Retrato a Roberto Urdaneta Arbeláez, el gran estadista y conciliador

Retrato a Roberto Urdaneta Arbeláez, el gran estadista y conciliador

EL TIEMPO reproduce un artículo de Alberto Lleras Camargo sobre este insigne conservador.

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20 de agosto 2012 , 11:07 p.m.

El ministro de Gobierno pasó estos primeros días del año como lo hubiera querido. Cuando tomó la determinación de viajar a Boyacá a mirar con sus propios ojos y oír con sus propios oídos lo que allí ocurre, lo hizo enarcando las cejas en un gesto de resignación escéptica, típico en él, que le sirve ante sus compatriotas para disculpar, como un correcto gentleman, su buena fortuna, su simpatía, su excelente situación en la vida, sus buenos éxitos y, en el golf, o en el billar, una jugada desastrosa, bien sea suya o de su competidor. Hace veinte años no hubiera ocultado su satisfacción de verse en el caso de viajar a Boyacá, a escuchar interminables cuentos sobre las intrigas de un jefe de sección.

Hoy no. Pero la vida le ha dado el poder político, como a Disraeli, un poco tarde, para saborearlo plenamente, no mucho como para desdeñarlo. Por lo demás se lo ha dado en las mejores condiciones: si hay alguien que pueda llamarse el precursor de la U.N. Si hay alguien indicado para desarrollar, en la práctica, el programa difícil del señor Ospina Pérez, casi escabroso dentro de las modalidades del país político, ese es el ministro de gobierno, doctor Roberto Urdaneta Arbeláez.

Si hay alguien que haya vivido la unión nacional, en la realidad, y no en la teoría, ese es el señor ministro de Gobierno. Pero con todo ir a Boyacá, sentado en el asiento trasero del automóvil número 0001, entre Luis Ignacio Andrade y el senador Ricardo Bonilla Gutiérrez, dos auténticos polos, el uno hablador y amable, el otro silencioso y frío, y luego pasar horas enteras oyendo reclamaciones confusas, contradicciones, testimonios antagónicos, y las conversaciones huidizas y complejas con el gobernador amablemente residenciado, y eso a los 57 años, y cuando ya se sabía todo lo que hay detrás de todo, con una anticipación que les resta interés a los episodios más arduos, resulta una penosa tarea. Pero el Dr. Roberto Urdaneta Arbeláez no ha aprendido nada en su viaje a Boyacá, ciertamente. Pero no necesitaba aprender nada. Antes de ir sabía lo que pasaba. Sin embargo, comprendió que era necesario satisfacer el recelo del país hacia los políticos bogotanos "que no saben cómo son las cosas en los pueblos".

Con cuchara de plata

Porque tampoco nadie se aproxima más a la idea que tienen en los pueblos de lo que son los hombres de gobierno, los oligarcas, dentro del lenguaje en boga, que el señor ministro de Gobierno.

Nació, como dicen los ingleses, con la cuchara de plata en la boca. El poder lo rodeaba en sus formas más visibles. Su padre era la estampa misma del mando, un general del segundo imperio. Su apellido era el poder, la tradición, la gloria. Su casta se hundía, por el lado materno, con las más fuertes raíces, en la montaña ultraconservadora, católica, marinilla, en una palabra. El conservatismo mandaba.

Estudió para dirigir, para regir, como un muchacho de Oxford. Bilbao y Salamanca debían hacer de él, después de la facultad criolla, un gobernante castizo, chapado a la española, mundano y humanista. De no resultar, como no resultó, al fin, un prelado tendría que ser algo más importante, dentro del siglo. Era arrogante, atrayente, suave y valeroso. Desde joven sus compañeros de club respetaban su cordial reserva, sus partidas de billar, su conocimiento de hechos y hombres que superaba todo lo que era el mundo conocido de los alegres calaveras. A nadie le sorprendía que anduviera en tratos con políticos, con militares, con gentes extrañas, con escritores, representantes y periodistas.

Cuando se habló mucho, por allá en la decadencia de la hegemonía, que Urdaneta Arbeláez organizaba conspiraciones, en el Jockey, les pareció tan natural como una partida de caza. Pero en el viejo conservatismo, ese joven impaciente y lleno de talento, que detestaba a los caciques y desdeñaba las autoridades, bien mirado en los círculos eclesiásticos, nacionalista, por temperamento y vínculos con los Holguín, epigramático y sonriente, caía muy mal. Y Cundinamarca parecía cerrada, hasta donde era posible. De repente toda la fábrica crujió, y se vino al suelo. El ministro comenzó a moverse en una situación que todos creían desesperada. Era su especialidad. Dueño de El Nuevo Tiempo, cuando ese poderoso bastión era una ruina, director del conservatismo, cuando del conservatismo no quedaban sino recriminaciones, y, por primera vez, ministro, en un régimen de concentración que se adivinaba fugaz. "Un peu trop tard, mais...".

Un posibilista

Para el ministro, en el terreno de las posibilidades políticas, no hay nada difícil, mucho menos nada irrealizable. Cree sinceramente, quién sabe con cuánta razón, que Olaya Herrera no habría sido el camino hacia la victoria liberal, de no interponerse la política de Laureano Gómez.

Antes de que nadie vislumbrara la posibilidad de un candidato conservador de unión nacional en 1946, él la preconizaba como una política realista. Se transaba por que el candidato fuera liberal, pero de unión nacional. Hacía declaraciones públicas en las cuales la gente no ponía mucha atención. Algunos pensaban que tenía la ambición de ser el segundo Olaya, y sonreían. Pero él, que no descontaba, de seguro, la hipótesis de su candidatura, intuía que la división liberal llevaba a la repetición de los episodios de 1930, y que era irreconciliable.

Comenzó por trabajar sobre Laureano Gómez. Había que cambiar. Había que preparar una nueva vida. Gómez lo había injuriado, lo había perseguido, pero no podía menos de admitir su inteligencia y de dejarse seducir por su simpatía. El ministro pretendía buscar la aproximación de López y Gómez. No lo logró. Pero en cambio Gómez comenzaba a tener fe en sus indicaciones. Cuando Gómez comenzó a atacar la colaboración conservadora, el ministro lo convenció de que estaba equivocado. Gómez le rindió un tributo extraño: en la primera votación de la convención conservadora tuvo dos votos: el de Gómez y el de Álvaro Gómez. Sin embargo, era sabido que Gómez había aconsejado votar por Ospina.

Una victoria total

Aun sin ser el presidente el ministro de Gobierno ha sentido la voluptuosidad de la victoria, sin límites, porque aunque no lo recuerde mucho a los demás, ni lo ande pregonando, ni nadie quiera reconocérselo, a la hora de la exaltación de los Valencia, del Hierro, de los Escobar, de los Camargo, de los Barrera, de los Parra, él sabe que lo que triunfó fue su política, tercamente sostenida y practicada, contra Gómez y el conservatismo, por 16 años. Comprende, también, que mientras más grande sea una victoria, más peligros tiene, y más adversarios. Y por eso es discreto, fino y hasta un poco ausente.

Pero sí hay una cosa que lo seduce y lo estimula en esa batalla, que está librando en un segundo plano, como ministro de Gobierno: combatir la barbarie. La barbarie, la fuerza, la demagogia, la gritería, la plebeyez lo irritan y desazonan, y le dan deseos de intervenir. Por eso no es extraño que haya atendido el llamado de Ospina sin una vacilación. Para el ministro de Gobierno la república feliz es aquella en la que todo se pueda resolver con una transacción oportuna, mientras más difícil y arriesgada, tanto mejor.

Ir a Río de Janeiro a concertar una paz perdurable con el Perú, en medio del litigio y de las hostilidades, y a entenderse con gentes sagaces, cuya habilidad había sido consagrada como un mito por todos sus compatriotas (Belaúnde, Maúrtua, Ulloa), he ahí una tarea. Conciliar los intereses de los partidos, hacer la paz general, cuando están a punto de irse a las manos, he ahí otra tarea. Jamás en su vida ha hecho una excitación al sectarismo, a la pasión. En innumerables ocasiones su mesa y sus salones han sido compartidos por los más irreconciliables enemigos. Es su especialidad, y es su placer. Conversador exquisito, confía en la conversación. En el estilo de Anthony Eden, el ministro de Gobierno es superior a Eden. Solo que, eso sí, no ha tenido jamás la escuadra británica detrás de sus palabras ni de sus silencios.

Este artículo fue publicado por primera vez en la antigua revista Semana.

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