Madrid al igual que Londres

Madrid al igual que Londres

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11 de agosto 2012 , 05:51 p. m.

Las Olimpiadas han vuelto a contagiarnos de los valores más sublimes que posee la humanidad. El heroísmo en la lucha, la nobleza, el espíritu de superación, la disciplina y todas aquellas virtudes que avalan al hombre cabal han salido a relucir en estas competiciones. Muy pocos eventos logran el milagro de la unidad mundial por encima de los nacionalismos o de las diferencias culturales. El deporte, el arte, la religiosidad y la cultura de cada pueblo nos enriquecen. Son valores capaces de lograr la unidad en la diversidad.

Me parece que los encuentros mundiales de la juventud convocados por el Papa son equiparables a los Juegos Olímpicos, pues aquí confluyen millones de jóvenes de todos los continentes para celebrar su fe en Cristo. 'Cor unum et anima una'. La Eucaristía es la que ocupa el centro de atracción en estos eventos. Los que estuvieron en Madrid los saben, y próximamente lo volveremos a constatar en Río de Janeiro.

La Eucaristía realiza la unidad de los pueblos desde la fe. Dios se manifestó al mundo a través del nacimiento de su hijo Jesucristo y se quiso quedar sacramentalmente en la Eucaristía. Si la Eucaristía fuera un mero símbolo, un montaje, algo ficticio, los satánicos no la buscarían con tanto empeño para profanarla. ¡Qué ironía! Los demonios no tienen dudas de fe porque están plenamente convencidos de la presencia divina de Cristo en el pan consagrado.

Como testimonio actual, nos puede iluminar el caso del doctor Ricardo Castañón, especialista en el cerebro humano, ateo en cuanto a sus creencias religiosas. A este doctor el Vaticano le pidió que verificara unas muestras de un milagro eucarístico acaecido en el año 1992 en la ciudad de Bueno Aires. El hecho se dio cuando una persona recogió del suelo una hostia consagrada y la devolvió al sacerdote. El padre la puso en un recipiente con agua limpia para disolverla y la guardó en el tabernáculo. A la semana, cuando el sacerdote fue por ella, se dio cuenta de que el agua se había convertido en sangre.

La Iglesia encargó a este científico el análisis del líquido y por los resultados del  laboratorio, se dio cuenta de que coincidía con el grupo sanguíneo del tejido del miocardio de la sábana santa y del resto de los milagros eucarísticos reconocidos en diversas partes del mundo. Este milagro logró la conversión del doctor Castañón.

Este mismo milagro se realiza cada día en todos los altares del mundo donde Cristo nos ofrece su Cuerpo y su Sangre, "para que el mundo crea y tenga vida" (Jn. 6, 51).

José Manuel Otaolaurruchi, L. C.
twitter.com/jmotaolaurruchi

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