Constancia

Constancia

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09 de agosto 2012 , 04:42 p. m.

Dejo constancia de que el Gobierno ha seguido menospreciando a los estudiantes. Dejo dicho que -en ejercicio de una centenaria tradición colombiana- la Ministra de Educación no aprende: el movimiento estudiantil, una pacífica declaración de principios, ha denunciado en voz alta que está siendo asediado por bandas paramilitares, ha advertido a la administración de Santos que negarse a concertar las políticas de formación superior con la comunidad académica es "reeditar un error", y ha anunciado que no obstante entregará en octubre un proyecto de ley que reclame para la sociedad el derecho a una educación pública que en verdad cierre las zanjas sociales, pero la Ministra, bajo el paraguas de sus buenas cifras de cobertura, tiene cara de estar esperando a que las protestas vuelvan a las primeras planas para entender que el movimiento sigue siendo una noticia.

Antanas Mockus confesaba el otro día, en EL TIEMPO, que lo que más le dolía de haberse dejado ganar la Presidencia era haber estado tan cerca "de reenfocar toda la agenda colombiana en términos de educación e innovación". Hubo una vez de aquella campaña estremecedora, cuando millones de personas se atrevieron a gritarle a Mockus "¡mi profesor, mi presidente!", que la pragmática Colombia pareció recobrar el coraje que requiere reconocer lo obvio: que la educación podría probarnos que no estamos condenados a administrar esta violencia. "Pero no lloremos sobre la leche derramada", agregaba Mockus en el texto que digo. Y sin embargo, quizás el camino que hay que seguir sea repetir ese lamento: "hubiéramos podido ser una nación que no ve a sus profesores ni a sus alumnos de reojo". Pronto caeríamos en cuenta de que aún podemos serlo.

Tendremos que serlo. Porque, ahora que la televisión e Internet no solo superan todas las cifras de cobertura sino que han ido dando a todo el mundo el mismo mundo, ahora que los estudiantes aprenden por su cuenta que no tienen por qué resignarse a su suerte, no queda alternativa: la rancia educación del país, que un mal día nos sentenció a un sistema de castas, está obligada a estar a la altura de una generación que sí sabe que tiene una voz.

Pero no me hagan caso a mí. Yo, desde que tengo memoria, he vivido rodeado de profesores. En la habitación de mi infancia había un tablero de pizarra lleno de tizas de colores. De tanto en tanto oigo la frase "su papá cambió mi vida". Y sé que cientos de falsos pedagogos escampan de la vida real en los salones. Pero tengo claro lo que les debemos a todos los demás: ni más ni menos que otra lengua. No he podido hallar en la sociedad una vocación, un oficio, un arte más vital que el de la educación. Voy por ahí creyendo lo que me dijeron en clase: que el único poder lo da la autoridad, que hay que digerir el ego y hay que saber leer el mundo. Y pienso en la cita de Borges, "es trivial y fortuita la circunstancia de que tú seas el lector de estos ejercicios, y yo su redactor", cuando pienso que la vida es el diálogo del buen maestro con el buen discípulo.

No me oigan a mí. Yo no les temo a los lugares comunes. Para decir que el incansable movimiento estudiantil debe ser coautor de la ley de educación superior, soy capaz de escribir sin asomos de culpa que "la vida es una carrera de obstáculos hacia lo obvio" y "las calles no se deben hacer por donde improvise el gobierno sino por donde pase la gente". En fin. No me crean a mí. Créanle, eso sí, al movimiento estudiantil. Tráiganlo de nuevo a las primeras planas. Santos, que en campaña tachaba a Mockus de "profesor", jugaría un buen segundo tiempo si a su equipo no lo entorpeciera tanto la arrogancia, si, por ejemplo, supiera leer en la constancia nueva de los estudiantes un mundo que ya no cree en castas.

www.ricardosilvaromero.com

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