Editorial: Un acto de justicia

Editorial: Un acto de justicia

28 de agosto 2012 , 08:10 p. m.

"Que se pudra en la cárcel", fueron las palabras salidas desde la indignación y el profundo dolor del padre de los tres niños víctimas del teniente del Ejército Raúl Muñoz, en una vereda de Tame (Arauca) en octubre del 2010. Como así fue, que así sea.

Porque, según las pruebas y testimonios que lo incriminan, los actos cometidos por Muñoz son de una persona carente de toda humanidad, más bien cegada por unos insospechados instintos criminales. Muñoz fue hallado culpable este lunes por la juez 27 penal y podría pagar entre 40 y 60 años de prisión.

Se trata de un caso brutal que estremeció al país. Todo apunta a que el teniente, quien había violado a una niña de 12 años en aquella zona, pocos días después repitió su delito contra otra menor de 14 años. Pero esta vez asesinó a su víctima a golpes y machetazos junto a sus dos hermanos, de apenas 6 y 9 años.
Suena infame, horrendo. Digno de las peores páginas del crimen. Lo es. Por eso, la condena por delito agravado y acceso carnal abusivo en algo alivia la pena de ese padre, quien dijo que había perdido las ganas de vivir. Y de la sociedad conmovida y desconcertada por este acto de barbarie, pues ve a los uniformados como protectores, no como sus victimarios.

Luego de un accidentado proceso, que tuvo que ser trasladado a Bogotá, las pruebas incriminaron a Muñoz de ese acto miserable: los testimonios de la niña violada que salvó su vida y los de los mismos compañeros de armas del militar, además de las pruebas de ADN y las investigaciones de la Procuraduría.

Así que la pena deberá ser acorde con el delito. Que, además, mancha y avergüenza a una institución, en su inmensa mayoría compuesta por hombres de honor, sencillos y valerosos, que a diario ponen una alta cuota de sangre por defender las instituciones y a sus compatriotas.

Son estos aberrantes episodios hijos de una guerra absurda y cada vez más brutal. Un conflicto que mina los espíritus, donde los menores son las primeras víctimas fatales, ya sea de las balas, de los abusos, del secuestro, de las minas, del reclutamiento forzado. Todo ello se debe detener. Y cuando haya delitos y se descubra a los culpables, la justicia debe ser implacable, como lo ha demostrado en este caso.

editorial@eltiempo.com

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