Las divas del tango / Maruja llora en un tren

Las divas del tango / Maruja llora en un tren

Tras la muerte de su esposo, Maruja Ortiz se sumió en una tristeza muy profunda. Pero fue rescatada.

notitle
12 de diciembre 2012 , 01:14 a. m.

 "Gracias,
por la aurora que encendiste
por la fe que me enseñaste
por la vida que me diste
Gracias,
porque un día me salvaste"


Letra de 'Gracias', de Carlos Bahr
Orquesta de Carlos Di Sarli
(1946)

 

Al entrar al avión, aquel hombre quedó sorprendido por su forma de llorar. Ella ocupaba justamente la silla de al lado. Él pidió algo de licor, tal vez un whiskey. Al rato, se atrevió a preguntar.

- Señora, perdóneme la indiscreción, pero qué le pasa.

Ella lo volteó a mirar, todo vestido de negro y solo con un portafolio en la mano.

- Es que mi esposo murió.

Y en medio de su dolor alcanzaba a pensar: "¡ay, qué pena con este señor, le estoy amargando el viaje!"

- ¿Y el de la foto quién es?, continuó.

- Es él.

Pero en ese Él cabía un todo: un se me fue mi amor, mi pareja, mi amigo, mi cómplice. Un todo se acabó: el baile, la felicidad, la vida.

Entonces ella, un poco reprochándoselo, empezó a contarle que, después de 38 años de casados, esa era la primera vez que se separaban; que él nunca había dormido fuera de casa.

Le contó que se había ido a Estados Unidos porque querían probar suerte en ese país, y decidieron que era mejor que ella viajara primero. Justo esa mañana iba a tener una entrevista de trabajo, pero se había levantado con una horrible zozobra. Le había pedido tranquilidad a Dios, porque no sabía qué le pasaba, y debía estar tranquila para poder conseguir ese empleo. Pero cuando sus hijos la llamaron a darle la noticia, entonces entendió. Y antes de salir hacia el aeropuerto de Nueva York apenas había alcanzado a coger una foto de José Edem.

Aquel desconocido la consolaba, mientras ella, casi ahogada, le argumentaba que su esposo era una persona buena, sana, que nunca había presentado antecedentes de problemas del corazón. Que no entendía por qué los hombres buenos tienen que morir.

Empezó a hablarle de lo inmensamente feliz que él la había hecho. Le contó que se amaban, se respetaban, y que en las reuniones se la pasaban bailando -las mujeres se lo peleaban porque era un gran bailarín de música tropical-, mientras los demás asistentes los miraban con asombro, casi con envidia.

Habían trabajado la mayor parte de su vida en el Banco Central Hipotecario y gozado de la tranquilidad laboral de las pasadas décadas. Se conocieron precisamente en una fiesta de la entidad. Una amiga en común los presentó. Maruja tenía apenas 19 años y varios pretendientes, pero lo escogió a él porque era el que la quería primero que a todo.

- Sabía que los otros me podían dar de pronto más cosas, pero nunca me podrían amar como me amaba él, le narraba.

A medida que se extendía la conversación, se iba tranquilizando un poco. Le siguió contando que habían tenido cuatro hijos, y también tiempo para compartir en casa. Su hogar era el lugar de encuentro de los amigos y jamás hubo una pelea en la que se hirieran a muerte. Si uno de sus hijos tenía un partido de fútbol, entonces iban todos a verlo jugar. Si su hija, en cambio, tenía otras preferencias, entonces el basquetbol también era motivo de reunión. Y cuando la monotonía amenazaba con arruinarlo todo, ella algo se inventaba: alquilemos un carro y vámonos para la Costa.

Así, esa noche, le fue explicando por qué estaba tan adolorida. Después de aterrizar en Miami ya no había vuelos hacia Colombia. Maruja terminó durmiendo en un hotel, si es que a eso se le puede llamar dormir. En realidad se la pasó escribiéndole una carta a su esposo, que habría de leerle el día siguiente, en su entierro.

En los días que le sobrevinieron la tristeza no pasaba. Se sumió en un dolor del que no creía poder salir. No soportaba Bogotá, ni su casa, ni las casas ajenas donde también lo lloraban. Un día concluyó que si no hacía algo iba a terminar asfixiada, o loca. Optó por regresar a Nueva York. Se subía a los trenes y se iba hasta donde la ruta llegara, llorando. Podía llorar ahí porque nadie la veía. Duró así cuatro meses, de tren en tren, mitigando poco a poco esa pena.

Finalmente empezó a salir de ese mundo subterráneo, a pensar en su casa, en sus hijos; en cómo no debía ahogarse en la autocompasión porque por lo menos había conocido el amor. "¿Cuántas mujeres se casan, han tenido veinte mil hijos y resulta que ninguno fue hecho con amor? Tú no puedes decir eso. Él se fue y no me quedó debiendo, ni yo. Nos dimos por completo, todo lo que éramos. Todo".

Un buen día, de regreso en la ciudad, recibió una llamada de una amiga que la buscaba para darle el pésame. En medio de la conversación, le comentó el caso de una conocida en común que había superado la muerte de su esposo gracias al tango. "¿Tango?", dijo Maruja, "pero si a mí toda la vida me ha gustado el tango. Imposible que no lo vaya a poder bailar". Y recordó cuando en su niñez se sentaba junto a su abuelo a escuchar un programa de tango que daban por la radio los domingos en la tarde.

Nunca lo había intentado porque a su esposo no le gustaba ese género; pensaba que era de cafetín, de mala muerte. Alguna vez le había regalado un disco, de cumpleaños, pero ella sabía que no le agradaba, en absoluto.

Luego de algunas averiguaciones, empezó a ir asiduamente a las clases. Los pasos no eran sencillos, pero la música la animaba a perseverar. Después de aprender los movimientos básicos comenzó a ir a milongas, a ver a las demás parejas bailar; a descubrir que había un mundo que no le pertenecía sino a ella.

Desde entonces, el tango empezó a llenarla de una manera excepcional. Fue como un renacer, una segunda vida. En sus palabras: "otra oportunidad más que me dio Dios, porque tal vez no disfruté mucho mi juventud en los quehaceres del hogar, criando hijos, trabajando. Tal vez me debía ese pedacito la vida. Yo me bailo un tango y después yo como que no necesito nada más, solamente mi Dios. Es que no sé, el tango es como un darse, es un darse simplemente. Como olvidarse hasta de que yo misma existo y ser ese algo que se mueve ahí, que está latente para la otra persona".

Con el tiempo, Maruja fue adquiriendo cada vez más destreza, hasta convertirse en una de las bailarinas predilectas de la milonga. Allí es en la única parte en la que se siente totalmente identificada. No es ni la viuda, ni la madre, ni la abuela. Es Maruja Ortiz, "la mujer, con sus sentimientos, sus angustias, sus pesares, con sus alegrías: esta soy yo. Me siento feliz, realizada, me siento con ganas de vivir, con ganas de seguir bailando".

Entonces piensa que al fin y al cabo sí terminó siguiendo el consejo que le dio aquel hombre que se encontró en el avión. Él le dijo que el mayor homenaje que ella le podía hacer a su esposo era seguir siendo la mujer que él conoció, la mujer de la que él se había enamorado. Y muchas veces, cuando entregarse a los pesares y a las preguntas era más tentador que levantarse, Maruja se acordaba de aquella premisa y se decía: "yo no puedo dejarme hundir porque él jamás me conoció hundida ni derrotada. Yo tengo que seguir siendo la misma mujer que él conoció".

Por supuesto, eso no significa que no se le pase por la mente todos los días, o que no pueda recrear su muerte con los más ínfimos detalles. Y sí, eventualmente recuerda con gratitud a ese desconocido que le dio algo de paz cuando todo estaba tan distorsionado. Justo antes de que aterrizara el avión él le preguntó:

- ¿Cómo piensa hacer ahorita, porque ya no encuentra conexión ni nada?

- No sé. Tal vez me quede en el aeropuerto.

- No, usted no se puede quedar en el aeropuerto. Usted tiene que descansar; usted mañana tiene una gestión muy grande que cumplir. Tiene que ir a un hotel.

- No, yo no puedo ir a un hotel, repetía ella.

Al rato, mientras esperaba las maletas, vio que él le había conseguido un carro que la iba a llevar a un hotel. La habitación ya estaba lista y le iban a subir comida caliente. Al día siguiente, bien temprano, otro vehículo iba a ir a recogerla para llevarla de regreso al aeropuerto, donde habría de tomar un avión con destino a Bogotá.

- Señor, pero si yo no puedo aceptar esto.

Pero él insistió.

- ¿Sabe qué? Por lo menos dígame usted su número de teléfono, su nombre, algo para que yo pueda llamarlo para agradecerle, no sé, no sé.

- No, no tiene necesidad, porque usted sabe que yo no estoy acá por casualidad. Usted sabe quién me mandó.

* Mañana espere la tercera entrega de 'Las divas del tango'.

Lea la primera entrega: Tango, cuando el tiempo corre al revés.

EMMA JARAMILLO BERNAT

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.