Un viaje de película

Un viaje de película

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30 de agosto 2012 , 06:08 p. m.

Cuando Giulio Questi, director de La muerte ha puesto un huevo (1968), primer thriller que trataba de la manipulación criminal de los alimentos -interpretado por Gina Lollobrigida y Jean-Louis Trintignant-, volvió a Colombia para visitar a Mariluz Carteny, su esposa, tenía en su maletín y en su cabeza un sueño, una historia sobre los indios koguis de la Sierra Nevada. Mariluz, famosa vestuarista (Salvatore Giuliano... El día de la lechuza... Quemada), era otra de los reduces de Quemada que se quedó en Colombia porque ya se sabe "el único riesgo es que te quieras quedar". Ella le había contado a Giulio de estos pueblos indígenas.

Así, Giulio, con su guion en la mochila, nos embarcó en una expedición por las cuchillas de las montañas de la sierra para llegar al pueblo kogui de San Antonio. Mi mejor amigo, Fernando Umaña Pavolini, se autonombró jefe de la expedición. Con él, un guía hippie Gabriel, dos mulas cerreras, dos arrieros kankuamos, Mariluz, Giulio y yo comenzamos un viaje que quedaría para siempre en nuestra memoria.

Lo primero que nos impactó fue la diferencia en el caudal de las quebradas. En territorio blanco, el chorrito era mínimo; en tierra indígena, el caudal causaba un ruido estruendoso. Nos explicó el indio Bernardino que por religión ellos no cortan ni una ramita de la ribera de la quebrada y así conservan la tierra y previenen la erosión.

Un encuentro mágico lo tuvimos en una cuchilla empinada donde permanecía un viejo mamo en una covacha, sin comodidad. Yo lo invité a unirse al grupo para llegar al pueblo donde habría carne y "chirrinche" a voluntad. Pero ese santo hombre me contestó que no podía moverse, pues él era el mamo del viento y este era su puesto, a mucho honor.

A nuestra llegada a San Antonio, a Giulio y a mí los mamos nos hicieron el homenaje de recibirnos en la kansamaria, que es el tambo ceremonial donde los hombres mambean y cuentan historias. A Marilú y a Umaña los relegaron en un tambito donde estaban las mujeres tejiendo. Fueron tales la protesta y la gritería que armó Fernando, que el mamo envió a la guardia indígena. Si no hubiéramos intercedido Giulio y yo, Fernando iba derecho al calabozo.

Cuando volvió la calma, en el entorno mágico de la kansamaria, acompañados de una flauta de millo, los mamos recitaron en canon su cosmogonía.

Primero estaba el mar... el mar era la madre. La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era el espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria. Una aleccionadora experiencia.

basilesalvo@yahoo.com

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