¡Ay ministra Londoño!

¡Ay ministra Londoño!

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10 de agosto 2012 , 06:28 p. m.

¡Ay, ministra Londoño, decir que el sistema de salud colombiano no requiere una reforma de manera inmediata es desconocer por completo sus creencias y negar todo aquello por lo que ha trabajado a lo largo de su vida profesional! Ha caído usted, señora Ministra, en el juego macabro de la política y está defendiendo un bando que sustenta sus argumentos, al parecer, en ciertas cuotas.

Las cifras son claras, contundentes. La obesidad subió del 13,7 al 16,5  por ciento entre el 2005 y el 2010. Desde 1998 hasta el 2008, la mortalidad por enfermedades hipertensivas aumentó de 11,9 a 12,9 por cada 100.000 personas, y la mortalidad por diabetes mellitus en este mismo periodo pasó de 14,8 a 16,5 muertes por cada 100.000 habitantes. Las muertes por infarto aumentaron de 55,6 a 63,6 en la primera década de este siglo, y departamentos como Amazonas, Caquetá, Chocó, Córdoba y Meta siguen teniendo cifras de mortalidad en menores de cinco años por encima de 30 muertes por cada 100.000 menores. Finalmente, por citar algunas, la razón de mortalidad materna sigue por encima de las 70 muertes por cada 100.000 nacidos vivos, y las muertes por cáncer de seno pasaron de 6,7 en 1998 a 9,8 por cada 100.000 mujeres en el 2009. Y si bien en algunos aspectos hemos mejorado (mortalidad por cáncer de cuello uterino y tasas de suicidio), el resumen de los resultados del sistema no difiere del de hace 10 años. Es más, hoy en día nos enfermamos y nos morimos más que en la década de los 90; es decir, las madres, los niños, los jóvenes y los adultos se siguen muriendo de causas que son enteramente prevenibles, y los adultos mayores sufren complicaciones dolorosísimas y costosísimas para su calidad de vida y para el sistema, por enfermedades que nunca debieron evolucionar hasta tal punto. Las cifras claramente muestran que hemos empeorado.

Si a lo anterior se le suma que las empresas que deben promover la salud, ni la promueven ni la garantizan, sino que la entorpecen y la empobrecen; que los médicos, sus colegas, los míos, los guardianes de la salud ganan menos que los peluqueros y las enfermeras menos que los pordioseros (y disculpas les ofrezco a los estilistas y a los mendigos por mi comparación, que, más que despectiva, busca ser ilustrativa, pues sacar un apéndice es, por mucho, más complejo pero más económico que un tinte de pelo); y que los hospitales se caen derruidos por la corrupción y la ineptitud de uno que otro gerente que resultó no saber de salud ni de administración, sino amigo de algún no tan honorable señor; me pregunto, entonces, como seguramente se lo estarán preguntando todos los colombianos, ¿qué se necesita para que el Gobierno de las reformas fallidas se dé cuenta de que el sistema de salud sí requiere, efectivamente, una reforma inmediata?

Pero el cambio que necesita este sector en el país no se puede limitar a una discusión superflua de si las EPS deben o no subsistir, como se ha querido enfocar por representantes de diversos bandos, sino que debe trascender el mismo concepto de salud y permear la formación de los profesionales encargados de cuidar la enfermedad. Colombia no necesita cualquier adaptación de otro modelo económico, que a fin de cuentas resultará siendo el mismo sistema paternalista donde el paciente es tan pasivo en su cuidado como una vaca y en el que el profesional de la "salud" está muy lejano del bienestar en la vida diaria. El país necesita sacar a la salud de ese claustro que llaman hospitales (y donde irónicamente se concentra la enfermedad), y llevarla a la comunidad, a la casa, a la cotidianidad de todos los colombianos. Mas para ello se necesitan más profesionales especializados en promoción de la salud y prevención de la enfermedad; se necesita rescatar el perfil de las enfermeras (hoy más técnicas que profesionales), para que se conviertan en el pilar de un nuevo sistema pensado para educar y empoderar; se requiere, sobre todo, empezar a creer que los pacientes pueden ser activos, dueños de su salud, y que efectivamente están en capacidad de aprender a diferenciar una gripa de un infarto (para que no se congestionen los servicios de urgencias), y que pueden comprender que la gran mayoría de esas enfermedades, a las que tanto miedo uno les tiene, son prevenibles con unas cuantas fórmulas no médicas y no tan mágicas (actividad física, dieta saludable, vacunas, autoexámenes, tamizajes).

Ministra, que no le quepa la menor duda, necesitamos una reforma inmediata, probablemente más filosófica que económica, pero urgente.

Nota: para los que dicen, incluyendo al Gobierno, que las cifras en el sistema no existen, los invito a visitar la página del observatorio Así Vamos en Salud, para que tengan una idea objetiva de cómo estamos.

arturo.arguello82@gmail.com

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