Postre de notas / Más dichas perversas

Postre de notas / Más dichas perversas

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22 de agosto 2012 , 11:54 p. m.

Decía en la columna pasada que la palabra alemana Schadenfreude designa el irrefrenable sentimiento de alegría que produce la infelicidad del prójimo y que el músico, periodista y humorista inglés Tim Lihoreau tuvo el valor de escribir un libro donde presenta, denomina y clasifica las dichas perversas nacidas del mal ajeno.

Ofrecí entonces un puñado de ellas, sin permiso del editor. Y dado el éxito que tuvieron, publico a continuación otra tanda de filias, como las denomina Lihoreau. Algunas no necesariamente implican un agravio a alguien, pero destapan placeres vergonzantes, como la felicidad de enfermarse y recibir atención. (Traducción y mejoras, el autor de Postre de Notas.)

Meverbofilia: el placer de lucir sano, joven y elegante al encontrarse con un o una "ex".

Mornuntiafilia: el placer de informar que alguien falleció.

Nonexilofilia: el placer de coquetearle a quien no debemos.

Nopertuofilia: el placer de enterarse de que el nuevo compañero de una "ex" es muy malo en la cama.

Noverconsofilia: el placer de superar el tope de gastos en la tarjeta de crédito del cónyuge.

Noviteofilia: el placer de fingir que no reconocemos a alguien famoso que pasa por ahí.

Opulofilia: el placer de saber que alguien mejor vestido gana menos dinero que uno.

Parvanglofilia: el placer de negarse a aprender un idioma.

Petrusofilia: el placer de citar nombres de famosos al charlar con personas que apenas conocemos.

* Potestafilia: el placer de cambiar velozmente los canales del televisor.

Precognofilia: el placer de citar en la conversación frases famosas del cine.

Periplaudofilia: el placer de ser el primero en aplaudir en un concierto o una ópera.

Rictusfilia: el placer de sonreír discretamente cuando un contrincante expresa sus puntos de vista.

Rofinfanofilia: el placer de hacer preguntas a los hijos de los amigos y corcharlos.

Ruinofilia: el placer de ver la decadencia y caída de otro.

* Secroculofilia: el placer de usar gafas negras en sitios y momentos inapropiados.

Socrofilia: el placer de telefonear a los amigos muy temprano en la mañana.

Sinlocofilia: el placer de dormir donde o cuando no deberíamos hacerlo.

Stultinfanofilia: el placer de ver que les va mal a los hijos de quienes se creen muy buenos padres.

Suapecofilia: el placer de comprobar la precaria situación financiera de otros.

Tarcelerfilia: el placer de manejar lentamente por el carril de la izquierda.

Tecibofilia: el placer de picotear la comida de los demás cuando no hemos ordenado nada porque estábamos sin apetito.

Vigintiunofilia: el placer de revelar la edad de otros.

A continuación aporto a la antología de Lihoreau algunos placeres perversos colombianos; pero, eso sí, que los bautice él:

El placer de largarse a tomar tinto en los momentos más atareados o de mayor cola de público.

El placer de enviar corresponsales cansones al limbo de "Bloquear remitente" del correo electrónico.

El placer de alargar la charla de sobremesa en un restaurante cuando hay gente en espera que lanza indirectas.

El placer de empezar a manejar un electrodoméstico sin consultar el cuaderno de instrucciones.

El placer de ver pinchada una bicicleta que, dos cuadras atrás, corría velozmente por la acera.

El placer de decirle a un columnista detestable que lo leemos todos los jueves en El Tiempo, cuando escribe los domingos en El Espectador, o viceversa.

El placer de ver embadurnado de leche de magnesia por la noche en la cafetería del hotel al atlético joven que hacía gimnasia en la playa.

El placer de encontrar en el bus, mientras uno va de pie, que el señor que dormía plácidamente se pasó hace muchas cuadras del sitio donde debía bajarse.

El placer de decirle "señorita" a la vieja secretaria que lo tutea a uno sin conocerlo.

El placer de llamar por el segundo apellido a quien lleva de primero uno muy común.

El placer de ver que el perro muerde a quien se inclina a acariciarlo para demostrar su amor por los animales.

El placer de comprobar que el mesero amanerado del que hablaban pestes en inglés dos señoras bogotanas les replica en la lengua que aprendió como inmigrante en Nueva York durante veinte años.

El placer de acabar aquí cuando alguien pensaba que esto iba a seguir.

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