El poder de las palabras y su impacto en el cerebro

El poder de las palabras y su impacto en el cerebro

Tanto las expresiones negativas como las positivas generan una reacción orgánica.

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03 de noviembre 2012 , 04:10 p.m.

José Saramago, el fallecido premio Nobel de literatura, dijo en un discurso en el 2004 que las palabras no son ni inocentes ni impunes. "Hay que decirlas y pensarlas en forma consciente", puntualizó.

Así como este escritor aplicaba esa interpretación a la literatura y a la vida cotidiana, varios científicos y publicaciones han abordado el punto: el poder de las palabras y su impacto en el cerebro y, además, en la salud y el bienestar.

El pasado 14 de junio, en Estados Unidos, Mark Waldman y Andrew Newberg, psiquiatras y profesores de las universidades de California y Thomas Jefferson, lanzaron el libro Las palabras pueden cambiar tu cerebro, una reflexión sobre las cargas de las palabras negativas y positivas.

Una reseña del diario La Tercera, de Chile, explica la propuesta: cuando se escucha la palabra 'no' al comienzo de un diálogo, el cerebro empieza a liberar cortisol, la hormona del estrés y la que nos pone en alerta. Y cuando escuchamos un 'sí', se activa una liberación de dopamina, la hormona de la recompensa y el bienestar.

Leonardo Palacios, neurólogo y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad del Rosario, asegura que toda expresión hablada, sea positiva o negativa, produce una descarga emocional desde el cerebro.

Una palabra negativa o insultante activa la amígdala, estructura del cerebro vinculada a las alertas, y genera una sensación de malestar, ansiedad o ira. Y es ahí cuando la persona -explica Palacios- tiene dos posibilidades: responder de una manera similar (incluso con una agresión física) o actuar con indiferencia, acudiendo a la razón.

Las palabras positivas o estimulantes son asimiladas por el hemisferio derecho del cerebro, que es el de las emociones. Por lo tanto, van a generar placer, sorpresa y alegría. Sin embargo, aclara Palacios, todo depende del tono, el volumen y el contexto. "Hasta la ofensa más horrible puede ser asimilada coloquialmente si se dice en tono suave".

Comunicarse mejor

Ariel Alarcón Prada, psicoanalista y director del programa para la reducción del estrés de la Clínica de Marly, afirma que, antes que analizar las palabras, hay que revisar los procesos mentales y emocionales que las producen, pues aquellas son una consecuencia final.

La persona siente una emoción, la procesa internamente y luego escoge una palabra para denominar una emoción, y la comunica.

Y ese proceso -afirma Alarcón- es inconsciente.

Por eso, según él, pretender cambiar el lenguaje, "como si fuéramos grabadoras o loras, no funciona".

Y agrega que lo realmente importante es analizar el estado emocional de las personas y el porqué de la amargura o agresividad que las lleva a usar malas palabras. Es decir, tienen que buscar una reparación emocional para que puedan comunicarse mejor.

Entrevista
'No hable de males'

El español Alejandro Cuéllar es una de las autoridades mundiales en programación neurolingüística (PNL). Plantea transformaciones en las personas a partir del uso del lenguaje y sus conexiones con el cerebro. Entrenador de personalidades de la política, el arte y el deporte, habló con EL TIEMPO sobre la influencia de las palabras en la salud. "Hay gente que dice: 'No quiero estar enfermo'. Y aunque entienda eso como algo positivo, es en verdad negativo", subraya y sugiere decir en esa situación: "Quiero mejorarme" o "Quiero estar sano". "Es muy común que las personas enfermas se digan a sí mismas que están enfermas", comenta Cuéllar y recomienda a los pacientes, al margen de sus tratamientos, no hablar con los demás sobre lo mal que se sienten. "Y si lo hacen, que digan, mejor, que están en recuperación", advierte.

Cambie su lenguaje

Comience por erradicar palabras negativas.

Elimine la autocrítica y la crítica a los demás.

No utilice malas palabras (groserías).

Adquiera el hábito de la gratitud.

Al levantarse, celebre un nuevo día, y al acostarse celebre que está sano.
Recomendaciones de Alejandro Cuéllar.

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