Respuesta de un infeliz a Vargas Llosa sobre la 'barbarie' taurina

Respuesta de un infeliz a Vargas Llosa sobre la 'barbarie' taurina

26 de agosto 2012 , 08:12 p. m.

Lo primero que tengo que reafirmar -con algo de miedo- es que aquí el infeliz de turno o temerario enajenado soy yo. ¿Por qué? Cuando uno escribe -sea para alguien o por algo- debe tener un abanico imaginario bien abierto de los hipotéticos efectos que se puedan generar por las opiniones manifestadas; es decir, estas líneas, en el mejor de los casos, simplemente serán leídas por asiduos lectores como una columna más y al día siguiente, como la canción, será "un periódico de ayer".

En el segundo caso se instaura todo mi temor: mi respuesta puede ser leída por usted, sus demonios son desencadenados y por aquellas cosas del 'azar' y de haber tentado el destino; un día después, yo me encuentro nuevamente sin casa editorial y con todas las puertas cerradas; no obstante, tengo que ser consecuente con todo aquello que pienso y comulgo, de lo contrario, ¡no vale la pena robarle tiempo a la vida escribiendo falsedades para el bienestar personal!

Quiero manifestarle que admiro profundamente la diversidad de toda su obra. Sus gustos taurinos no se convierten -para mí- en un argumento de juicio personal, ni desvirtuarán la satisfacción vivida con sus libros; sin embargo, no comparto, ¡en lo absoluto!, una banderilla ensartada sobre el lomo de un toro para el placer de unos cuantos. Tampoco estoy de acuerdo -en algunos puntos- con su última columna en el diario 'El País', "La 'barbarie' taurina".*
A pesar de las diferencias de fondo, maestro, lo invito para que al final intentemos buscar un equilibrio sin ciegas pasiones ni odios viscerales en el cual las corridas evolucionen y perduren, mas se erradique categóricamente todo lo que represente el sufrimiento y muerte del semental en la arena. 

En su columna usted escribió: "Francisco Rivera Ordóñez, 'Paquirri', al igual que su hermano Cayetano, ha heredado de su abuelo, el gran Antonio Ordóñez, la elegancia y una valentía tranquila y natural de enfrentarse al peligro, de encerrarse con el toro en un diálogo secreto del que resultan figuras en las que se mezclan la gracia, la destreza, la inteligencia y por supuesto el coraje". Pues bien, para mí la metáfora de dicha antesala tiene otra significación: "la elegancia", cuando se trata de sangre, brilla por su ausencia; "la valentía" no es más que la ventaja que tiene el verdugo ante su víctima, un toro aturdido y encerrado en su mutismo irracional. El "diálogo" existe entre la egolatría del torero y su enardecido público. El animal es una simple "herramienta" funcional cuyo instinto de supervivencia utiliza el torero para ejecutar sus "figuras". "El coraje", yo también lo reconocería si el torero es capaz de cansar al toro sin pica ni banderillas.

En otro párrafo usted hace la siguiente afirmación: "He asistido a muchas corridas en mi vida y no recuerdo una sola en la que haya visto a las tribunas regocijarse cuando un toro derriba o hiere a un caballo; más bien, la reacción del público es siempre la contraria".  Según el artículo 'La Negación' de Freud, este párrafo se puede interpretar como una "separación de la función intelectual respecto al proceso afectivo": un "deseo" mimetizado por el consciente de la persona, una denegación categórica, o sea, el espectador taurino anhela verdaderamente ver más sangre de todo aquello que súbitamente se pueda salir del contexto de la corrida. También se puede interpretar como una negación "modal"; es decir, es un espectáculo sangriento para muchas personas pero para el público taurino no tiene la misma connotación.
 
Maestro Vargas Llosa, el futuro de las corridas es cada vez más incierto, usted bien lo sabe y por eso -creo- decidió asumir una respetable defensa. Pero déjeme recordarle que cada día son más las personas que se manifiestan contra las lidias; además, hay un factor determinante en la acelerada desaparición de la fiesta taurina, la soberbia, prepotencia y terquedad de sus protagonistas: se rehúsan -por vanidad y arrogancia- a cambiar el libreto y echan mano de cuanta falacia se les ocurre para justificar el sacrificio.

Incluyendo también la reiterativa demostración de sadismo que ostenta el final de una corrida cuyo tinte no deja de ser oscurantista e indudablemente sangriento; porque cuando la empuñadura de la espada llega hasta el lomo del toro, el torero -así lo he visto- emite grotescas onomatopeyas que, por personal interpretación de contexto, parece ser una humillación final para el animal. Igualmente, luego de tan brutal suplicio, el toro pareciera estar destinado a registrar para siempre en su iris la estampa de su "triunfante" verdugo ataviado de bailarín y las vociferaciones de una muchedumbre enardecida mientras el "emperador" de turno decide si otorga oreja y rabo.   

Pues bien, maestro, en Manganeses de la Polvorosa, comunidad de Castilla y León, tenían una fiesta tradicional muy peculiar: lanzaban una cabra desde el campanario de la iglesia en la festividad de San Vicente. Desde el año 2002 se prohibió "el salto de la cabra" y ya solo lanzan una cabra disecada desde el campanario. Una fórmula alternativa de la preservación cultural y el bienestar animal. "Un ejemplo abrupto, tonto y antagónico", podrá pensar usted y quienes comparten su gusto por los toros. Pero... 
¿Por qué no implementar una faena en la cual verdaderamente se resalte la pericia física y mental del diestro sin la ventaja de suplicios como la puya y la banderilla? Una corrida que ponga de "tú a tú" al torero frente al animal. ¿O por qué no llevar la faena hasta que el matador o el animal se rindan de cansancio? Y si a esto se le suma otro tipo de decoro artístico, musical o círquense, estoy seguro de que la fiesta brava podrá resurgir nuevamente como espectáculo con más adeptos y se evitaría su total desaparición.

* * * *

PS: Todo esto se lo digo con el argumento personal de haber escrito una novela taurina en la cual hay una faena sin pica ni banderillas; una orquesta interpreta el 'Bolero de Ravel' mientras un torero enaltece al animal. Novela avalada por quien usted también nombra en su artículo: el maestro Fernando Savater.

Andrés Candela

 

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