Oriente próximo, indómita encrucijada

Oriente próximo, indómita encrucijada

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16 de agosto 2012 , 05:10 p. m.

¿Qué ha cambiado en Oriente Próximo si es que realmente algo ha cambiado? Tras las primaveras árabes, vienen las realidades, lentas, porosas, poco cambiantes. Nada es igual, ni mimético. Revoluciones que han derribado a los viejos tiranos, tiranos de la represión, muerte y tortura. Locura en estado puro. Tiranos sin embargo aliados de Occidente, y significativamente de Estados Unidos, pero también de Rusia y China. Una encrucijada sobre un tablero de ajedrez enrocado, desafiante, equilibrado pero también vergonzoso, mientras el pueblo y la sociedad árabe eran desposeídos de todo derecho, de toda libertad y de toda dignidad. Qué decir aun de la península arábiga y su sistema feudalizante, hermético, cerrado sobre sí mismo y cada vez más integrista en lo religioso.

Durante décadas acampó en todo el mundo árabe el despotismo homicida embriagado de falacias, imposturas, falsas promesas y mentiras. Durante cuatro décadas el clan Al Assad ha dominado con puño de hierro y brutalidad sin medida a su pueblo, el sirio, y ha controlado y llevado al borde de la destrucción al Líbano. Lo mismo hizo el sátrapa Muamar Gadafi en Libia, hoy rota a jirones y donde es casi imposible reconstruir una apariencia, si cabe, de Estado. Egipto avanza hacia una modernidad amordazada primero por la sombra del ejército; segundo, por el guion y la partitura que los hermanos musulmanes tienen preparados. Túnez camina por momentos hacia una transición lo más parecida a una democracia homologable, salvando las distancias, con Occidente. Marruecos ha controlado la primavera árabe y protagonizado timidísimas reformas que por el momento son suficientes entre un manto de hierro en guante de seda. Lo mismo hace Jordania. Nada se sabe en los Emiratos, en Arabia Saudí, en Qatar, el próspero y minúsculo país que todos abrazan en busca de sus inversiones, pero juegan la partida wahabista, el sunismo extremo que está a punto de debilitar a chiíes y alauitas en el eje Damasco-Teherán. Nacionalismo y laicismo frente a integrismo, pero en el fondo más de lo mismo; otra dictadura, sin alma, arrogante, represiva.

Siria es hoy el epicentro principal de Oriente Próximo, el baluarte que puede hacer cambiar la relación de fuerzas y poder en la región más conflictiva y tensa donde todo se mueve y nada parece tener movimiento. Pero debajo late otra cuestión más conflictiva, la tensión entre Irán e Israel. Tambores lejanos de guerra, de ataques, de movilización de la ciudadanía, políticos y altos mandos que preparan a la opinión pública para ataques preventivos sin reparar en todas las consecuencias pero tampoco en toda la verdad y la objetividad.

En la tragedia siria no nos cansamos de preguntarnos cuántos muertos más hacen falta para parar esta deriva feroz y megalómana de un dictador que embelesó a Occidente y jugó a ser imprescindible en el tablero diplomático de Oriente Medio. Pueblo desgarrado por el odio, la ceguera, la guerra, la tragedia y el capricho de la comunidad internacional;  sobre todo, de la soberbia rusa y china, que perderán su posición y a su aliado en la región.  Es cuestión de tiempo, de más barbarie, de más genocidio. Siria posa de ser una pieza clave en el tablero de Oriente Medio, pero su despótico e ignominioso régimen, que lleva más de cuatro décadas sumiendo en la miseria y en la falta de libertad a los suyos, no es tan esencial como creen. La encrucijada de Oriente Medio no necesita más pirómanos dispuestos a incendiar la región. Siria es un satélite del régimen teocrático iraní. Es el sustento de Hezbolá en Líbano y uno de los causantes del desastre libanés, y es apoyo esencial para Hamás. No importa chiismo y sunismo, esa diferencia fenece ante el mismo odio hacia el Estado judío. Pero algo cambia en ese sustrato impenetrable chiísmo, sunismo. Es la búsqueda de la hegemonía suní, que también está en juego.

No hay salida en el callejón sirio. No la hay. Ni en Homs, ni en Alepo, ni en Damasco sobre miles de cadáveres. Vergüenza para la diplomacia impostada y mediocre. La diplomacia de los candelabros ha hecho el resto, dejando a su suerte a la ciudadanía que exige sus derechos y es masacrada por tanques y francotiradores. Lecciones libias de la arrogancia e impotencia de Europa y Estados Unidos. Lecciones de la hipocresía del resto del mundo árabe, dictaduras y monarquías feudales que sumen en un vasallaje sin derechos a sus súbditos, que no ciudadanos, y que ahora censuran y se apartan del régimen sirio, pero que al mismo tiempo reprimen a su pueblo o apoyan a otros dictadores como en Bahrein o en Yemen, donde Saleh gobernó treinta años con puño de hierro, alambre de espino y miseria.

Siempre en Oriente Medio se ha dejado hacer. La paz no es un negocio. Hemos llegado demasiado tarde, consentido y apostado demasiadas veces a que la situación del mundo árabe no podía cambiar, y cuando lo han intentado les hemos dado la espalda. Los avances hacia la democracia en la primavera árabe, tal vez ya otoño árabe, están por llegar. Unas elecciones no significan nada por el momento. La democracia está por construir y compatibilizar un Estado de derecho con ley islámica. No es una cuestión menor ni realizable de la noche a la mañana, al menos para la mentalidad europea.  Tahrir está demasiado lejos para ser un símbolo, pese a los centenares de muertos. El precio que tienen que pagar los pueblos árabes para desprenderse de una casta política tirana, represiva, abusiva y déspota es un precio que solo ellos pueden pagar y deben pagar. El precio de la colonización y la falsa descolonización. No pueden contar con nadie más.

Sigue la indómita encrucijada en Oriente Próximo, nada se mueve y todo parece, sin embargo, tener movimiento. Demasiadas mentiras, engaños y falacias. Tambores de guerra y ataques. Más mentiras y distraimientos. Interesa. Es lo que venda. Solo hay que preparar a las conciencias que se dejan adoctrinar. Ganar tiempo, ganar posiciones, intoxicar la verdad. Y mucha represión, silencio y más silencio. ¿Para cuándo un Estado palestino? Así, dos décadas casi desde Oslo. La partida está ganada. El que resiste gana. Pero quien gana no es el pueblo palestino.

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