¿No sienten vergüenza?

¿No sienten vergüenza?

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06 de agosto 2012 , 01:32 p. m.

Con las Olimpiadas me pasa como con los debates de los políticos, los campeonatos mundiales de fútbol, las peleas de boxeo y los seriados de televisión. Me empeño en permanecer al margen de la agitación por respeto conmigo mismo, como quien oye alborotar desde un risco seguro un mar que no le incumbe. Pero la persistencia de los medios y el ruido que arman en torno del alboroto de turno acaban por arrastrarme a la participación en la cosa masiva. Y como todo el mundo, invierto mi corazón en el negocio.

Todos somos unas pequeñas bestias recién salidas de la horda homérica, apenas el embrión de un Yo, capaz de enamorarse de un trapo simbólico, bandera, banderín o lábaro. Aunque sean todo lo feos que tú quieras.

En apariencia, las Olimpiadas son más inocentes que los embrollos de capitolio. Pero no es cierto. Como sucede con todas las cosas humanas, nunca faltan los mañosos. La historia de las Olimpiadas modernas ha sido pródiga en farsas. El siglo pasado, tiempos de la guerra fría, el sudor de los atletas fue incluido en la parafernalia de guerra de los dos imperios enfrentados. Y convertido en instrumento de propaganda para higienizar las ideologías políticas de las mafias contrapuestas.

Pero no se trata de recordar la histeria nazi de Hitler humillada por un negro. Ni las nadadoras del comunismo alemán que resultaban señores al cabo de una inspección más somera. Ni el heroísmo de esos hombres únicos como aquel etíope descalzo que triunfaba en las maratones, acostumbrado a cazar gacelas en los desiertos de la Biblia. De cualquier modo, uno acabará conmovido ante la presencia luminosa de la negrita colombiana, pequeña entre los más pequeños de los colombianos, entre los más segregados, olvidados y ofendidos, que sonríe a pesar de todo con esa sonrisa de ciertos pobres criados entre platanales, en barrios insufribles, o venidos de regiones mágicas como aquella donde nació Urán el ciclista, la que aureola el Penderisco, el más perezoso de los ríos, el más indeciso, pues hace eses como un borracho y en vez de avanzar se complace dibujando meandros.

Muchachas venidas de las tierras de masacres del Urabá antioqueño donde se ensañan la codicia y el desprecio de la vida hace años. Como esa morocha del triple salto. Como la levantadora de pesas. Muchachos de aldeas de mineros donde el oro, más que una riqueza, es un oprobio, la peste amarilla. Gentecita que el uso llama en el más tierno de los sentidos del montón. Por la fuerza de la voluntad y la musculatura se ve exaltada sobre sus carencias. Y es tan buena que cree que le deben algo a una bandera que a veces incluso los ahoga. Y saludan a las abuelas en los ranchos de palma desde la Londres de los grandes bancos y la decrépita reina y los piratas que faltaron en la crónica de la pérfida Albión en la inauguración de los juegos. Entre cuñas de espaguetis, cremas para las axilas de las cuarentonas y aguaschirles.

Me pregunto, en esta nota a punto de convertirse en himno de lástimas, sumido también en esa forma, la más lamentable, del patriotismo, que consiste en apropiarse los triunfos ajenos para engordar el egoísmo: ¿Sentirán vergüenza de sí mismos los avispados, los mimados de la vida como los Nule y los Moreno Rojas, los insaciables predadores de los hospitales de los pobres, los pillos que se roban los puentes, los bellacos que sisan en el Senado, frente a estos morochos de ojos limpios que financian sus sueños de medallas vendiendo empanadas de puerta en puerta? La pregunta es patética. Pero la realidad es patética como esas sinfonías románticas que contrastan las pequeñas glorias con las grandes miserias y la humildad de la buena salud con la arrogancia de las almas apestadas.

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