El Patrón del mal: ¿Basurero de todos los crímenes?

El Patrón del mal: ¿Basurero de todos los crímenes?

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27 de agosto 2012 , 05:26 p. m.
En la serie de televisión titulada 'Pablo Escobar, el patrón del mal'  se cuentan historias de narcotráfico y de magnicidios en la narcoguerra contra la extradición. Hasta donde ha llegado la crónica, hemos visto el ascenso del narcotráfico, su infiltración o conexiones en muchas esferas de la política, las Fuerzas Armadas o la guerrilla y sobre todo los magnicidios. Pablo Escobar es presentado como un frío criminal, con discursos populistas y hasta izquierdistas y pretensiones de gran jefe. La pregunta que queda en el aire es si seguirá en ese tono de crónica siciliana  o incursionará en la compleja historia de violencias cruzadas que va más allá de la idea de un narcotráfico terrorista y corruptor por igual de todo lo que toca.
 
Ese esquema del narcotráfico contra el Estado, aliado de los terroristas, es una gran cortina que desfigura los acontecimientos históricos. El cartel de Medellín en la época de Escobar, el Clan Ochoa, Rodríguez Gacha y otros menores alcanzaron su poderío en los años ochenta, sobre todo gracias a la alianza con políticos y autoridades regionales y con mandos importantes de las fuerzas armadas. Sus centros de mando fueron las ciudades y desde allí garantizaban las rutas hacia Estados Unidos y las operaciones de lavado de activos en negocios legalizados desde poderes institucionales y redes empresariales. En la cadena de valor del narcotráfico, no dudaban en repartir cuotas que fueran necesarias para "coronar" cada etapa, incluyendo migajas a la guerrilla que primero les ofreció protección,  en zonas de cultivo y tránsito, y luego los convirtió en objeto de sus cuotas o extorsiones.
 
La declaratoria de guerra del 'Mariachi' y Jacobo Arenas marcó toda la década de los ochenta. El capítulo sobre la relación cartel de Medellín-Escobar-guerrilla no se puede confundir con los que pueden tratar los entronques entre narcotráfico y guerrilla que han transcurrido en otras alianzas, territorios y economías de guerra. Esa es harina de otro costal.
 
Después de la destrucción de los laboratorios de Tranquilandia, en 1984, en los llanos del Yarí, ese cartel trasladó sus laboratorios centrales al Magdalena Medio y allí selló la alianza con los paramilitares, políticos, ganaderos y batallones contrainsurgentes. Con esa experiencia y la del MAS que organizó el cartel de Medellín y comandó Fidel Castaño, se inauguró el modelo del narcoparamilitarismo y la múltiple alianza para la guerra por el control de territorios. Del Magdalena Medio y sus escuelas con asesores internacionales, el modelo pasó a Urabá y Córdoba y se expandió copando alcaldías, gobernaciones, rentas estatales y, por supuesto, haciendo la guerra al ritmo de los negocios y del acaparamiento de tierras y activos.  La principal violencia la desató en esas regiones  la alianza narco-políticos-militares-negociantes, para controlar territorios y poderes, asesinando en sucesivas masacres y homicidios selectivos a miles de líderes y supuestos subversivos. En las ciudades, desde el Magdalena Medio y también desde Medellín, pusieron en acción los sicarios para asesinar gente de la UP, intentando mantener los nexos con los militares y políticos que estaban en su nómina, y al mismo tiempo le declararon la guerra al Nuevo Liberalismo, que con Lara Bonilla desde el Gobierno y Luis Carlos Galán en el Congreso encabezaron la denuncia a la presencia del narcotráfico en la política.
 
La realidad es que la guerra del Estado contra el cartel de Medellín solo se desplegó al final del gobierno de Virgilio Barco. Desde 1979, cuando se aprobó la extradición, hasta 1993, cuando cae Escobar, no hubo una línea unificada del Estado y, por el contrario, predominaron la vacilación, el desfase entre Gobierno y Fuerzas Armadas, la prioridad de la guerra antisubversiva sobre la ruptura de alianzas con las mafias. Solo la presión de la guerra mundial antidrogas, encabezada por Estados Unidos, con sus agencias en Colombia, llevó en 1989 a acciones más decididas contra los carteles, primero contra el de Medellín y después contra el de Cali. Esa presión fue decisiva en las rupturas y desencadenamiento de guerras internas.
 
No se le puede pedir a una telenovela, con estructura de documental, que haga historia. Pero sí advertir contra la tentación de convertir a Pablo Escobar en otro basurero de todas las atrocidades, pues se corre el peligro de lavarles la hoja de vida a muchos protagonistas del horror.

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