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05 de diciembre 2012 , 03:41 p. m.

Estoy escribiendo un texto largo -todos lo son, aun los aforismos y los versos- sobre un tema del que he hablado aquí un par de veces, demasiadas: el Síndrome de Stendhal. Que es, como se sabe, la mejor enfermedad del mundo: una sobredosis de belleza que embota los sentidos, un trastorno y un delirio producidos por el arte y sus excesos. Con fiebre y todo.

Lo reveló al mundo en 1979 la doctora Graziella Magherini, de turno en las urgencias psiquiátricas del policlínico de Florencia. Durante años estuvo lidiando allí un cuadro recurrente en sus pacientes de ocasión, casi todos turistas: sudaban, decían tonterías, se desmayaban. Lo mismo que le pasó en 1817 al gran escritor francés Henry Beyle, Stendhal, en la Piazza della Santa Croce: un ataque de nervios después de contemplar tanta belleza.

Por eso la 'enfermedad' se llama así, como el libro en que la profesora Magherini relató la historia de sus pacientes: El Síndrome de Stendhal o el malestar del viajero ante el arte. Desde que yo supe que ese 'mal' existía, me volví uno de sus mayores defensores. Leo libros, le sigo el rastro. El texto que estoy escribiendo es el fruto de esa curiosidad que ha derivado a su vez en una nueva forma de locura, espero; no tendría presentación escribir ese ensayo, y ningún otro, en sano juicio.

Pero entonces di con una abundante literatura médica y especulativa (desde los excelentes artículos de Loren A. Rolak o de Javier Mariátegui hasta los de un ufólogo filipino más loco que una cabra, por no mencionar cientos de páginas en Internet), en la que he venido a enterarme de la existencia de muchos síndromes más con nombres literarios, algunos tan felices como el de Stendhal y otros terribles, verdaderas tragedias para quien los padece.

La lista incluye: el Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, un cuadro clínico descrito en 1952 por C.W. Lippman y que consiste en una distorsión patológica de la realidad y sus objetos, del tamaño del cuerpo, del paso del tiempo; el Síndrome del Gato Risón, para no salir de Lewis Caroll: un extraño desorden que hace imposible el diagnóstico de las enfermedades, pero también una insatisfacción crónica muy parecida al Síndrome de Madame Bovary: la infelicidad como forma de vida, la maldad y el derroche y la indefinición como placeres supremos.

Hay dos desórdenes sacados del gran, del brillante y maravilloso y único Oscar Wilde: el Síndrome de Lady Windermere, una molestia pulmonar (según entiendo) que aparece en las mujeres que no expectoran por vergüenza y altivez; y el Síndrome de Dorian Gray, la incapacidad para aceptar que envejecemos y nuestro cuerpo también. Casi como el Síndrome de Peter Pan: la incapacidad para aceptar que crecemos, que vivimos, que algún día hay que madurar.

El de Rapunzel, de quienes se comen el pelo; el de Münchausen, de quienes buscan llamar la atención contando historias y fingiéndose desdichados y enfermos y débiles; el de Huckleberry Finn, de quienes no aceptan la autoridad de los mayores ni de nadie; el de Lastenia de Ferjol, de quienes remplazan su casa por el hospital, y a veces con toda la razón.

Tengo un amigo que nunca le dice a una mujer que está vieja, jamás, solo "descontextualizada". Ni a una mujer ni a un hombre, pero sobre todo a una mujer. Se ha pasado la vida leyendo libros, quizás para eso sirven, para eso sirve la literatura. La mejor manera de nombrar las cosas.

También una viejita a la que conocí hace años, godísima y nonagenaria, me dijo un día, no tan lejano: "Magnífico el matrimonio entre los gays: a estas alturas son los únicos que se quieren casar; son el futuro de la institución". El escaso síndrome de Perogrullo, el de la sensatez.

catuloelperro@hotmail.com

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