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En el Amazonas el acceso a la salud se mide en kilómetros

En el Amazonas el acceso a la salud se mide en kilómetros

Es difícil ir al médico por el aislamiento y la carencia de especialistas y recursos.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
31 de agosto 2012 , 11:15 p. m.

Leticia - Puerto Nariño. Tras la madera desnuda de las paredes y recostada en una hamaca, Adelina Noriega, de 66 años, espera a Diego Hernández, médico de la brigada Alas para la Gente. Por primera vez recibe a uno en su casa.

"Ayúdeme a levantar", le dice a su nieto de 7 años. Aprieta los ojos esperando el dolor y, apenas él la toca para sentarla, se queja.

De la hamaca emerge una figura pequeña, como una niña huesuda. Una melena gris enmarca las arrugas de su rostro y sus ojos indígenas, que se pierden en la ceguera, muy distintos a los del médico, en los que aún se adivinan rasgos de la niñez: entró a la universidad a los 14 y desafió los prejuicios de los directivos, que creían que no se graduaría a tan corta edad.

Ya eran las tres de la tarde. El médico se rehusó a almorzar antes de ir al barrio 13 de Mayo, a visitar a Adelina, la última enferma para atender en el último día de los tres que duró la brigada. A esa hora no cantan las aves. Huyen del calor, se van a los árboles más lejanos, porque la expansión de la tala sigue lenta, pero constante.

El galeno caminó bajo el sol abrasador del verano amazónico hasta su destino, desde el centro de salud de Puerto Nariño. La diferencia entre estos y los enfermos de Miami, que trató en el hospital Jackson Memorial, durante su internado, se hizo más evidente.

La ayuda de Alas es una pepita de oro en los bolsillos vacíos de la salud en ese municipio y en Leticia, a donde la brigada llegó a cumplir su labor. En todo el departamento del Amazonas hay ocho centros de salud para nueve corregimientos y dos municipios, donde se esparcen por el territorio 21 comunidades indígenas. Los servicios más apropiados son el de Puerto Nariño -de primer nivel- y el de Leticia -de segundo-, pero ninguno tiene cuerpo de especialistas.

Al llegar los médicos a Leticia, dos días antes, había unas 60 personas agolpadas en las puertas del hospital San Rafael. "Llevamos esperando más de seis horas", exclamó una mujer con un niño en brazos. El vuelo que trajo a los médicos desde Bogotá se retrasó por fallas mecánicas.

Cuando Diego llegó a la casa de Adelina, vio sus diez dedos atrofiados e inútiles sobresalir de unas manos adoloridas y óseas. Parecen los pies de un anciano, nunca usados para caminar. No se atreve a tocarla, para evitar escuchar sus lamentos, pero tampoco quita los ojos de encima de sus extremidades. En el tenso silencio, la cálida brisa se cuela por la ventana, sin refrescar la casa. A pesar de su corta edad, la experiencia le dice que es un caso severo de artritis reumatoidea, tal vez el peor que ha visto.

Puerto Nariño, al occidente de Leticia, es un municipio de 8.000 habitantes, el segundo más grande del Amazonas colombiano, y vive principalmente del turismo. A él solo se llega en lancha, navegando contra la corriente del río que le da nombre al departamento. Los extranjeros lo alaban porque es totalmente peatonal, no hay motos ni vehículos. Los dos únicos carros en el pueblo son el de la recolección de la basura y una camioneta del hospital.

Para Adelina, las distancias se miden en grados de dolor y, aunque pudiera caminar, no encontraría un solo especialista o internista para tratar su enfermedad. Ahí solo hay atención de primer nivel, apenas suficiente para atender diarreas y enfermedades respiratorias, dolencias comunes por la mala calidad del agua y la humedad.

Quienes viven en corregimientos alejados y tienen la ocurrencia de enfermarse miden esa distancia en peligros y gasolina. Desde Mirití -en el norte del departamento-, por ejemplo, debe hacerse un peligroso viaje de 12 horas en lancha, conocido como 'el paseo de la muerte', hasta La Pedrera, para buscar un vuelo hasta Leticia. Eso cuesta unos 700.000 pesos para pagar la gasolina. Si un paciente requiriera un avión medicalizado, le costaría de 25 a 30 millones.

Otros hacen la travesía a pie, en medio de la selva. Mónica Díaz caminó ocho horas con sus dos hijas (una de ellas aún de brazos), para llegar desde Calderón, caserío donde vive, hasta Leticia, tras haber escuchado que venían los médicos de Alas. "En la trocha puede haber tigres, pero los que hemos encontrado nunca nos han hecho nada", dice, con calma, mientras acaricia a María Isabel, la niña mayor, en la sala de espera atestada de personas sudorosas
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Junto a Mónica está Flor Milena Segundo, indígena huitoto que tiene un tumor en el seno derecho y que espera tratamiento desde hace 3 años. En la habitación contigua yace Raimundo dos Santos, de Tabatinga (Brasil) que padece cirrosis crónica por beber cachaza y, en la sala de cuidados neonatales está Dania Paredes, una bebita de 2 meses con síndrome de Down y una afección cardiaca que no la deja ganar peso.

En tres días, los 38 voluntarios atendieron a 327 niños y niñas de pediatría y a 647 pacientes odontológicos. En total, entre estas y otras especialidades, el cuerpo de 38 médicos atendió 2.068 casos.

Incluso hubo 40 perros y gatos que, de no ser por las cirugías gratuitas, jamás hubieran sido esterilizados.

A 87 kilómetros de distancia, Adelina habla de su única descendiente. "Mi hija está muerta", explica. Así lo cree desde que esta cayó en manos del narcotráfico.

El papá de su tímido nieto, que no se atrevió a dar su nombre, jamás visita a su suegra y tampoco le envía dinero para comprar medicinas que le ayuden a calmar los dolores que la azotan día y noche. El nieto lava los platos, trae agua fresca, organiza la cama de su abuela y le da de comer. A sus 7 años, es padre, hermano, hombre, mano y bastón de la anciana. Silencioso, la escucha describir los medicamentos que ha usado en otras ocasiones. Cuando ella termina, él emprende el camino para buscar las dosis de medicamentos.

"Me da rabia. Hicimos un juramento. ¿Cómo es posible que esta mujer se encuentre así?", se dice el médico en voz alta mientras la tristeza se le escapa por los ojos.

De regreso, en casa de la mujer de blancos cabellos, Diego encuentra a un hombre tikuna, como Adelina, que viste una camiseta de la Selección Colombia.
-Disculpe que le diga, doctor, pero usted no la ha examinado, no sabe qué tiene. ¿Por qué le da medicinas si no la conoce? -reclama.

-Le formulé lo que otros médicos le han dado. Consulté con los que me acompañan en la brigada. La señora conoce estas medicinas. ¿Quién es usted? -lo interroga.
-Un vecino. Lo felicito por llegar hasta aquí, es la primera vez que alguien de una de esas dichosas brigadas entra a esta casa.

Al joven doctor solo le resta tragarse sus lágrimas y confiar en que el Gobierno solucione los problemas que enferman a la gente: la falta de una red de alcantarillado, de un sistema de salud para zonas apartadas y de vías de acceso y medios para transportar a los pacientes.

Un esfuerzo institucional

La brigada de EL TIEMPO Casa Editorial y Alas para la Gente cuenta con el apoyo de la Fuerza Aérea, el Ejército y la Policía; Isagén y el Ministerio de Protección. Desde el 2007, se han hecho 39 brigadas y 49.212 personas de diferentes rincones del país han sido beneficiadas.

Texto y fotos:
NATALIA GÓMEZ CARVAJAL
Enviada especial de EL TIEMPO

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