El caso Sigifredo

El caso Sigifredo

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21 de agosto 2012 , 11:27 a. m.

Si infamar es quitar la fama, honra y estimación a una persona, de infamias está plena la historia de Colombia desde los años 40. Y lo más infamante es que cada nueva infamia va borrando de la memoria colectiva las anteriores. Hasta llegar a la que podría ser la peor de todas, la inolvidable e imperdonable, la del exdiputado y exsecuestrado y expresidiario Sigifredo López, quien luego de ser liberado por sus malhechores captores fue aprehendido por nuestra bochornosa justicia. Acusado de haberse autosecuestrado y colaborado en el plagio de sus compañeros en la Asamblea. En consecuencia, cómplice de sus 11 muertes.

Que un reo sobreviviente de una masacre, de nuevo entre los suyos, aposentado en la libertad luego de siete años de cautiverio, sea requerido judicialmente, a raíz de unos indicios inverosímiles, por una Fiscalía suficientemente avisada por numerosos juristas y comunicadores públicos, no cabe en una mente que no esté enferma, porque allí se evidencia un complot.

Hagamos de cuenta que el Fiscal obró de buena fe buscando apuntarse un hit. Pero va camino de fallar con estruendo, pudiendo arrastrar al Estado a una catástrofe fiscal, precisamente, producto de una hipotética demanda correspondiente a la misma torpeza del procedimiento y con el suficiente fundamento. Mi profesor de matemáticas nos recalcaba cada vez que nos equivocábamos en una operación, que "los errores se pagan con plata".

Imagino el terror de Sigifredo en su celda de la Fiscalía, no sólo ante el temor de que el montaje tomara cuerpo y terminara con sus huesos por cuarenta años en una cárcel, sino por quedar ante la humanidad -contados su madre, su esposa, sus hijos, su nieta, sus amigos, los familiares de sus compañeros infortunados y todo el país- entre los peores criminales de la historia.

No sé cómo se castiga el falso testimonio de delincuentes confesos que buscaban lucrarse con dineros o rebaja de penas. Y cómo a quienes delinquieron desde los medios con amarillismo informativo, sesgo interpretativo y sentencias anticipadas.

Entre los integrantes del carrusel del engaño, aparte del narigón del video instructivo, están 'La Negra', presunta exguerrillera de las Farc que se ha desmovilizado cinco veces, y dijo haberlo visto en el monte portando incluso teléfono satelital cuando en esa fecha no habían llegado a Colombia ni a la guerrilla esos adminículos. Édver Fajardo, quien afirmó que el día del secuestro nuestro hombre se había comunicado también por satelital con el expresidente Pastrana y el general Canal, cosa que ellos desmienten. Julio César Salazar, del Eln, condenado a 37 años, quien informó que Sigifredo había concebido el plan del secuestro colectivo y lo ofreció previamente a ese grupo. Diego Antonio López Osorio, un tramitador que aseguró haber visto a Sigifredo desde una ventana de la Asamblea haciendo visajes a los guerrilleros para realizar su golpe, y ni siquiera pudo describir la fachada del edificio.

Pero peor que estos falsos testimonios, que al desmontarse precipitaron la libertad de la víctima, fue la columna del comunicador Felipe Zuleta, quien desde El Espectador se reafirmó en la creencia de su culpabilidad, que ya había difundido temerariamente en el programa Hora 20, de Caracol, y remachó con esta perla perversa: "Creo que la verdadera cárcel de Sigifredo empieza ahora, cuando les va a tener que mentir a su esposa y a sus hijos, pues, de hacerlo, generará en ellos unas heridas que sólo Dios en su generosidad podría sanar. Ojalá López haga un acto de arrepentimiento y de verdadero amor y le cuente a su familia la verdad, a la vez que a las autoridades." El acusador ridiculizado acaba de redactar una tibia disculpa a la madre del diputado, donde sólo atina a explicar que si se equivocó el Fiscal, cómo no iba a equivocarse él y otros periodistas. Así no se despacha una culpa.

Este caso amerita un Emile Zola, como en el caso Dreyfus, un J'accuse.

jmarioster@gmail.com

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