Falleció el recordado compadre Felipe de 'Los Tolimenses'

Falleció el recordado compadre Felipe de 'Los Tolimenses'

A sus 84 años, murió en la tranquilidad de su hogar acompañado de su esposa y sus tres hijos.

08 de noviembre 2012 , 08:35 p.m.

Con la indumentaria de dos típicos compadres del Tolima, la compañía de una guitarra y un tiple, y el suficiente picante en la lengua para encontrarle el doble sentido a dichos y situaciones de la vida cotidiana, Los tolimenses se convirtieron en un ícono del humor nacional, que marcó a varias generaciones que no podrán olvidar a Felipe y Emeterio. (Vea a personajes cómicos recordados de la TV colombiana).

Este jueves, pasadas las ocho de la noche, a sus 84 años, se apagó la voz de Felipe, interpretado por Lizardo Díaz.

Sin embargo, ni siquiera los siete años de enfermedad lograron desvanecer su chispa y carisma, pues, según recuerda su hija, la actriz y bailarina Patricia Ércole, hasta los últimos días conservó su humor.

“Siempre estuvo totalmente vigente su gracia. Era impresionante. En una ocasión nos impactó a todos. Le estábamos poniendo -una de tantas veces- los santos óleos, porque estaba muy grave, con sus ojitos cerrados y toda la familia en oración, y de pronto abre los ojos y dice: ‘¿Y dónde está el muerto?’, como diciendo yo sigo vivo y estoy aquí. Entonces, todos nos mirábamos y no sabíamos si atacarnos de la risa o qué”, recuerda su hija.

Incluso, desde hace unos cinco años, cuando empezaron a dejarle enfermeras las 24 horas del día para que se hicieran cargo de atenderlo y hacerle todas las terapias que necesitaba, él hacía apuntes con ellas, porque siempre pidió que fueran bonitas. Entonces, los amigos lo molestaba y le decían: “No, Liz, tú vives rodeado de enfermeras bonitas, a lo que él respondía: ‘Como siempre’”.

Sin embargo, su hija asegura que no se trataba solamente de que hiciera bromas y de que con ellas fuera capaz de arrancarle siempre una carcajada a todos los que lo rodeaban, sino que tenía una cierta actitud frente a la vida que le hacía tener una sonrisa permanente, una forma de asumir la vida que le permitía amarla y aferrarse a ella. De hecho, su hija comenta que tal vez ese fue el motivo por que el que soportó siete años de enfermedad con una fortaleza tal que sorprendía no solo a su familia, sino también a los médicos.

“Nunca dijo que estaba mal, cuando la gente le preguntaba, respondía “muy bien”. Nunca dejó de sonreír. Esos ojos azules lo miraban a uno plenos. Nunca dijo estoy mal, nunca hubo una queja. Eso nos impacta y nos deja una lección muy grande: de un amor por la vida y por todos los seres que lo rodeamos”, dice su hija.

Entre las enseñanzas que ella rescata está la de haber sido una persona muy conciliadora; por ejemplo, recuerda que cuando estaban reunidos a la mesa y alguno hacía algún comentario acerca de alguien, él les decía: “Si no van a hablar bien, es mejor que no hablen”.

Además, Patricia recuerda que les enseñó a valorar mucho al público, a la gente que los admiraba y los seguía, pues solía decirles que gracias a ellos era que sus hijos habían podido estudiar y viajar.

La enfermedad

Las complicaciones de salud empezaron en 2005 cuando sufrió una hidrocefalia que fue tratada con la implantación de una válvula de Hakim, que desafortunadamente se infectó y requirió varias operaciones para sustituirla. A ello le siguió una neumonía que tuvo lugar justo cuando pasaba las navidades en Ecuador, donde vive uno de sus hijos. Todos los miembros de su familia se habían reunido allí para compartir con él tras los quebrantos de salud por los que acababa de pasar, pero pronto tuvieron que trasladarlo de regreso a Bogotá en un avión ambulancia.

Su hija cuenta que su estado fue crítico en muchas ocasiones y que tuvo recuperaciones milagrosas y aunque ella atribuye sus mejoras a la enorme fortaleza de su padre, también considera que el amor de sus allegados era lo que lo mantenía con vitalidad para seguir adelante. Así se mantuvo por varios años hasta que el 2010 fue necesario que le pusieran una gastrostomía; es decir, una sonda de alimentación directa al estómago, con la que, cuenta la actriz, empezó a deteriorarse más su organismo.

Y aunque esto implicó que él no podía alimentarse oralmente, su familia no lo privó de sus antojos, pues según cuenta su hija, él siempre fue muy dulcero, por lo que de vez en cuando le daban un poquito de helado y de alimentos blandos que él disfrutaba al máximo.

El fin

La muerte le llegó a Díaz, en su casa, rodeado de música clásica y colombiana, y por supuesto del amor de su familia, especialmente de su esposa y sus tres hijos. 

Los médicos habían decidido suspenderle todos los tratamientos y las máquinas el viernes 2 de noviembre. Desde entonces, solo le administraron morfina, porque ya no podía asimilar ni alimentos, ni medicinas.

Por eso, sus tres hijos, que vivían en Estados Unidos, Ecuador y Francia vinieron a acompañarlo. “Somos una familia muy grande, pero muy unida y estamos a la espera”, decía su hija Patricia el pasado martes y añadía que la idea era “que él no esté tan consciente y esté tranquilito” y añadía que en familia han hecho ceremonias muy sobrecogedoras de la mano de Monseñor Leonidas Ortiz, que los ha acompañado en todo el proceso.

“Le hemos agradecido toda la atención que nos dio como hijos, como esposo, le hemos pedido perdón, le hemos dicho que lo amamos y que lo dejamos ir para que ya esté al lado de Dios”.

Eso sí, la actriz no dejó de reconocer que se siente muy orgullosa y cree que la labor que hizo su padre fue muy grande, no solo por su familia, sino también por Colombia, con el enorme legado que dejó.

Durante esos días, la familia de Díaz no quiso emitir ningún comunicado oficial, porque intentaron proteger a Raquel Ércole, su esposa, quien tras 54 años de matrimonio, no se separó ni un segundo de Lizardo.

“Se conocieron cuando mi mamá tenía 16 años y mi papá era mucho mayor que ella. Fue en la primera Feria de Manizales. Mi mamá iba a bailar y mi papá dirigía un grupo musical de cuarenta voces y cuarenta guitarras; de ahí que lo llamaban Alí Babá y los 40 ladrones. Entonces, el director que iba a presidir la orquesta en la que bailaba mi mamá, no podía lograr los ritmos que querían para la compañía de baile; así que mi papá dijo: “Si quieren, yo lo hago con mis cuarenta voces y mis cuarenta guitarras. A raíz de eso él fue el que tocó y vio a mi mamá, de 16 años, y dijo: ‘esa niña va a ser mi mujer’. Y ahí empezó la historia, de un amor que se dio por el arte y que es una unión y una comunión de almas infinitas”, remata su hija.

REDACCIÓN CULTURA

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