Providencia, el paraíso en 17 kilómetros cuadrados

Providencia, el paraíso en 17 kilómetros cuadrados

Es un lugar ideal para el reposo y se recorre en dos horas. Además, conozca más playas en Colombia.

notitle
27 de octubre 2012 , 07:20 p. m.

El cemento, el ruido y el afán de la ciudad se desvanecen en el aire. Son las 8 de la mañana y mientras el avión sobrevuela el Caribe, el calmo mar de Providencia aparece en el paisaje. La luz del sol pinta los siete colores del agua salada y, ahí, en pleno vuelo, me embarga la emoción de llegar al paraíso. Porque -ahora lo sé- eso es Providencia.

San Andrés quedó a 72 kilómetros de distancia. Luego de un vuelo que no duró más de 30 minutos, desembarcamos en el aeropuerto El Embrujo. Camino al hotel, el conductor del taxi pregunta: "¿English o español?" y en ambos idiomas suelta una premonición: "You're going to fall in love with Providencia" (se van a enamorar de Providencia).

Entrada la mañana, Carolina Huertas (la videógrafa) y yo nos instalamos en el hotel de lujo Deep Blue, un lugar que hace parte de la cadena de Hoteles con Encanto y que cuenta con apenas 13 habitaciones. El Deep Blue está rodeado por agua turquesa y la tranquilidad y el sonido del mar son sus banderas. Sus habitaciones, construidas en forma de cascada y separadas unas de otras, tienen un acogedor balcón desde donde se ve Cayo Cangrejo.

Las camas son, literalmente, de ensueño y las paredes blancas, así como el piso de piedra, producen una sensación de frescura durante todo el día. Como si fuera poco, la amabilidad del personal se funde con el abrazo del clima cálido que envuelve la isla.

Después de desempacar, instalarnos en nuestra habitación y conectarnos con el ambiente de calma que envuelve al sitio, nos preparamos para recorrer la isla en un carro de golf.

Herramientas para recorrer la isla: un mapa, sandalias o tenis, bloqueador y repelente. Primer destino: el puente de Los Enamorados -fabricado con madera y pintado de rojo, amarillo, azul y verde-, ubicado en el canal artificial, que fue construido hace unos cuatro siglos por los piratas. Quien se tome el tiempo para detenerse y mirar el mar durante algunos minutos, podrá ver un grupo de rayas, un par de estrellas de mar o cardúmenes de peces. Vida en cada centímetro cuadrado de agua y sal.

El puente une a la isla de Providencia con Santa Catalina, que apenas tiene un kilómetro cuadrado y cuya población no supera las 200 personas. Por su parte, Providencia tiene 7 kilómetros de longitud y 4 de ancho. Basta una hora para recorrerla en carrito, ¿pero quién tiene prisa? Mejor, dejar que la brisa marque el ritmo.

Son cerca de las 2 p.m. y en una oficina cercana al puente, tras un escritorio, está Lizbequi Fonseca, una guapa isleña de ojos verdes, morena y madre de cuatro niñas, quien trabaja en la organización de viajes para el Sensation, el catamarán que hace en 3 horas el tramo desde San Andrés hasta Providencia (y de allí a San Andrés). "El catamarán ha resuelto el viaje para muchos. Es cómodo, rápido y mucho más económico que viajar en avión desde San Andrés", explica ella.

'Liz' nos recibe como si fuésemos familia, nos enseña el barco y navegamos en él durante 20 minutos. Damos un vis tazo a la isla que nos falta descubrir: pasamos por la bahía de Manzanillo, las playas de Suroeste y Aguadulce.

A nuestro regreso, el reloj da las 4 de la tarde, hora de almorzar. Cangrejo o un pescado margarita 'pintan' bien, y en una casa colorida de puertas abiertas, ubicada en Santa Catalina, está el restaurante Eneida, que ofrece estos suculentos platos a precios muy cómodos (van desde $15.000 hasta $20.000). Me voy por el margarita y, mientras lo disfruto, veo un escenario de fondo compuesto por manglares y el mar. La tarde cae y llegamos a una de las playas más hermosas que he conocido: Manzanillo.

Los isleños la llaman Manchineel. El agua es como un cristal verde, líquido y salado, y la arena blanca y suave. Esta es una de las playas más grandes de la isla y de las más visitadas por los turistas. Una vez llegamos, Caro y yo nos metimos en el agua tibia, nadamos un rato y disfrutamos de un tremendo atardecer. Regresamos al hotel y dormimos para cargarnos de energía.

Regla de oro del buceo

Never never hold your breath (nunca, nunca deje de respirar).

Luego de desayunar unos deliciosos huevos benedictinos con jugo de tamarindo y panes recién horneados, preparados en el restaurante del hotel, vamos a la playa de Aguadulce. La tiempo desde el Deep Blue hasta allí es de 30 minutos, y el lugar en el que bucearemos es el Felipe's Diving, atendido por su propietario, Felipe Cabezas, de 1,90 metros, moreno, rastas rubias, que cambian en la raíz a negro, y una expresión amable.

Felipe indica que para bucear con éxito es necesario reservar mínimo con 5 días de antelación, pues deben tomarse clases teóricas y prácticas con instructores profesionales. Además de su escuela, en Providencia existen tres sitios certificados que ofrecen cursos para los turistas: Sirius Dive Center Shop, Sonny Diving Shop y Scuba Town, y más de 20 zonas para bucear, aunque depende de la formación del buzo ir a una u otra. Llega la hora. Después de minicurso acelerado, Caro y yo estamos preparadas para bajar 10 metros en mar abierto. Cumplimos con las medidas de seguridad establecidas, contamos con el equipo adecuado, sabemos las técnicas precisas para igualar la presión bajo el agua y las hemos practicado; solo nos queda el descenso. Nos dirigimos a Felipe's Place, a 12 minutos de la playa, donde haremos la inmersión. La lancha se detiene. Tenemos los equipos listos y nos lanzamos. Abajo existe otro mundo. Entre corales y peces, cada uno descubre un ambiente ingrávido. Bucear es aprender, desde el silencio, que la calma es la principal aliada para encontrar belleza en lo profundo del mar. Luego de 45 minutos, salimos a la superficie de nuevo y regresamos a la playa.

Para el almuerzo, llegamos al Suroeste, la playa más extensa de la isla que, además, se caracteriza por ser donde se realizan carreras de caballos. Esta playa tiene varios restaurantes, como El Divino Niño, donde decidimos probar suerte. Pedimos el plato mixto, que llega con una apetitosa langosta, pescado, carne de cangrejo, camarones al ajillo, arroz con coco y plátano. ¡Qué delicia! Comida de mar preparada con la mejor sazón caribe. Pasamos allí la tarde. Tomamos imágenes del lugar (que, entre otras cosas, está no cuenta con más turistas que nosotras) y fuimos a nadar. Nos encontramos con otro hermoso atardecer y regresamos a descansar.

Una excursión de reyes

Es otro día y nos preparamos para la excursión ofrecida por el Deep Blue. Se trata de una salida exclusiva para sus huéspedes. Quienes deseen tomarla deben pagar un monto extra
($800.000 por persona).

Dos guías locales nos esperan en la lancha, que tiene capacidad para unas ocho personas.
Nos explican que la excursión tiene tres partes: careteo y pesca en la mañana; preparación del almuerzo en una playita de Santa Catalina llamada Mona Bay y visita a Cayo Cangrejo para ver el mar en 360 grados.

Salimos a una zona apta para la pesca. Nos ponemos careta, aletas y nos lanzamos al mar para hacer snorkeling un rato. Vemos un arrecife, esponjas moradas, peces que van desde el morado con naranja hasta el negro con puntos rojos. Los guías bajan con arpones y, luego de varios intentos, pescan el almuerzo. Subimos a la lancha. Siento la brisa salada en la cara y algunos chorros me salpican.

Llegamos a una pequeña y desierta playa de la isla de Santa Catalina. Se trata de Mona Bay, ubicada a pocos metros de la Cabeza de Morgan y a solo un sendero de distancia de Fort
Bay, otra playa donde están los cañones que este pirata usó para defender sus tesoros.

Nos ofrecen un ceviche de pescado con mango, cebolla, cilantro y limón. Esta es una sencilla, pero deliciosa, receta del chef Walter Arango, jefe de cocina del restaurante del hotel donde nos alojamos. El plato fuerte es pargo asado con ensalada de pimentón y cebolla. Con el mar al frente y cobijado con la sombra de los árboles, el mundo parece perfecto.

Son las 4 de la tarde y tomamos rumbo a Cayo Cangrejo, una formación que hace parte del parque natural McBean Lagoon. La única forma de llegar, por supuesto, es en lancha. Es un sitio ideal para practicar el careteo y la pesca, y tiene una vista tremenda desde la punta.

Se ve el mar en todo su esplendor. A las 5:30 de la tarde regresamos al hotel. Ha sido un día alucinante y, ahora, después del sol recibido, vamos a descansar a nuestra habitación.

Vista de la isla

Providencia puede ser recorrida de dos maneras: en carro o en lancha. El último día de nuestra estadía decidimos visitar playas en carro. La primera es Almond Bay, una franja de arena de 150 metros de largo a la que se accede por un sendero construido recientemente.

Se necesitan solo 10 minutos para llegar al mar desde la avenida principal, y los visitantes encuentran un restaurante bar atendido por Delmar, un isleño que prepara cocteles y ofrece platos nativos.

Seguimos nuestro camino y, gracias a indicaciones de los isleños, llegamos a Kittiwaaf, una playa solitaria a la que se va solo en lancha.

Nosotras tuvimos la fortuna de verla porque atravesamos un sendero conocido por los providencianos, que desemboca en una piedra amarilla con vista a la playa.

Por último, a unos 10 minutos, está Pash Bay, una playa ubicada entre Suroeste y Aguadulce.

Es pequeña, tiene mucha sombra y una formación rocosa en donde abundan los caracoles. Los locales aseguran que está pensada para que las familias la visiten, pues cerca hay un parque público que tiene esculturas en piedra, llamado Lazy Hill, donde a los niños les cuentan historias de piratas.

Providencia es un paraíso. Al terminar el recorrido me siento renovada y vuelvo a mi rutina con la sensación de que en Colombia está el cielo.

¿Donde hospedarse?

En la isla hay 25 posadas y 14 hoteles.

- El hotel de lujo Deep Blue está a 5 minutos del aeropuerto. Precios, en temporada baja, desde $460.000 por habitación doble hasta $820.000 (en habitación con jacuzzi, con desayuno). En temporada alta, desde $552.000 hasta $984.000.

- Tiene un restaurante gourmet que se especializa en tapas. Informes: 321 458 2099; www.hoteldeepblue.com

- Una cadena hotelera muy extendida por la isla es Decameron, que está asociada con hospedajes como Posada del Mar, Miss Elma, Miss Mary, Cabañas Relax y El Recreo. Las reservas deben hacerse desde Bogotá.

- El precio de la habitación doble con baño y desayuno, en temporada alta, comienza en $110.000 y puede llegar hasta los $180.000. www.decameron.com.

Si usted va

- ¿Cómo llegar? Copa,Avianca y Aires ofrecen vuelos directos a la isla de San Andrés desde Bogotá, Cali, Cartagena, Medellín y Pereira. Para llegar a Providencia existe la opción de tomar un vuelo de Satena. Así mismo, puede elegirse el Sensation, un catamarán adecuado para 67 pasajeros, que recorre el mar desde San Andrés hasta Providencia en 3 horas (catamaranelsensation.com). Precios: adultos, $130.000 (un trayecto); $240.000 (ida y vuelta); niños, $180.000 (ida y vuelta); $95.000 (un trayecto).

- El viaje de ida y vuelta en avión entre San Andrés y Providencia cuesta alrededor de $ 377.000, con Satena. Y la aerolínea Searca opera vuelos que vienen incluidos en los paquetes turísticos que ofrece Decameron.

- La tarjeta de turismo para entrar a Providencia cuesta $41.000, que se pagan en el mostrador antes de volar a San Andrés.

Vamos a la playa

Aquí encontrará algunos de los mejores sitios del país, en el Caribe y el Pacífico, para recostarse sobre la arena, tomar el sol y desconectarse del mundo.

Necoclí, en Urabá

En el Urabá antioqueño, este destino ofrece playas diversas. Las primeras que se ven son las de Pescador, con gran afluencia de gente. A 20 kilómetros al sur están las de El Totumo, las rumberas. Al norte, en cerca de 15 minutos, las playas de San Sebastián, que son las más ecoturísticas. Y, a casi una hora, están las contiguas al cerro del Ángel y el manglar de la ensenada de Rionegro, al que se llega en lancha.

La mejor forma de llegar a Necoclí es volar al aeropuerto de Carepa y tomar un taxi expreso, en un viaje de dos horas por una carretera casi toda pavimentada. Allí hay gran oferta hotelera que, por noche, no sobrepasa los $60.000. Se estima que hay 22 sitios de hospedaje en la zona.

En cuanto al transporte dentro del municipio, se sugieren los mototaxis, un medio ágil y económico para moverse allí, que a la vez permite divisar los paisajes (los viajes a las playas de San Sebastián cuestan de $1.000 a $5.000).

Pilón de azúcar: arena dorada en La Guajira

La aventura de llegar al Cabo de la Vela, en La Guajira, ofrece una recompensa alta. El cansancio del recorrido de 3 horas, por caminos desérticos, desde Uribia, en camioneta, desaparece al ver el Caribe con una marea imperceptible, atardeceres en los que el sol se puede 'tocar con la mano', pescado y frutos de mar frescos, y playas tranquilas.

La arena de la playa del Pilón de Azúcar es color caramelo. El sitio está a 15 minutos, en moto o en carro, de la cabecera de El Cabo. El transporte ida y regreso cuesta $10.000. Recorrer a pie cada trayecto toma entre
40 minutos y una hora.

Es posible desconectarse del mundo, llevar carpa para dormir gratis en la playa, o en ranchos de madera y paja en los que el alquiler de una hamaca o un chinchorro oscila entre $10.000 y $15.000 por noche.

También hay cabañas con camas sencillas o dobles, baño con agua dulce y ventilador. En temporada baja el precio promedio por noche es de $25.000, y en alta de
$30.000.

Dormir en cuartos con aire acondicionado, que son escasos en la región, cuesta entre $100.000 y $120.000 por pareja.
Juanchaco y ladrilleros

Juanchaco y Ladrilleros

Juanchaco, Ladrilleros y La Barra (Valle). Después de una hora de dejar el muelle turístico de Buenaventura se llega a Juanchaco, donde un muelle rústico de cemento abre paso a 12 kilómetros de playa y parajes de película que completan Ladrilleros y La Barra, en este paraíso escondido en el litoral del Pacífico vallecaucano.

Las playas grises dejan ver algunos troncos y hojas arrastradas por la corriente del río San Juan y por cientos de quebradas que bajan de las montañas con aguas cristalinas. La misma marea se encarga de limpiarlo todo.

A mitad del camino hay tractores, acondicionados como transporte, o mototaxis listos para llevar a los viajeros que quieren disfrutar de la belleza y el placer que se siente al llegar a Ladrilleros.

Tras una hora de camino a pie, cuando la marea está baja, se llega por la orilla hasta La Barra, un pueblito de pescadores. Allí también se va en 20 minutos por una trocha que recorren desde Ladrilleros los mototaxistas. Quienes llegan a estas playas buscan comida tan auténtica como su gente, como sancocho de pescado y pargo rojo con patacones; camarones, langostinos y piangua. También, el 'arroz endiablado', una mezcla de arroz con leche de coco y trozos de camarones, langostinos, piangua, calamares y pulpo (de $18.000 a $22.000).

Playa Blanca, en Barú

Allí la arena es blanca y fina; el mar, verde y azul, y hay partes donde el agua es tan limpia y cristalina que quien se baña allí puede ver, sin sumergirse, peces nadando muy cerca de los pies.

Playa Blanca queda en la isla de Barú, a 20 minutos de Cartagena. Para llegar se puede tomar una lancha rápida ($52.000, ida y vuelta), con almuerzo incluido, desde alguna de las agencias que operan en el Muelle de La Bodeguita, junto al Centro Histórico.

Desde ahí los barcos llevan todos los días a decenas de turistas a las Islas del Rosariantes de ir a Playa Blanca. El recorrido, por persona, vale $35.000 e incluye el almuerzo. En Playa Blanca existe alojamiento. Por parejas, las tarifas van de $40.000 a $80.000.

Se trata de pequeñas cabañas de madera, cuyo piso es la arena del mar y en muchas de las cuales no hay electricidad. Quienes alquilan cabañas ofrecen hamacas por $10.000 y espacios para poner carpas, siempre y cuando los turistas compren en sus restaurantes.

Se pueden conseguir bandejas con mojarra desde $12.000 hasta un pargo por $25.000. Aquí se alquilan caretas para ver los corales. Por las noches la oferta la completan el cielo estrellado y los ritmos del reggae, la champeta y la salsa.

Rincón del Mar,en San Bernardo

Sobre la arena, los rastros de huellas son escasos. Tan solo el agua oscurece levemente su color claro. La tranquilidad que se respira aquí es el sueño de muchos turistas que buscan playa. Es Rincón del Mar, un corregimiento de San Onofre (Sucre), que muestra una pizca de la belleza que envuelve al golfo de Morrosquillo.

Aquí, el color blanco de la arena, las tonalidades variadas del mar Caribe, tener contacto con especies exóticas, disfrutar de buena comida y dejarse llevar por la amabilidad de la gente son argumentos de sobra para visitar estas islas una y otra vez.

Si va desde el interior, puede llegar a Cartagena o a Sincelejo vía aérea y luego tomar transporte terrestre.

El trayecto hasta San Onofre es de 2 horas, aproximadamente, y cuesta entre $25.000 y $35.000, según el vehículo. De allí, una moto lo lleva por una carretera en la que transitan vehículos livianos, aunque con un tramo destapado. El pasaje cuesta $6.000 y demora entre 15 y 20 minutos. El hospedaje, en hoteles o cabañas, se consigue entre $70.000 y $100.000 e incluye las tres comidas. La especialidad: pescados y frutos del mar.

Se ofrecen caminatas ecológicas. Caretear muy cerca de corales es otro privilegio en la zona, y cuesta $15.000 por persona. El plato fuerte es el paseo por el archipiélago de San Bernardo, que enamora por el color de sus aguas y la belleza de sus playas.

Capurganá y Sapzurro

La bahía de Sapzurro es uno de los sitios más impactantes del Caribe y, por supuesto, uno de los destinos turísticos más importantes en el Chocó. Allí se ven botecitos de colores que se reflejan en el mar tranquilo al atardecer, y desde la montaña, luego de trepar durante unos 20 minutos, se alcanza a observar la entrada del mar hasta convertirse casi en un lago sin olas.

Otro lugar que vale la pena visitar es la playa de El Aguacate, a 10 minutos al sur en lancha, desde Capurganá. Es evidente que este lugar, cuyo nombre obedece al color verde del agua que baña la playa, fue bautizado acertadamente. Los hostales cobran desde $15.000 por noche, por persona. El Hostal Capurganá tiene paquetes de tres noches desde $285.000.

El embrujo de Playa del Muerto

Santa Marta. Playa del Muerto puede no ser un nombre atractivo para el turista desprevenido, pero quien visita esta playa del parque Tayrona sabe que ese nombre no debe asustar a nadie.

Al salir de Taganga, a bordo de una lancha de dos motores que surca el agua turquesa, la expectativa por descubrir uno de los mejores lugares del Tayrona aumenta. El viaje se demora alrededor de una hora, hasta que aparece, encajado en medio de los cerros, nuestro destino.

Este lugar se encuentra en la ensenada de Neguanje, que fue un asentamiento de pescadores taironas. Allí, los indígenas enterraban a sus muertos cerca del mar y cuando aumentaba el oleaje los restos óseos salían a la superficie.

Al desembarcar sorprende la transparencia del agua. Parece una piscina, pues casi no tiene olas, y en la arena dorada, a lo largo de sus 500 metros, los turistas se broncean, leen libros y no son acosados por vendedores ambulantes. El principal atractivo es el careteo, que se puede practicar en el sector de La Piscina, en el extremo izquierdo de la playa, donde hay arrecifes de coral que no se deben pisar para conservarlos. En esta playa solo está permitido quedarse hasta las 5:00 p.m.

Natalia Noguera
(Enviada especial de VIAJAR)
Corresponsales de la revista VIAJAR

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.