El olvido premeditado de la historia

El olvido premeditado de la historia

12 de agosto 2012 , 02:41 p. m.

Cuando dije la palabra Chimichagua, los profesionales que estaban allí se quedaron mudos. Por sus caras se notaba que la asociaban con una comida, algo como chanfaina o chunchullo, un plato típico regional de algún lado. Lo realmente preocupante de este pequeño incidente era que estábamos en Montería, y todos eran profesionales de las ciencias sociales. Así que les canté un pedacito de esa vieja y entrañable canción de José Barros, les hablé de la enorme ciénaga de la Zapatosa y les recriminé que no supieran eso.

-No sabemos eso porque eso no es de Córdoba -me dijo alguno.

Luego les pregunté si sabían algo de mi mochila: una preciosa arwaca de reata gruesa que me tejió una amiga en Nabusímaque. Uno de ellos, samario, me dijo que mi mochila era de la Sierra.

-¿De qué lado de la Sierra? -le pregunté, y hasta allí le llegó la iluminación.

El samario desconocía que los arwacos están del lado de Valledupar, y los coguis del lado del Caribe.

-Eso tampoco es Córdoba -insistió el mismo que lo había dicho antes.

Así que les pregunté por un poeta cordobés, que si sabían algún verso de algún poeta de la región. Se miraron entre sí y descubrieron que no sabían de ninguno.

-¿No saben de Raúl Gómez Jattin?

-Es que lo de nosotros no es la poesía; la gran mayoría de los que estamos acá pertenecemos a las ciencias sociales.

Les dije, palabras más o menos, que si no tenían la menor curiosidad por la región donde vivían, por el país, pues era muy difícil construir una nacionalidad. Les insistí en que eso de ser costeño es algo más que un acento, o eso de ser paisa, o llanero, o del litoral Pacífico. Y que si no se apropiaban de verdad de sus tierras iba a ser muy fácil quitárselas.

Y creo que, aunque esos muchachos tienen mucha responsabilidad en su ignorancia, el problema de fondo es la pésima calidad de la educación en el país. Pareciera que hubiera un interés especial en proscribir la historia y la geografía de la carga académica de todas las carreras. Porque he hablado con profesionales jóvenes que desconocen por completo la historia de los últimos 30 años del país. Lo que saben es la historia del malevaje que ha salido en televisión, pero desconocen los procesos. Y no tienen idea siquiera de lo que significó y significa la Constitución de 1991 y cómo se llegó a ella. Y, claro, cuando llegue el momento de los detractores de la Constitución, nadie dirá nada porque la mayoría desconoce qué es y qué significa. Y la tumbarán, sencillamente, porque no tiene dolientes.

Quisiera saber cómo se habla de la historia de los últimos 40 años en los libros de texto del bachillerato. Cómo abordarán el tema de las elecciones del 70; el nacimiento del M-19; el estatuto de seguridad; el narcotráfico en la política; si se toman el trabajo de enumerar las bombas que estallaron en los años 80. Quisiera saber si a los chiquitos los están instruyendo en la riqueza específica que tiene su región en particular; en los recursos naturales que les pertenecen. Me temo que esto no está sucediendo porque el Estado todavía no es capaz de decirnos ni siquiera la verdad de la Guerra de los Mil Días; la hegemonía conservadora; el bandolerismo de los años 50. Porque para el Estado colombiano la historia es una cosa lejana, incolora, insabora, indolora e inodora, como la historia que nos han contado de los próceres. Se atreven a contar el siglo XIX porque son historias que no generan incomodidades. Al siglo XX no lo tocan porque temen reavivar viejas heridas.

Me encantaría que la Academia Colombiana de Historia sentara un precedente al respecto. Que obligara a las editoriales escolares a escribir sobre el siglo XX colombiano con la verdad, sin eufemismos tontos.

Cristian Valencia
cristianovalencia@gmail.com

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