Rafael Campos Anaya/Opinión

Rafael Campos Anaya/Opinión

30 de agosto 2012 , 05:39 p. m.

Ojos, manos, rostros que se hunden en infinitos laberintos donde impera el ocre y la penumbra. Donde el dolor y la angustia y la desesperanza y la rabia salen de sus cuadros a impregnar el alma de los espectadores.

Desde ese mundo, desde ese sueño atormentado, el pintor Rafael Campos Anaya dejó una huella indeleble trazada en sus lienzos, antes de partir de este mundo, a sus escasos 27 años.

Campos Anaya nació en Málaga, Santander, en 1958, y encontró la muerte el 11 de agosto de 1985 en Villavicencio, ciudad donde creó una de las mejores obras plásticas que se hayan hecho en la región.

Fue autor de los primeros murales artísticos de la ciudad y cofundador de la primera Escuela de Bellas Artes del departamento.

Pero lo más importante fue su esencia humana, su profunda sensibilidad, que plasmó, una y otra vez en su obra.

Como los auténticos grandes, fue un incomprendido de su época y de una sociedad que sigue siendo pacata; que lo censuró por sus confesos placeres, mientras le recibía -eso sí- sus donaciones artísticas para las campañas de los clubes sociales.

Desde el jueves, en la Casa de la Cultura de Villavicencio se expone -como un homenaje- parte del más importante legado: su obra.

Jaime Fernández Molano
Escritor y periodista
entreletras2@yahoo.com

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