Tragicomedia del Patriarca

Tragicomedia del Patriarca

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22 de agosto 2012 , 04:57 p. m.

Muchos años después, ante el tribunal de ciudadanos que le reprochaba el haber gobernado rodeado de bandidos, el Patriarca habría de recordar el día en que lo llevaron a conocer el vetusto Palacio que ocuparía durante ocho años.

Comando era entonces una aldea con más de 40 millones de almas, construida entre cordilleras y dos mares, atravesada por ríos de aguas ensangrentadas por la guerra que libraban gobierno, paramilitares y guerrillas. Cada cuatro años, por el mes de agosto, llegaba a Palacio un Patriarca con la ruidosa tribu de amigos que velarían por la buena marcha del país.

 Investido por los poderes superiores que le atribuía Juan Onésimo García -un lletraferit que interpretó la Doctrina del Soberano como el último Buendía descifrara los manuscritos del gitano-, el Patriarca impuso una máxima: los enemigos de mis enemigos son mis amigos. La razón de Estado ocultaría toda afrenta a la justicia.

Comando no había conocido antes la dicha de ser gobernada por un hombre de poderes sobrenaturales. Cada semana, haciéndose acompañar por malabaristas de la propaganda, el Patriarca anunciaba la prosperidad de sus dominios, daba solución a malquerencias domésticas, aconsejaba cómo sacar las garrapatas al ganado, repartía subsidios y enumeraba la contundencia de sus triunfos militares.

Más de tres millones de súbditos llegaron desde el campo a las ciudades para conocer los milagros del Patriarca. Aceptaron acampar, hambrientos y desnudos, en las periferias urbanas. Onésimo resumió la situación diciendo que eran simples migrantes, prueba de que Comando era gobernada por un ser superior y magnánimo.

Comando conoció por esos días el mito de un jinete que cabalgaba en las ancas aladas de un alazán y arengaba contra el mundo. Acostumbrados a la flojera de anteriores gobernantes, los aldeanos encontraron que el Patriarca era una fuente de suprema virilidad. "Excelencia -le dijo un día Melquíades-: usted no es un gobernante: usted es un ilusionista."

La sectaria determinación del Patriarca hizo que toda discordancia pareciera subversiva. Y aunque el gitano lo había prevenido contra los riesgos de gobernar con mayorías incondicionales, el Patriarca creía en la lealtad de sus ministros y áulicos y en las bondades de sus servicios de seguridad. "Si delinquen en actos de servicio -advirtió un día-, los destierro a una embajada."

Al Patriarca no le bastaron ocho años de reinado. Su obra y sus guerras requerían más tiempo, pero los ancianos del Consejo Superior de Leyes, alarmados por el efecto de las tempestades que se avecinaban, decidieron que el Patriarca no tendría una tercera oportunidad sobre la tierra.

Sin embargo, el hombre que había conquistado la mayor gloria de la patria padecía de ira crónica, hiperactividad incontenible y nostalgias palaciegas, de insomnios y tics mitigados por el constante accionar de sus dedos en las teclas de un teléfono móvil.

Comando había conocido en diez años masacres más monstruosas que la ocurrida en un diciembre de 1928, pero sus habitantes esperaban que el Patriarca se retirara a recordarlas en sus cuarteles de invierno. Vivía obsesionado con el poder perdido y de nada le valió saber que sus antiguos hombres de confianza eran acusados y condenados.

"Lo que estuvo arriba puede estar abajo", le dijo un día el gitano. Le aconsejó que se cuidara de sus amigos más que de sus enemigos y le recordó que toda lealtad tiene un límite. Creía que el derrumbe del Patriarca se parecería al desmoronamiento del mítico Pedro Páramo, señor del extinguido reino de Comala, "como un montón de piedras".

collazos_oscar@yahoo.es 

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