Trancones y centros comerciales / Voy y vuelvo

Trancones y centros comerciales / Voy y vuelvo

Sin un manejo de tráfico alrededor de los centros comerciales, solo reinará el caos.

11 de agosto 2012 , 07:17 p. m.

Los centros comerciales me atraen como los parques a un niño. Los encuentro atractivos por sus diseños, la distribución de espacios, la variedad de locales y ese aire de modernidad que imprimen.

Para muchos como yo, esas inmensas moles, de 50, 100 o 150.000 metros cuadrados, son sinónimo de plan de fin de semana, para ir al cine, comer un helado, visitar la librería, antojarse de algún ajuar o, como la mayoría de veces, para 'brujear', 'vitrinear' y, en todo caso, gastar plata. Así sea en el parqueadero -algunas de cuyas tarifas rayan en la usura-.

Estos espacios se han venido erigiendo en extensas zonas de la ciudad y han crecido a un ritmo de 169 por ciento. En el occidente se han construido 9 en los últimos años; hay 14 en el norte, 4 en el centro, otros 4 en el sur y 5 más solo en Chapinero. Sin contar hipercentros especializados ni supermercados.

Divierte ver en estos espacios a las quinceañeras en grupo, como saboreando el primer día de una libertad que no conocían; la parsimonia con que las mujeres visitan cada almacén y preguntan por cada cosa que al final no se llevan, o se llevan todo; a los hombres que no resisten la tentación de subirse al Audi en exhibición, conscientes de que tal vez sea la única oportunidad que tengan para hacerlo; al niño que da alaridos porque lo sacaron de Imaginarium y al que, como yo, lo desesperan las filas para el helado, la hamburguesa, entrar el carro, sacar el carro o pagar el estacionamiento del bendito carro.

Los centros comerciales, como dice una cuña, lo tienen todo en un mismo lugar. Lo único que no tienen -y es de lo que quería hablarles- es un plan de manejo de tráfico. No sé por qué razón ni la oficina de Planeación ni la Policía ni la alcaldía local ni nadie parece advertir, con antelación, los nefastos efectos que estas estructuras pueden generar en la maltrecha movilidad de la ciudad. No conozco un solo vecindario que no se queje o reclame porque con la llegada del centro comercial se 'tiraron' el barrio.

Y no debería ser así. Se supone que la llegada de un vecino debe ser para bien, no para entrar en conflicto permanente. Pero eso es lo que está pasando. A la zona rosa se volvió imposible ir. Es tal la maraña de carros que a veces deben cerrar el acceso por la carrera 11 o la 15. En Unicentro, los andenes recuperados volvieron a invadirse y está suspendida una expansión del mismo mientras se aclara el impacto vial que tendría. En la calle 26, taxistas y particulares son amos y señores del espacio vial que rodea al Gran Estación. En el Portal de la 80, el panorama es aterrador: carros hasta en tres carriles sobre la vía, incluyendo, cómo no, particulares, taxis y transporte intermunicipal.

Mi amigo Manolo Salazar, tuitero empedernido, trinó... pero de la piedra, tras confirmar lo que viene sucediendo con el recién inaugurado Titán Plaza. ¡Titánicos trancones! los que se ven sobre la calle 80 y la avenida Boyacá. Pero no solo eso: la proliferación de ventas ambulantes es absurda. El andén tuvo que ser separado con barandas de acero que le quitan gracia al edificio porque al espacio público le aparecieron 'dueños'. No obstante, los informales decidieron tomarse peligrosamente el separador. Nadie dice nada. Y de nuevo: taxistas, particulares y camiones de carga que ocupan un carril de la 80 y otro de la Boyacá.

Los centros comerciales, poco a poco, se han ido convirtiendo en otra pesadilla similar a la que hoy producen los edificios de las EPS, las notarías o las famosas oficinas para trámites de tránsito. ¡Quién nos escucha, por Dios!

Bienvenido el progreso, qué bueno ir a un centro comercial, generan empleo, ayudan al esparcimiento, atraen al turismo, pero, por favor, hay que hacer algo para que la movilidad, la seguridad y la tranquilidad de las personas no se alteren por una mala planeación en el control del tráfico y de los altos volúmenes de visitantes. Un mínimo de orden y autoridad es todo lo que se pide, así es como funciona una sociedad.

ERNESTO CORTÉS FIERRO 
Editor Jefe EL TIEMPO
@ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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