Robert Hughes

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17 de agosto 2012 , 06:10 p. m.

Tal vez el libro que más he abierto, leído y manoseado en toda mi vida es A toda crítica, de Robert Hughes. Hace 15 años llegué a él por recomendación directa del crítico caleño Carlos Jiménez y de la galerista Jenny Vilá. "¿Quieres escribir de arte?", me preguntaron. "Tienes que leer a Hughes", me ordenaron con una sabiduría que todavía les agradezco. No tenía idea de la persona de la que me hablaban, pero anoté el nombre, pasé por una librería y compré el libro editado por Anagrama. Hughes fue el crítico estrella de la revista Time y su escritura renovó el panorama de las artes plásticas con un vigor irrepetible. Su prosa, más cercana a la de Hemingway que a la de los posmodernistas de turno (que en comparación suya son una infeliz sarta de pedantes), logra que el lector se sumerja en los cuadros de Goya o en las carnes fofas de los cuadros de Freud con una facilidad pasmosa. En A toda crítica hay ensayos conmovedores, como el del escultor Julio González, un contemporáneo de Picasso, que todavía no alcanza la gloria que merece, o una que otra venganza personal, como el texto sobre Julian Schnabel en el que lo compara con Sylvester Stallone en Rambo.

Sus opiniones siempre lograban escandalizar; declaró a Basquiat como un peso liviano del arte; en otra ocasión dijo que la obra de Bacon era papel para matar moscas. The New York Times dijo que era "el crítico más famoso de la historia" y él respondió que ese título era como ser declarado el apicultor más influyente, en pocas palabras: nada. Su muerte -hace poco más de una semana- hizo que los principales medios del mundo le dedicaran páginas enteras y que sus fanáticos irredentos pasáramos otra vez los dedos por libros como La cultura de la queja, en el que se burla de la moral política estadounidense y de paso ridiculiza la idea de canonizar a un artista porque es negro, homosexual, asiático o discapacitado; Visiones de América, un coffee table que repasa la historia de arte estadounidense y tal vez su libro más famoso: La costa fatídica que, como reza su subtítulo, es "la epopeya de la fundación de Australia", de paso, su país natal.

Hughes, como reseñaron el ABC, El País o El Mundo, era un fanático total de España; escribió una monografía sobre Goya y un libro que, hasta ahora, no he podido conseguir, pero que en todas partes declaran un clásico: Barcelona. Ese amor por España se resume en una de sus frases: "Si existe la reencarnación, como creen los budistas, en mi próxima vida querría ser un ratón que correteara por las salas del Prado". En su honor, me gustaría creer que los budistas efectivamente tienen la razón y que ahora Hughes mira una y otra vez los cuadros de Velázquez, El Greco y Goya sin tener que pensar en escribir una sola línea. Ya nos regaló suficientes.

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