Mateo López

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31 de agosto 2012 , 06:50 p. m.

Es un fenómeno. Hoy en día, ningún artista joven -o viejo, para ser honestos- genera tanto magnetismo ni tanta empatía con su obra; Mateo López tiene 34 años y es algo más que el artista de moda; los curadores internacionales lo veneran y lo aplauden. Es un invitado frecuente a bienales y exposiciones internacionales. Y su lugar en el mercado sube y sube. Sus primeros coleccionistas exhiben sus obras con el orgullo de un cazador de tesoros: "Esta obra -dicen con pose de ganadores- la compré cuando estaba empezando". Y eso, en pocas palabras, significa: "La compré por muy poco dinero". En este momento, cada pieza suya ha alcanzado precios que hacen pestañear varias veces. "¿Cuánto vale ese fósforo? ¡Cuánto! ¡No puede ser!". Pero tras la sorpresa, una cifra aparentemente descomunal por un fósforo quemado, no es raro que el fósforo y el resto de obras se vendan con la misma velocidad.

¿Cuál es el secreto? López ataca al espectador con la sencillez: su obra es lo que es. No hay que devanarse los sesos para entenderla. Es un artista figurativo en el sentido clásico de la palabra. Mateo combinó el dibujo con la escultura y el resultado son obras como la réplica de un sacapuntas, en tamaño real, con las virutas hechas de papel y perfectamente dibujadas; su repertorio va desde una navaja, un despertador, una sala llena de archivadores hechos de cartón y pintados con el verde burocrático de los hospitales, hasta una puerta con el pomo hecho de cartón -pintado primorosamente con el color de la madera-. Parece fácil. Y también parece fácil repetirse.

Su exposición en la Galería Casas-Riegner es una especie de viaje a su intimidad; además de sus asombrosas piezas "clásicas", por las que todo el mundo está dispuesto a matar, hay una serie de obras que muestran la dificultad de su oficio y la seriedad con la que lo asume; la exposición parece enviarle un mensaje a todos: "no es tan fácil". En una sala oscura -que tiene un ruido de fondo en el que se oyen los trazos furiosos de un lápiz- hay un colchón en el piso rodeado de bolas de papel; más adelante, hay una silla de madera con el espaldar inclinado hacia delante: la postura de un dibujante que sufre y pelea a diario con una mesa al frente. Mateo es un mártir de su obra. Y eso -para todos- es un alivio. No hay nada más aburrido que un artista burgués.

Puntilla: vale la pena ir a la galería La Central para ver, en especial, una obra de Ivette Salom: una caja de madera -pegada a la pared-, con un hueco para fisgonear; es imposible no quedar perturbado después de ver lo que hay adentro.

@LaFeriaDelArte

 

Vea la galería de la exposición

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