La juventud campesina no ve en la siembra un futuro rentable

La juventud campesina no ve en la siembra un futuro rentable

La mano de obra que cosecha la tierra está envejeciendo dejando un futuro incierto para este oficio.

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29 de agosto 2012 , 10:24 p. m.

La famosa "locomotora agropecuaria" del presidente Juan Manuel Santos tiene destino incierto en Boyacá. Todo porque la mano de obra campesina del departamento envejece sin remedio y las nuevas generaciones no quieren tomar su lugar cultivando la tierra y criando animales, porque no ven en ello un futuro rentable.

Hoy en día la producción agropecuaria de Boyacá se sostiene gracias a las viejas manos de campesinos que a pesar de la pobreza y el atraso en el que viven, no quieren abandonar la tierra a la que le deben todo.

Ninguno de los siete hijos de María del Carmen Girón, de 60 años, se quedó a trabajar, en la misma finca donde crecieron a las afueras de Chivatá, cultivando papa, trigo, cebada, maíz y habas en apenas una hectárea de terreno.

"Todos viven afuera. Unos se casaron y se fueron para Tunja y otros tienen negocitos en Bogotá. Solo el menor, que es transportador, viene de vez y cuando y nos ayuda", cuenta María del Carmen, que vive hace 40 años con su esposo José Manuel García, de 62, quien recientemente sufrió de apendicitis y se fracturó un pie trabajando en la parcela.

"Ahora es muy poco lo que se cultiva porque los bichos se comen todo, la papa se vende muy barata o se pica y el invierno acaba con el pasto para los animales. Todo es échele plata a la labranza y eso es como la lotería, por allá cada seis meses entra algo de platica y toca invertírsela de nuevo en la finca", dice Girón.

"Aquí el trabajo lo hacemos los dos. Los hijos solo vienen de paseo y los obreros están escasos, por ejemplo, todos nuestros vecinos ya se murieron y no hay quien trabaje. Es triste, pero sea como sea uno el campo no lo deja y les hemos dicho a ellos que aprecien esta finquita y no la vayan a vender. Que se vengan para acá en vez de irse a la ciudad a sufrir", expresa María del Carmen.

Para Julio Ángel Burgos, de 66 años también sería muy bonito que aunque sea algunos de sus siete hijos se hubiera quedado trabajando su finca en Saboyá.

"Qué grande hubiera sido que al menos uno hubiese estudiado algo como veterinaria o agronomía y pusieran a producir esto en forma. Pero eso no se hace con 'tripas de cucaracha', hace falta meterle buen dinero", comenta el campesino.

"Da nostalgia y melancolía que ningún chino de estos quiera quedarse aquí. Si no fuera por uno que se aferra, el campo estaría solo. ¿Yo no sé qué va a pasar cuando ya no pueda trabajar, qué va a ser de uno?", concluye Julio.

Así como ellos, cientos de otros campesinos boyacenses solo pueden quedarse mirando el paso del tiempo y como sus hijos abandonan el campo que los forjó y le dio de comer por tantos años.

Para la juventud el campo no es muy rentable 

Para la mayoría de los muchachos criados entre sembrados, animales y azadones el campo es bonito, pero no tiene futuro.

Andrei Burgos es el menor de siete hermanos que crecieron en una finca de tres fanegadas en la vereda Resguardo de Saboyá, la cual en sus buenos tiempos producía mora, papa y maíz por montones, pero que hoy apenas alcanza para el consumo de los cuatro miembros de su familia que aún viven allí luego de que cinco de sus hermanos se fueran a buscarse la vida lejos de la labranza.

"Quizás toque trabajar un rato en la finca con mis papas, pero después voy a mirar qué se puede hacer", dice con algo de desilusión, pues sabe que en su hogar no hay los recursos para mandarlo a estudiar a una universidad privada de Tunja como él quiere.

"Esta finca pudiera producir mucho, pero para eso hace falta plata, y yo no la tengo", explica.

Aquellos que tienen más recursos tampoco les enamora la idea de quedarse.

"En el campo no se pueden hacer muchas cosas, pero en la ciudad si. Yo quiero estudiar ingeniería ambiental o civil", cuenta Linda Burgos, de 15 años, quien pronto se graduará de bachiller en la Normal de Saboyá y es hija de dos productores con una de las fincas más grandes del municipio que vende mora, arbeja, maíz y leche.

"Es que el campo es bonito, pero no es rentable", expresa Flor Marina Téllez, que a sus 26 años y con cuatro hijos ya probó lo que es vivir en Bogotá.

"Aquí en Saboyá no he hecho nada sino andar con las vacas. Quiero salir adelante y sé que en la ciudad es más lo que se gasta que lo que se hace, pero con alguna profesión se puede vivir", apunta Téllez.

Carlos Manuel Araque
manara@eltiempo.com

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