Razones para el optimismo

Razones para el optimismo

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03 de septiembre 2012 , 01:29 p. m.

El anuncio de una negociación hacia la paz con las Farc no pudo llegar en un momento más oportuno para el gobierno Santos. Cuando las críticas del expresidente Uribe comenzaban a producir zozobra en el palacio presidencial y, sobre todo, a hacer mella en la confianza de los inversionistas, la expectativa de paz se ha convertido en la llave que le ha permitido al Presidente retomar el control de la situación. Y entre más se conocen los avances en los "diálogos exploratorios", mayor es el optimismo de los colombianos.

Hay razones para ser optimistas. Quizá la principal es que, por los contenidos de la agenda, se aprecia que la voluntad de paz es real y recíproca entre las partes. Por un lado, las Farc han cedido en sus pretensiones negociadoras. Ya no están exigiendo la revisión de la estructura de poder político y económico del Estado, el cambio de las modalidades de explotación de los recursos naturales o la modificación de la deuda externa y los tratados internacionales, como lo hicieron en el pasado.

Ahora, sus preocupaciones están centradas en las oportunidades que les pueden ofrecer la política de desarrollo agropecuario y la participación en política, así como en las garantías que deben tener con respecto a la responsabilidad jurídica que les cabe por su participación en delitos de lesa humanidad o sus vínculos con el narcotráfico. Porque, seamos claros. No hay duda de que una de las preocupaciones que deben tener en ese lado de la mesa es saber cuál será la condición jurídica con que se les va a juzgar a los miembros de las Farc.

Por otra, el Gobierno está mejor preparado para una negociación. No solo porque en las materias claves para un proceso de esta naturaleza tiene un trayecto cierto por el que quiere transitar (como, por ejemplo, en los temas de víctimas y restitución de tierras). También porque cuenta con unas Fuerzas Armadas y de Policía lo suficientemente capaces como para enfrentar a la guerrilla, si el proceso llegase a fracasar. En las negociaciones con las Farc, la tradición había sido que, a falta de una idea clara de lo que había que negociar y de un ejército fuerte que lo respaldara, a los negociadores no les quedaba otro remedio que ser condescendientes con los guerrilleros. Si querían reformas, pues eso se les daba. Si exigían una asamblea constituyente, entonces se les convocaba.

Las condiciones hoy son distintas. El haber suscrito y ratificado el Tratado de Roma, que incorpora al país en el sistema de justicia penal internacional, se constituye en un factor que está por fuera del control de la mesa de negociación. Allí, a las partes, solo quedará cumplir con los estándares internacionales. Por ejemplo, los delitos de lesa humanidad no prescriben ni podrán quedar impunes, por más fórmulas jurídicas que inventen. Ni se podrá sacrificar la justicia por la búsqueda de la paz, ni tampoco los deseos de hacer justicia podrán ahogar la necesidad de la paz. Habrá que llegar al justo medio.

Hay que ser optimistas, pero también realistas. Y así como cada lado de la mesa deberá ser generoso, también tendrá que aceptar las responsabilidades que les caben por sus desafueros.

Finalmente, no hay que perder de vista que este tipo de procesos tiene enemigos que se harán sentir en la medida en que lo crean conveniente. Y ya lo han comenzado a hacer con los miembros de las Fuerzas Armadas, a quienes están llamando a "parar las acciones militares", con el argumento de que "el Gobierno entregará el país a los terroristas", o "el Estado abandonará a los soldados a su suerte y les dejará de pagar por cuenta de la deshonrosa negociación con el terrorismo". ¿

Si Santos no quiere fracasar en este intento de paz, tiene que estar muy alerta de aquellos que, bajo el ropaje patriótico, esconden su condición de empresarios y beneficiarios de la guerra.

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