Sin taxis no hay paraíso

Sin taxis no hay paraíso

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27 de agosto 2012 , 01:56 p. m.

A las 10 de la noche del pasado viernes, al menos 60 personas esperábamos un taxi en el Puente Aéreo. No había uno solo. De cuando en cuando entraba una racha de diez y se llevaba diez, mientras la fila de viajeros cansados crecía cada minuto. Quien haya decidido desmontar el sistema tan eficiente que existía cometió un error tremendo. Porque el sistema anterior era una de las pocas cosas que funcionaban a la perfección en el aeropuerto. Uno llegaba a una ventanilla, decía para dónde iba y le entregaban un recibo con el precio que debería pagar. Ni más ni menos. Claro que tenía un sobreprecio mínimo, pero ese sobreprecio subsidiaba el costo del regreso: que los taxis quisieran regresar al aeropuerto vacíos para recoger más pasajeros. Ahora no existe ese aliciente y los taxistas descargan su carrera en cualquier parte de Bogotá y se quedan trabajando por donde les toque. Pero no regresan. Y por eso ahora nunca hay taxis suficientes para llevar a los viajeros a sus casas, y uno puede esperar entre 30 minutos y una hora.

Es importante entender que la carrera de taxis del aeropuerto, aun con el sistema anterior, es el servicio más económico de toda Latinoamérica y del mundo, por supuesto. El servicio era impecable, nadie discutía por el precio y, por lo general, se entablaba una buena conversación. También era el más seguro. Una vez dejé un celular en el taxi y me lo entregaron en la oficina del Puente Aéreo. Así protegían a sus clientes y, al menos para mí, se hacían a una buena reputación.

Ignoro quién se quejó de abuso tarifario, pero esa queja mandó al traste un sistema supereficiente. Creo que la queja provino de un viajero que llegó un domingo después de las ocho de la noche. Lo normal es que cobren el recargo del aeropuerto, el recargo nocturno y el recargo dominical. Claro que se subía la tarifa, pero aun así era un servicio barato.

No entiendo por qué los taxistas de Bogotá son blanco de ataques permanentes, como si fuera una obligación ciudadana quejarse para mantener un imaginario mítico de mal servicio. Para mi gusto, no es así.

Los taxistas son una muestra emblemática de la ciudad. El gremio recibió a todo ese pocotón de empleados despedidos a finales de los años 90. La mayoría son profesionales. El gremio decidió congelar su tarifa de carrera mínima durante más de 10 años para no generar un impacto en la economía de crisis que existió durante esos 10 años, a pesar de la escandalosa subida del precio de la gasolina cada año. Y quien crea que cualquiera que no tenga nada que hacer compra un taxi está equivocado: los cupos están cerrados. Para matricular uno nuevo en la ciudad se debe chatarrizar uno viejo, es decir, el número de taxis legales siempre será el mismo; sin contar que un cupo de taxi más el taxi cuestan más de 100 millones de pesos para tenerlo. Cada taxista que hay en la ciudad trabaja un promedio de 16 horas diarias para que le sea rentable; pagan su seguridad social porque nadie se la paga; y si se enferman no ganan. En realidad, y viéndolo bien, están muy desprotegidos por el Estado, que, vale decir, no les ha regalado nada. Por el contrario, esta medida que se tomó con el Puente Aéreo les quitó mucho. Tanto como a mí mismo y a todos los viajeros que quedamos a merced de cualquiera.

Soy usuario de taxi desde hace muchos años y no tengo quejas. Para mi gusto, es un servicio público eficaz y económico. Si hubiera comprado un carro para transportarme durante los últimos 20 años habría pagado mucha más plata que transportándome, como lo he hecho, en taxi. Un carro es gasolina, impuestos, Soat, mecánico, parqueaderos, estrés de manejar; un taxi es un conductor para ti solo que te deja al frente de donde quieres.

Soy un usuario satisfecho. Al menos en el Puente Aéreo, sin taxis no hay paraíso.

cristianovalencia@gmail.com

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