Heridas que no cicatrizan

Heridas que no cicatrizan

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12 de diciembre 2012 , 05:56 p. m.

Drama humano de dimensiones insospechadas habitado por sitios sórdidos y deprimidos en una ciudad nórdica cubierta por cielos grises, rastros de nieve y frío evidente. Copenhague, con las heridas de la infancia que aún no se han cerrado, hijos abandonados a su propia suerte, madre borracha o quizás prostituida y padres sustitutos de uno que otro drogadicto. El panorama no podría ser más desolador en la lucha bajo superficie de dos hermanos autodestructivos marcados por el abandono de la sociedad y azotados por una tragedia familiar del pasado. Su título (Submarino) sirve de metáfora y cae como anillo al dedo.

El hermano mayor es un expresidiario, fumador empedernido y distante, cuya insatisfecha novia no ha logrado compartir sus desdichas; el menor, con un pasado en común no menos desgraciado, adicto a la heroína y vendedor paranoico que presenta signos latentes de suicidio. Este último, padre soltero a su vez de una vulnerable criatura, refleja la rabia y el desconcierto del vecindario a la deriva en estado permanente de postración. Cuando el destino ha separado a dos personas que se quieren entrañablemente, la búsqueda se hace inevitable y el rencor afectivo persiste.

Prueba palpable de cómo abordar una situación real con signos inequívocos de dolor contenido y ambientación neoexpresionista. Esta crónica familiar, dirigida por Thomas Vinterberg -calificado autor danés del primer Dogma-, no es una cinta autobiográfica, sino la respetuosa adaptación de una novela igualmente danesa. Si hay películas cuya línea narrativa se rige por las miradas, esta vez son las manos del protagonista o hermano mayor su principal eje conductor. Manos infantiles que bautizan a un bebé; manos con tatuajes significativos; la izquierda que acaricia una mejilla y la derecha que no podrá reponerse de un golpe autopropinado.

El mérito del entonces joven Vinterberg, en Celebración -hace 15 años-, radicó en poder explorar los sentimientos ocultos; con el ojo escrutador de una cámara, que sobrepasaba la intimidad de ciertos comensales abochornados en un banquete familiar de perfiles decadentes. Como simples espectadores fuimos testigos privilegiados y valoramos el cómo desatar la perspectiva cínica e hiriente de los sirvientes. Años noventa que vieron nacer al perturbador neoexpresionismo urbano y al llamado Dogma 95, desde Copenhague, con su decálogo de postulados en defensa del más estricto realismo cinematográfico.

laurens@etb.net.co

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