La historia de Dídimo Díaz y sus 150 máquinas de escribir

La historia de Dídimo Díaz y sus 150 máquinas de escribir

Este boyancense se ha dado a la tarea de rescatar piezas de más de 100 años. Sueña con un museo.

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11 de octubre 2012 , 09:08 p.m.

Dídimo Augurio Díaz, de 69 años, duerme en su habitación con 150 novias. Y no es que sea un 'viejo verde', simplemente, así llama a las máquinas de escribir que tiene arrumadas en su casa del barrio San Jorge, localidad de Rafael Uribe.

Ellas son sus doncellas de rodillo y tinta desde 1957, cuando empezó en el arte de la reparación de estos aparatos que acompañaron -durante décadas- a abogados, periodistas y poetas y que hoy están extintas de oficinas públicas, redacciones de tabloides y notarías de turno. Las de escribir murieron para siempre...

"Me enamoré de ellas cuando trabajaba como ayudante para la distribuidora Underwood. Allí aprendí todo el funcionamiento mecánico y los 'gallitos' que les salían por el exceso de trabajo", recuerda, mientras se monta en el escaparate de madera donde tiene consignadas piezas de colección como la 'tres patadas', una pieza marca Hammond, conocida bajo ese peculiar nombre por su sistema de teclados de tres hileras.

Como presagio del acta de defunción que firmaron las máquinas con la masificación del computador, Dídimo se adelantó al tiempo y a mediados de los 80 inició un periplo por varias regiones del país a la caza de las piezas que iban saliendo pensionadas.

En Duitama compró Olivetis; en Carmen de Bolívar, Remington y en Magangué, Continental. Su labor no es solo la de apiñarlas en un cuarto. Cada semana se ocupa de una de ellas hasta dejarla como nueva. Eso le sucedió a una Kolibrí que compró hace 12 años en el mercado de las pulgas de la carrera 7a. con calle 24. "En estos tiempos a nadie le interesa un equipo de estos", asegura Dídimo, quien tiene el don de dejar las máquinas como recién salidas del mostrador.

Con sus manos y un par de destornilladores sometió a la Kolibrí, de origen alemán y uno de los prototipos más pequeños del mercado, con tan solo siete centímetros de altura, a un proceso de rejuvenecimiento que permitió que la máquina volviera a manchar de tinta el papel como lo hacía en los 50, cuando era la estrella en las escuelas de mecanografía del centro.

La otra parte del tiempo, cuando no está desnudando máquinas y abriéndole las tripas, trabaja como reciclador en la bodega de un amigo. Allí pasa las horas separando toneladas de basura. Montañas de desperdicios donde, de vez en cuando, encuentra una nueva 'novia' echada en desgracia, que inmediatamente es llevada a la sala de cirugía de su casa y mantenida en cuidados intensivos. "A veces reciclo pedazos de cobre y metal que me sirven para fabricar los repuestos", cuenta.

Pese a que sus vecinos le dicen que "esos aparatos son basura", este guardián de las máquinas de escribir sigue empeñado en resucitarlas. Su próxima meta es constituir un museo donde pueda presentarnos a todas sus prometidas.

FABIÁN FORERO BARÓN
Redactor de EL TIEMPO

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