Ni Sherlock Holmes

Ni Sherlock Holmes

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08 de agosto 2012 , 06:59 p. m.

El 24 de julio de 1908, en Londres -"no temáis, la isla está llena de ruidos"-, ocurrió una de las proezas olímpicas más famosas y conmovedoras de todos los tiempos; se puede ver en YouTube, dónde si no. Fue en la maratón de esos juegos que han debido ser en Roma, pero que por cuenta de la bancarrota italiana y la erupción del Vesubio dos años antes, se hicieron allí, en esa isla con sus ruidos y sus tempestades.

Después del mediodía, a las 2 y 33 de la tarde, la Princesa de Gales dio el tiro de salida desde el Castillo de Windsor: para que la carrera pudiera empezar desde allí, porque los niños querían verla -esos niños luego serían reyes-, la distancia oficial de la maratón, que entonces era de 40 kilómetros, tuvo que modificarse de manera sutil y para siempre, por eso aún hoy tiene 2,195 kilómetros de más: un riachuelo aquí, un arbolito allá; pedazos del mundo, nada, en las manos de un rey.

Cincuenta y seis atletas corrieron al oír el disparo (en YouTube se ven sus bigotes, su estampa de caballeros de la bella época; en menos de diez años, supongo, muchos de ellos se irían a la guerra; allí también corrieron antes de morir o volver), pero eran tantos y tan largo el camino que iban cayendo todos a un lado, que sigan ellos, yo no. Como soldados en el frente, como los muertos que vuelven de la guerra, o a veces no.

Pero hubo uno de esos héroes que siguió y siguió, mirando hacia atrás. Corría sin parar, yo sigo, su nombre era Dorando Pietri: un italiano de la Emilia-Romaña, un panadero hijo de campesinos que en los ratos libres, por las calles de Carpi, corría como si lo estuviera persiguiendo el diablo o su mujer, o ambos, quizás. Corría y corría, Maratón también fue una batalla.

Dorando Pietri -la historia es famosa, está en YouTube- llegó de primero al estadio de White City en Londres, el 'gran estadio' que se había levantado para esos juegos olímpicos que han debido ser en Roma, pero el Vesubio no quiso. Llegó corriendo a duras penas, con su bigote y su estampa de caballero. Y en vez de ir por donde tocaba, hacia la izquierda, se fue por el otro lado, la pista al revés. A buscar al diablo y a su mujer, quizás.

La filmación lo muestra clarísimo: los jueces y los médicos, impecables y de sombrero, también con bigote, no dejan que Dorando siga su camino equivocado. Le dan la vuelta, lo hacen correr hacia la izquierda. Es apenas un fantasma, mira aturdido, y entonces se cae. Se cae y no se va a levantar, que sigan ellos.

Pero algo increíble pasa (también se ve en las fotos y en la película): los jueces y los médicos, con un megáfono, lo arrastran por el piso, como sea, y lo hacen correr. Lo empujan para que gane; ellos y setenta mil personas en ese estadio. Cuando Dorando Pietri cruza la línea final de la carrera, una cuerda blanca, lo hace como tirándose a un abismo. Luego se desvanece otra vez, no se va a levantar.

En las fotos aparecen los jueces y los médicos, con sombrero, de bigote y un megáfono. Felices todos, levantando las manos. La reina Alexandra, dicen, sonreía blandiendo su pañuelo. A los pocos segundos llega el segundo, el neoyorquino Johnny Hayes: 2 horas, 55 minutos y 18 segundos. También se cae, él también. Los americanos rechazan el resultado, al suyo nadie le ayudó.

Después, al ver las fotos del drama, alguien dijo que Arthur Conan Doyle, el inventor de Sherlock Holmes, el obstinado espiritista y amante del deporte, era el tipo del megáfono. No es cierto: estaba en la tribuna, escribiendo la carrera para el Daily Mail. "Más que un drama es una tragedia", dijo.

Fue él quien propuso hacer una colecta para Pietri cuando lo descalificaron y perdió. Los héroes de verdad son mejores si corren al revés.

catuloelperro@hotmail.com

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