El águila y la polilla

El águila y la polilla

20 de agosto 2012 , 02:48 p. m.

En sendas notas de prensa, Juan Gabriel Vásquez y Juan Carlos Botero se mostraron indignados -expresión de moda- por la osadía del señor Paolo Coelho, que se atrevió a minimizar el Ulises de Joyce y a tachar de insustancial, de mero ejercicio de estilo, la novela que llevó el género al extremo de lo posible al conjugar todos los modos literarios, la épica y lo ramplón, la parodia, naturalismo, simbolismo, el tono periodístico y el de los catecismos, con humor soberano, saludable ironía, ternura, erudición e inteligencia.

Sobre todo si está respaldada por una baraja de libritos insulsos (misticismo de costurero de huérfanas, fe de té de tías desocupadas), es una irresponsabilidad y una muestra de desvergüenza y de ignorancia invocar la nada sobre el fenómeno natural que representa Ulises, un libro que encarnó el genio de la modernidad y sus grandes debates sobre la nación, el espíritu internacional, el individuo sujeto del sicoanálisis y la masa alborotadora que discurre por las ciudades y se aprieta en los bares, a partir de un día de la vida (antiheroica) de un pequeño judío cornudo que lleva en los bolsillos un jabón recién comprado, y tenía un gato con el que comparte un riñón frito. Si bien recuerdo el mamotreto intrincado que leo con devoción creciente. Como un sueño que se me repite cambiando de clave.

Joyce no perteneció a esa clase de escritores cada vez más abundantes a medida que nos civilizamos, que escriben para meterles a los lectores la mano en el bolsillo y el dedo en la boca. Y que además venden sus banalidades como pan entre los despistados e incautos que creen que los libros más difundidos son los mejores, cuando casi siempre es al contrario. Coelho, es innecesario decirlo, es incomparable con el autor irlandés, que solo por Los muertos, ese cuento de una suave tristeza que culmina en una enorme nevada, merece el altar que le dedicó la posteridad, esmirriado, medio ciego, con úlcera, coprofílico, Otelo irredimible y aún incomprendido, pues es más famoso que leído. Coelho es a la literatura mística lo que Corín Tellado a la amorosa y Marcial Lafuente Estefanía a la épica: acontecimientos fuera de la tradición literaria, de la historia de la escritura, de la aventura que corren desde Homero un montón de hombres y mujeres a fin de embellecer la vida y de hallarle un sentido a su misterio. Con paciencia y cuidado. Y respeto. Atendiendo al rumor de cada palabra.

Coelho es un engañabobos. Por la desmesura de tratar de impugnar a Joyce. Y por el modo cínico de aprovecharse de los lectores desorientados o simples para embaucarlos con sus antologías de anécdotas sacadas de los breviarios místicos del sufismo, los libros de yoga, los exégetas de Lao Tse y Chuang Tsu y de los anecdotarios del mulá Nasrudín.

La primera esposa de Stephen Hawking lo acusó de ostentar su ateísmo para atraer la atención sobre sus libros y excitar el timbre de las cajas registradoras. Tal vez Coelho está a punto de lanzar otra colección de refritos, otra novelucha con moraleja. Y por eso rebaja al venerable Joyce. La distancia que separa al físico inglés de Dios debe ser la que separa a Coelho del escritor de Dublín. Y el vuelo del águila del vuelo de la polilla del papel que es Coelho. Joyce pagó cada palabra en soledad y dificultad. Fue un gran poeta. Coelho tuvo suerte con sus menudencias. Cuando debía estar preso por plagiario.

Y ojalá, el mundo es como es, el malestar expresado por Vásquez y Botero y yo que asumo la protesta no conduzca a los lectores a los pastos deshidratados de Coelho en vez de dirigirlos a las sustancias del animal poderoso que es Ulises, cuya anatomía jamás se deja escudriñar por completo ni deja de gratificar el esfuerzo. Por hacer caso omiso al consejo viejo de poner oídos sordos a las palabras necias.

Eduardo Escobar

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