El país del presente

El país del presente

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17 de agosto 2012 , 06:29 p. m.

SAO PAULO (BRASIL). La misma congestión en la marginal Tiete, la vía que comunica el occidente con el norte y el oriente de Sao Paulo. Los mismos edificios grises y contaminados por la polución y los grafitis, las favelas con techos de zinc y calles de tierra, los carrazos con vidrios ahumados y choferes mal pagos.

A simple vista, Sao Paulo no es muy distinta de la ciudad en la que viví a mediados de los 90 y a la que no venía desde hacía casi una década. La megalópolis suramericana sigue siendo un lugar caótico y contradictorio, con muchos problemas básicos sin resolver y capas de burocracia municipal debajo de burocracia provincial, cubierta por burocracia federal.

Los desafíos de Brasil son inmensos y sería miope desconocerlos, pero los aciertos producidos por una sucesión de buenos gobiernos comprueban una vez más que lo que los países necesitan es liderazgo. También ayuda que haya una buena coyuntura externa y ese ha sido el caso, pero lo que fundamentalmente ha ocurrido en Brasil ha sido la implementación de buenas políticas por mandatarios que han tenido algo imprescindible para gobernar, que es sentido de misión.

Fue una de las cosas que más me impresionaron a comienzos de los 90, cuando, por esas loterías del destino, a alguien en el gobierno de la época se le ocurrió preguntarle al sociólogo y profesor universitario Fernando Henrique Cardoso si aceptaría el cargo de Ministro de Hacienda. Lo que se le pedía a Cardoso era que accediera a manejar la economía de un país de dimensiones continentales, con una inflación anual superior al 3.000 por ciento y que había tenido siete monedas diferentes en los ocho años anteriores. Cardoso dijo que sí y, un año y medio más tarde, era el presidente de Brasil.

A Cardoso, como se sabe, lo sucedió Luiz Inácio Lula da Silva y a este la actual mandataria, Dilma Rousseff. Si bien, como dije, todos han tenido suerte de que China tenga un apetito insaciable por recursos naturales, hay otros líderes que en la misma coyuntura han producido resultados desastrosos y no tenemos que mirar muy lejos para encontrar comparaciones.

En contraste, la pobreza en Brasil, que en el 2003 llegaba al 21 por ciento de la población, hoy aqueja al 11 por ciento. La población en estado de miseria, o sea aquella que vive con menos de un dólar y veinticinco centavos por día, pasó del 10 por ciento a casi el 2 por ciento en el mismo lapso. La cifra que al gobierno más le gusta citar es genuinamente impresionante: en los últimos años, 40 millones de brasileños, casi una Colombia entera, ingresaron a la clase media.

Programas como Bolsa Familia, similar a lo que en nuestro país se conoce como Familias en Acción, se han vuelto un estándar global en planes de apoyo a la canasta familiar, y hay otros programas a nivel regional que aparecen en las listas de los modelos sociales más innovadores y exitosos de las últimas décadas.

Por supuesto que hay mucho que corregir.

Los logros de la administración Lula han sido opacados por un escándalo de corrupción que ya llegó a los tribunales y que en algunos medios se ha empezado a conocer como "el juicio del siglo", por las sumas de dinero involucradas y la jerarquía de quienes están acusados. En lo económico, también se señalan muchas fallas, como falta de audacia para hacer las reformas necesarias y de verdadera voluntad para trabajar en sintonía con el sector privado.

Aun así, el progreso de Brasil es espectacular y el pesimismo sobre la reciente desaceleración de su economía no debe ser sobredimensionado. Hay que tener cuidado con hacerles mucho caso a los "catastrofistas", como los bautizó en su época el expresidente Cardoso.

El viejo chiste en Brasil es que es el país del futuro y que siempre lo será. Más que nunca es un chiste viejo, porque, visto desde aquí, Brasil es el país del presente.

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