Sin hacerse ilusiones

Sin hacerse ilusiones

02 de septiembre 2012 , 03:00 p. m.

Como ha sucedido siempre en los últimos 30 años, cuando se abre la posibilidad de una negociación de paz con los grupos armados ilegales, abundan las opiniones facilistas que sostienen que es mejor la paz que la guerra. Los pareceres frente a los que no cabe dictamen en contrario -del tipo de "es mejor estar sano que enfermo"- no son opiniones, son obviedades rayanas en la estupidez. Claro que es mejor la paz que la guerra, pero eso no quiere decir que, necesariamente, una mesa de diálogo conduzca a la paz.

En esos mismos 30 años, las mesas de conversaciones en la Uribe, Caracas, Tlaxcala y el Caguán han producido más guerra que paz y, en la medida en que sirvieron para fortalecer a las Farc, trajeron como consecuencia más secuestros, más narcotráfico, más emboscadas y más masacres. Por esa razón, el mayor aporte que Gobierno y sociedad pueden hacerle a la negociación es mantener el escepticismo: si nos ilusionamos, las Farc sabrán aprovecharse de esas ilusiones y nos las harán pagar con sangre, como lo han hecho antes.

Lo anterior no quiere decir que Juan Manuel Santos se equivoque al abrir las puertas a una negociación con ese grupo guerrillero. Aunque Álvaro Uribe tuvo razón cuando aseguró una y otra vez que había conversaciones secretas en Cuba, quizás no la tenga al valorar en negativo esas aproximaciones. Las derrotas que Uribe como Presidente y Santos como su ministro de Defensa -aquellos tiempos en que eran aliados- les propinaron a las Farc, y que continuaron en la administración Santos con la caída de 'Jojoy' y de 'Alfonso Cano', han generado circunstancias diferentes a las que primaban cuando Belisario Betancur inició los diálogos, cuando César Gaviria los promovió en el 91 y el 92, o cuando Andrés Pastrana despejó, con ese mismo propósito, el Caguán.

En esas oportunidades, la guerrilla que llegaba a la mesa estaba en franco ascenso, casi triunfante. Hoy, la cuestión es bien distinta, gracias a Uribe y a Santos. Por eso resulta enteramente válido que este último haga el intento de terminar la guerra con las Farc por la vía de una negociación. Eso sí, el Gobierno debe llegar a la mesa cargado de prevenciones. Suficiente hemos aprendido los colombianos de las experiencias pasadas, de los engaños de estos criminales -por mucho que se sienten a la mesa, no hay que olvidar que lo son-, de su cinismo y de sus dobles juegos.

Santos debe saber que aunque las Farc lleguen esta vez debilitadas a la mesa, defenderán la fórmula a la que aún no renuncian -la combinación de las formas de lucha-, que incluye marchas patrióticas y demás, y que ya en el pasado puso a sus voceros políticos -entonces en la UP- en la mira de la guerra sucia. En segundo lugar, el Gobierno debe ser consciente de que los líderes con quienes se sentará a negociar -Rodrigo Granda, 'Catatumbo' y quizás más adelante 'Iván Márquez' y 'Timochenko'- viven en medio de lujos en Caracas y hace rato que no tienen contacto con una tropa guerrillera que quién sabe si hoy les haga caso y los acompañe en una eventual desmovilización.

Pero el mayor riesgo que enfrenta Santos es otro: las Farc van a querer prolongar los diálogos hasta la campaña electoral del 2014, porque de ese modo podrán influir en ella, como ya lo hicieron en las presidenciales de 1998 y el 2002, convencidas ahora de que un Presidente en trance de reelección estará dispuesto a ceder muchísimo con tal de mostrar un acuerdo de paz en plena campaña. Para vacunarse contra eso, Santos debería poner una fecha límite a las negociaciones -varios meses anterior a las votaciones- o estar dispuesto a congelarlas si no avanzan lo suficiente y llega la hora de la campaña. De lo contrario, les estará sirviendo en bandeja a 'Timochenko' y sus secuaces la definición de su reelección.

Mauricio Vargas
mvargaslina@hotmail.com

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