparentada con la idea romántica del paisaje decimonónico que con los retablos medievales, las pinturas de Mantegna de la adoración, o los bocetos de Leonardo de María mirando al Niño Jesús. Cada año, el Museo Metropolitano de Nueva York expone su pesebre napolitano de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Ante la ausencia del pesebre casero, llevo a mis hijos a verlo. Se trata de un árbol de Navidad de cinco metros de altura, adornado con ángeles napolitanos y figuras, alrededor, en terracota, yeso y porcelana, pintadas a mano y decoradas con impresionantes telas. Los crèches, escenas navideñas, representan diferentes lugares de la campiña italiana, escenas pastoriles y viajeros de tierras exóticas. Los reyes magos son muy elegantes y si vivieran ahora serían el blanco de Versace. Lo único que le falta a la casita del Niño Jesús es que, en vez de tener columnas romanas en ruinas como un símbolo del triunfo de la Cristiandad sobre los paganos, sean paneles solares y la paja hecha de materiales reciclables. A los encargados del museo les toma quince días preparar un andamio para ensamblar las piezas del pesebre. Cada detalle cuenta. Las piezas tienen un número y se organizan con el mayor cuidado y esmero, como si se tratara del escenario para una gran ópera. Miles de visitantes llegan de todo el mundo a visitarlo. Son testigos de una bella versión moderna del acontecimiento que cambió el curso de la historia del mundo occidental.

El pesebre napolitano del MET me recuerda uno de esos cuadros que siempre vi en muchas casas paisas: unas ninfas rubias, adornadas con flores, saliendo del agua y remando en unas barcas fantásticas, en un lago tranquilo. Pero extraño el pesebre rústico, barroco y absolutamente desproporcionado, con una iglesia de cartón.

Han pasado más de dos décadas en Nueva York y, aunque mi profesor de estudios medievales me hubiera dicho que Jesucristo nació en la primavera, me acostumbré al hecho de que él nació un 24 de diciembre, en un pesebre paisa, rodeado de animales domésticos y un gallo de pico rojo. Me lo gané en una rifa de una novena y siempre lo poníamos en el techo de la choza hecha con musgos y palos.

Alister Ramírez Márquez

Nació en Armenia, en 1965, y vive en Manhattan desde hace más de veinte años. Es autor, entre otros, de 'Los sueños de los hombres se los fuman las mujeres' y ' Mi vestido verde esmeralda'. Es profesor de literatura en Nueva York.

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